“El centro de una madre es su ternura, la corona imperial su inteligencia, el mejor galardón su alma pura y el amor, la razón de su existencia”, se lee en un escrito de Yibrán Jalil Yibrán.

Con este verso viene a mi memoria la inefable y entrañable imagen de mi querida mamá, Ernestina, que vive en mi corazón. La recuerdo por su humildad, sencillez y responsabilidad. Ella ahora forma parte del coro celestial.

Publicidad

A mi madre, de estatura mediana y esbelta, le gustaba estar bien arreglada en casa; solo bastaba que se pintara los labios para que su rostro se iluminara. Se preocupaba de nuestro aspecto físico desde niños hasta adultos. Decía que la elegancia de una mujer se veía caminando con prosa usando tacones y cartera, aunque el vestido sea sencillo. Cuando nos veía un poco desarregladas, nos llamaba la atención. Es que mamá Ernestina cuidaba mucho del arreglo personal. Estaba orgullosa de tener su cabello canoso alilado. Su rostro era sereno, con pocas arrugas, a pesar de sus 90 años.

Su diario vivir lo iniciaba con amor y entusiasmo para atender a sus siete hijos, seis mujeres y un varón, cuidándonos sin preferencia alguna. Jamás dejó de enviarnos a la escuela. Cuando estábamos indispuestos, ella nos aliviaba con aguas medicinales e íbamos a clase. Recuerdo que me daba dos pesetas para mis golosinas en el recreo. Mi cabello lo peinaba con trenzas que las adornaba con cintas de color, y a veces la perdía llegando a casa con una trenza suelta.

Publicidad

Mi mente revive el tiempo en que disfrutaba de mis vacaciones. Estudiaba en Quito en el Normal Manuela Cañizares, y mi madre estaba pendiente de que no olvidara nada para el retorno a clases, y con anticipación guardaba en mi maleta útiles escolares, medias, zapatos, abrigos, etc. Esto me molestaba porque sentía que mis vacaciones estaban llegando al final. Con esfuerzo y ahorros me compró el anillo de graduación, para lucirlo cuando ejerciera la docencia.

Hay veces que siento nostalgia y saltan algunas lágrimas. Mi hijo, Marcel, decía que lo de la abuelita es solo carencia física, porque lo que permanece en ella es su entrega de amor, bondad y ternura para sus hijos.

Cómo no recordar a mi mamá Ernestina cuando la visitaba en su casa, después de dar las primeras horas de clase en mi escuela particular. Cuando llegaba, nos saludábamos con cariño, me brindaba una taza de café o una bebida refrescante. Yo le entregaba las granadillas, la fruta que le gustaba. Poco tiempo permanecía con ella, porque debía continuar mi jornada de trabajo en un colegio fiscal. Ambas nos sentíamos felices de vernos. Al despedirme, ella me daba su bendición.

La misión de nuestra madre fue vernos como personas preparadas para la vida. Ella logró su objetivo. Su espíritu, que dio vitalidad a su inteligencia, seguirá impregnado en la mente y en nuestro corazón, dándonos amor y fortaleza. Recuerdo que Miguel, mi hermano, le decía con cariño “mamá Ernestinita”; Mercedes, hermana también, le decía “mamá mía”; y yo, “mamá bonita”.

Es un privilegio ser hijos de ella, que la tratamos con amor y ternura. El filósofo Manuel Kant decía: “Cuando trates a una mujer, recuerda que de una mujer naciste”.

Mi más exquisita bendición de Dios es haber tenido una mamá adorable como mi Ernestina de las Mercedes Jaime Marín. (O)

Beatriz Ernestina Ortega Jaime, maestra jubilada, Guayaquil