El 17 de agosto de 1920, cien años atrás, se publicó El mundo de Guermantes, el tercer tomo de los siete que conforman En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. No resumiré la trama de casi 800 páginas de esta parte, pero sí sugeriré una ruta de lectura para los pacientes aventureros que se lancen a una obra que cambia la percepción del tiempo. Muchos lectores de Proust suelen quedarse en el segundo tomo. Quién pudiera tener acceso –por afán cuantificable– a la información editorial de las ventas de los tomos respectivos para saber la media de cuántos llegan hasta el final.

En cualquier caso, algo ocurre en El mundo de Guermantes que revela más que el dato estadístico. El protagonista de la novela se ha mudado a un barrio de la alta aristocracia parisina y accede al gran mundo donde reina, al margen de las leyes visibles, Oriane, más conocida como la duquesa de Guermantes (Fanny Ardant y Valentine Varela son dos extremos generacionales de actrices que la han representado). Las observaciones del autor se abren en contrapunto: mientras describe a Oriane, deja entrar los puntos de vista populares de Francisca, la empleada de la familia, en un juego verbal de registros lingüísticos que muestra a un novelista versátil entre distintas voces y estamentos sociales. Proust es honesto con el ambiente que le tocó vivir: no lo falsea, no tiene una mala conciencia disimulada, lo explora hasta las últimas consecuencias. En el quinto tomo, La prisionera, llamará al gran mundo “el reino de la nada”.

Lo que me sorprendió de El mundo de Guermantes son las repeticiones y situaciones paralelas con los tomos anteriores, donde dudé si el novelista se repetía en un tanteo novato. Y es posible que haya sido así, pero en un giro maestro entendió cómo sacarle provecho a la aproximación recursiva en la que incurre el novelista bisoño. Así como en el primer tomo Swann se había enamorado de una mujer ajena a su clase social, Odette, aquí Robert de Saint-Loup lleva esa situación a un extremo enamorándose de Raquel. El narrador se da cuenta del paralelismo de las experiencias y del tormento de los celos, uno de los ejes de En busca del tiempo perdido, junto a la historia de su postergada vocación por escribir. Estos paralelismos son en realidad capas sucesivas que Proust hace atravesar al lector como si le impregnara niveles de tiempo que se evidenciarán poco después, cuando el protagonista inicie sus vaivenes sentimentales con Albertine Simonet.

Aquí es donde se abre en toda su dimensión el proyecto de Proust. No es el ambiente, sino la textura de lo escrito y ese acompañar al narrador que lo orientará por los vericuetos de sus capas sucesivas, como si fuera un Virgilio para el lector perdido, como un Dante contemporáneo, en las rutas circulares del tiempo. Terminará sacándolo a la luz luego de pasar por Sodoma y Gomorra, por prisioneras y fugas imprevistas hasta llegar al tiempo recobrado donde todo se teñirá de una intensa luminosidad blanca, otra vez como en el paraíso de Dante, que Proust, novelista minucioso y concreto, ve brillar en las canas de sus héroes. Su Beatriz es la obra que ahora empezará a escribir. (O)