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Discurso y realidad

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua, el discurso es la exposición oral sobre un asunto determinado que se dice ante un público a fin de convencerlo o conmoverlo, en especial en un acto solemne o político. Bajo esa definición, cuántos discursos no hemos escuchado, desde el ámbito político, que nos han vendido la falsa sensación de que todo está controlado, el progreso asegurado y que la sociedad requiere de políticos con una gran vocación de servicio para atender las necesidades de los más pobres. Tampoco cabe duda de que hemos acogido, como ciudadanos, no solo el discurso sino también frases demagógicas elevándolas a colosales expresiones y que no son más que engaños que se esconden bajo intereses que nos han quitado el espíritu crítico, a través de mentiras que tergiversan la realidad, y donde la mentira se convierte en la verdad y la verdad en la víctima.

No me sorprende que la política se haya convertido en un mal espectáculo por la mayoría de sus actores políticos elegidos, sea por su popularidad, carisma y en gran parte por su discurso convincente, disuasivo y sugerente. Sus frases encantadoras que se reproducen porque todos las dicen y repiten sintiendo un falso valor identitario, simbólico, figurado e incluso metafórico, viralizado a través de las redes y los medios de comunicación.

Es necesario ser conscientes de la realidad que vivimos, la que difiere de todo discurso demagógico. Una sociedad débil, frágil, hueca con grandes problemas estructurales a nivel educacional, político, cultural, financiero, laboral, colmada de violencias a nivel físico, psicológico, verbal, de género, con grandes inequidades, sin justicia, con crisis de valores, indiferente, individualista, sin memoria social, y en un continuo ir y devenir de engaños y promesas. Transformar este contexto de malas prácticas políticas, como son alianzas mañosas, politización laboral, abuso, compadrazgo, caciquismo, nepotismo, prevaricación, impunidad, cooptación, etcétera, no es tarea fácil.

Deberíamos empezar con acciones simples, como por ejemplo no reproducir frases, expresiones, modismos, gestos, discursos y peor aún dar protagonismo a personas que delinquen a través de redes y medios de comunicación.

El rechazo social debe ser determinante y rotundo de cada uno de nosotros reflejados en el accionar cotidiano. Elevemos nuestro espíritu crítico para cuestionar, investigar, exigir y denunciar. No necesitamos en la política sujetos con vocación de servicio y buenas intenciones, sino personas trabajadoras con competencias multidisciplinares, valores éticos y morales que laboren para el beneficio de todos y no para su beneficio personal haciendo carrera profesional en cargos públicos.

Que lo que te conmueva sea la realidad y los hechos, no aceptemos esas malas prácticas “normalizadas” en marcos ideológicos, culturales, jurídicos y que nos llevan a un abismo sin precedentes. Urge trabajar desde el lugar y posición en la que nos encontremos, en la construcción de buenas prácticas que nos guíen a una sociedad con valores, sin violencias, inclusiva, cultural, que respete la diversidad y toda forma de vida a través de una educación integral. (O)

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