No podemos vivir sin sentido y sin sueños, sin algo que nos movilice, expanda los afectos y el interés más allá de los límites de nuestra propia vida. Los hijos, los amores, lo que hacemos, lo que contemplamos, lo que admiramos nos conecta con la alegría de vivir, con la pulsión inmensa de la existencia, sus enlaces y sus misterios. Por eso es tan dura la vida de las personas que sienten que todo se derrumba, que no hay motivos para seguir y deambulan sin nada que ofrecer y nada que recibir.
No solo las personas necesitan encontrar el sentido de su vida, también lo necesitan los pueblos, las sociedades, nadie se escapa de tener que responder a esas preguntas fundamentales que orientan su quehacer.
En este Diario muchos articulistas, dentro de los cuales me incluyo, expresan su desazón en relación con la debacle en que está sumido el país. Los últimos días dos de ellos llamaron particularmente mi atención. Mónica Varea dice: “Me pregunto una y otra vez si seré capaz de decirle a mi nieto… que en Ecuador alegrarse es ver caer en la cárcel otro corrupto más, pero que la mayoría andan sueltos. Si podré explicarle que el país de sus padres y sus abuelos es un miserable espacio lleno de riquezas donde las desigualdades cada día duelen más. No tengo idea de cómo le contaré que el absurdo llegó para quedarse, que no somos capaces de pensar como comunidad… que el sentido común fue reemplazado por la ambición”. Y Hernán Pérez Loose se pregunta: “¿Cuál es el sentido que tiene la sociedad ecuatoriana? ¿Cuál es el objetivo del Ecuador? ¿A dónde vamos como país, como seres humanos, como personas? En estos días estamos celebrando el bicentenario del inicio de la independencia de ese futuro país que luego se llamaría Ecuador. ¿Qué hemos hecho de nuestra nación con esa independencia que recibimos de Olmedo, Antepara, Villamil, Sucre, Bolívar y otros de su época?... ¿Cuál es ese gran objetivo, esa idea fuerza, esa meta que el Ecuador debe alcanzar? Un país hundido en tragedias y fracasos solo sobrevivirá como tal si tiene un sentido. Pero ¿cuál?”.
De pronto, porque es difícil ir más al fondo en la cadena de corrupción que sacude los cimientos mismos de la institucionalidad, creo que podemos encontrar un sentido.
La ciudadanía tiene que saber qué consecuencias tiene la corrupción, cuántas escuelas, colegios, alimentos, medicinas, atención al campesino se han perdido porque se han robado casi todo. No solo conocer los números sino a qué equivalen. En todas las ciudades, pueblos, carreteras, colocar afiches con las equivalencias, sin colores ni propaganda de partidos o movimientos políticos.
Pero también rescatar que somos un país con decenas de políticos, funcionarios públicos, expresidentes, ministros, con juicios y sentenciados por corrupción. Pocos países tienen ese palmarés. Así como Guayaquil se convirtió de la ciudad escarnecida durante la pandemia en la ciudad modelo para el mundo de cómo controlar su avance, el Ecuador puede transformarse del país conocido por su corrupción en el país que más propuestas tiene para combatirla y erradicarla. Eso supone un compromiso ético, político, educativo, de todos para construir el futuro que la ciudadanía defenderá porque será suyo. (O)










