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¿Qué van a hacer con China?

Esa es una pregunta que deberían hacerles a los candidatos a la Presidencia. ¿Cómo van a manejar las relaciones con China cuando sean presidentes? ¿Van a continuar con la política del anterior y del actual Gobierno? ¿Van a incrementar nuestra dependencia financiera y comercial con respecto al gigante asiático? ¿O van a adoptar una política de “deschinización”, por así decirlo, del Ecuador y de esa manera liberar a los ecuatorianos, especialmente a las futuras generaciones, del estado de servidumbre al que nos han llevado los últimos gobiernos? Y si aceptasen esta última opción, entonces habría que preguntarles: ¿Cómo lo van a hacer? Estas y otras preguntas similares han adquirido una especial relevancia luego de la reciente noticia del préstamo que la U. S. Development Finance Corporation (DFC), el banco de desarrollo de los Estados Unidos, ha concedido al Ecuador. La DFC es una agencia controlada por el Gobierno federal de esa nación. El préstamo es por 3.500 millones de dólares a 8 años plazo y al 3,5 por ciento de interés, una tasa increíblemente baja. Según información que publica el Financial Times, el director de la DFC ha señalado que el Ecuador usaría esos fondos para irse deshaciendo de su deuda con China, a cambio de que nuestro país cierre el ingreso a las empresas chinas en el área de las telecomunicaciones. Es un acuerdo “novedoso”, ha dicho el mencionado ejecutivo, para detener el avance de China en la región. El presidente electo Biden y su equipo recibieron favorablemente este inusual acuerdo una vez que fueron informados de él.

Es decir, se trata de una abierta movida geopolítica de Washington y que el Ecuador la ha aprovechado para liberarse de una situación de dependencia vergonzosa frente a Pekín. Como se sabe, la pandilla de mafiosos que nos gobernó por más de una década endeudó al Ecuador con China bajo condiciones de usura y dependencia que son un crimen al interés nacional. El acuerdo con la DFC es el precio que hoy debe pagar nuestro país para hacer frente a semejante política de endeudamiento y orgía financiera.

Pero los candidatos deberían contestar otras preguntas con respecto a nuestra relación con el gigante asiático. ¿Va su gobierno a exigir que los empresarios chinos y sus lacayos criollos devuelvan al Ecuador los miles de millones que se robaron en sobreprecios en obras mal hechas o sobredimensionadas, o simplemente va a mirar a otro lado? ¿El caso de la corrupción de Coca Codo Sinclair –denunciada por el New York Times como un caso emblemático de la corrupción china en América Latina– va a quedar en el olvido o se iniciarán acciones para reclamar por las coimas y por el daño ecológico que ha causado ese proyecto? ¿Qué va a hacer su gobierno cuando la flota pesquera china se aproxime nuevamente a nuestras costas?

Un país que no funda su política exterior en el interés nacional está condenado a desaparecer. Aunque este axioma de la escuela realista de la política exterior les provoca urticaria a algunos teóricos, su validez ha sido confirmada una y otra vez a lo largo de la historia. El Ecuador debe replantearse seriamente su política exterior con vistas a fortalecer sus intereses nacionales. Depender de una nación con las características que tiene China no ha contribuido ni de lejos a su interés nacional. (O)

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