Todo lo que sucede en las guerras es un retroceso en la estabilidad mundial; las pérdidas humanas de valor incuantificables; el costo de las reconstrucciones, si es que se puede reconstruir, es enorme; los recursos naturales son inmisericordemente contaminados, reducidos a cenizas y existiendo una degeneración en el medioambiente que nunca podrá recobrar su esencia natural para el hombre, así como para el progreso de la humanidad.

A lo largo de la historia las guerras ocurrían como rechazo a las injusticias, pero a partir de la Segunda Guerra Mundial ya los gobernantes cambiaron las secuencias hacia lo político, económico, racial y social como resultado de un nuevo esquema de solventar el poder con armas de destrucción masivas.

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En estas modernas guerras el ser humano solo es una cifra, lo que importa es mostrar su tecnología bélica, mientras que sus ciudadanos observan cómodamente los acontecimientos desde los sillones frente al televisor, no llegando a comprender el sufrimiento, el desgarramiento de la vida de niños, jóvenes, mujeres y hombres.

Todas las guerras son un ataque directo al planeta, que observamos como si nada ocurriese, la contaminación ambiental se las dedicamos a las fábricas, a la polución vehicular, a la tala de árboles, a los plásticos, etc., mientras que el mayor desastre lo produce la guerra es la muerte acelerada del planeta.

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La ONU, OTAN, OEA y demás organizaciones deben contar con ameritados científicos, amantes de cambiar el paradigma de la guerra por paz entre todos los pueblos del mundo; quienes estén en estas organizaciones deben buscar el cuidado del planeta por medio de la ciencia, y tener como objetivo desterrar la energía atómica como arma de muerte y usarla en el progreso de la salud y el cuidado el planeta. (O)

César Jijón Sánchez, técnico de mantenimiento, Daule