En la medicina contemporánea suele establecerse, de manera explícita o tácita, una distinción entre dos formas de excelencia profesional: la del médico investigador y la del médico clínico. Los sistemas académicos y científicos internacionales han tendido históricamente a reconocer, con mayor visibilidad, los descubrimientos, las innovaciones tecnológicas y los avances desarrollados en laboratorios universitarios, respaldados por grandes esquemas de financiamiento. Esa contribución es esencial y merece pleno reconocimiento.

Sin embargo, existen trayectorias médicas cuya grandeza no se mide en publicaciones ni patentes, sino en vidas acompañadas, sufrimiento aliviado y sistemas de atención transformados desde la práctica clínica. El reciente reconocimiento internacional otorgado a la Dra. Glenda Ramos Martínez, oncóloga ecuatoriana con más de tres décadas de ejercicio profesional, se inscribe precisamente en esta segunda forma de excelencia médica, poniendo en la palestra al médico latinoamericano y sobre todo al ecuatoriano.

Publicidad

Su carrera no se ha desarrollado en la abstracción del laboratorio, sino en el contacto cotidiano con el paciente real: evaluando, diagnosticando y tratando personas con cáncer; acompañándolas en la incertidumbre, sosteniéndolas en la recaída y luchando, incluso en contextos de recursos limitados, por ofrecer no solo más tiempo de vida, sino vida con dignidad y calidad. Esa labor clínica es la que este reconocimiento pone en primer plano.

El mérito del impacto local no se agota en el acto médico individual, ni en ser pionera en su medio. A lo largo de su trayectoria, la doctora ha asumido responsabilidades institucionales y académicas de alto impacto: liderazgo hospitalario, formación de generaciones de especialistas, participación en comisiones nacionales de medicamentos, desarrollo de guías clínicas y defensa activa del acceso equitativo a terapias oncológicas. En un país donde las brechas de acceso siguen siendo una realidad, ese compromiso adquiere una relevancia ética particular.

Publicidad

Existe un valor simbólico tanto en el reconocimiento internacional recibido como en la condecoración Matilde Hidalgo de Procel al Mérito Social, otorgada en el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer por la Asamblea. Reconocer a un oncólogo clínico es afirmar que la medicina no progresa solo gracias a la innovación tecnológica, sino también gracias a quienes ponen ese conocimiento al servicio del paciente.

Que tanto una institución internacional como la máxima instancia legislativa del país destaquen esta trayectoria es, en el fondo, una afirmación sobre lo que la medicina es: una ciencia rigurosa, pero ante todo una profesión moral, ejercida al lado del paciente con humanidad, compromiso y vocación. (O)

Fabrizio Delgado, médico psiquiatra, Guayaquil