Un presidente que se entusiasma de la condición urgente, emergente y preocupante con la que nos miran organismos internacionales es un presidente ensimismado en los halagos de sus colaboradores más íntimos, desesperados por mantener el poco “poder” que les queda en medio de una pandemia evidentemente inmanejable para sus capacidades.

Un presidente que se emociona porque dice que ahora recoge más cadáveres que hace unas semanas ¡y raya en la euforia! es un presidente incapaz de entender el dolor familiar de perder al padre, hermano, abuela o cónyuge, y simplemente mimetizarlo en estadísticas que tampoco es capaz de entenderlas.

Un presidente que, como un simple reflejo condicionado por cada aparición pública, no le queda más que echar la culpa al antecesor con quien llegó al poder, gobernó durante seis años como su segundo de a bordo y terminó el periodo no solo como delegado ante instancias internacionales, sino como su sucesor directo, es un presidente digno de todas las desconfianzas ciudadanas.

Y ese presidente es la perfecta medida de lo que ha sido el Gobierno de Todos.

Lo ocurrido en Guayaquil, donde la pandemia se ha llevado vidas sin compasión, nos dejará una permanente deuda con la capital económica del país; con ese motor que ayuda a sostener el modelo de un Estado público. Deuda que también tiene sus acreedores en lo local por las brechas sociales que finalmente han brotado: posiciones diametrales de vida en la extrema opulencia y extrema miseria.

Lo que ocurre en el sector público, donde se desarmó y debilitó un modelo de salud solo días antes de que el coronavirus nos ponga a prueba, deja también tareas a futuro que no podrán ser lideradas por un Gobierno como el actual. Con un sector educativo obligado a adaptarse a nuevas contingencias –las obligadas por el distanciamiento social– y que no atina a una decisión sobre cómo operar para sacarle el mejor provecho.

Con una política económica errática, timorata, sin base teórica alguna: parches y remaches sugeridos desde los sectores comprometidos en sostener esa patética imagen presidencial. Política económica que nos tiene al filo de un abismo de vértigo que anuncia sin remordimientos que la fórmula para superarla está en las manos, pero sobre todo en los bolsillos de un ciudadano que intenta sobrevivir con una economía de guerra, y que encerrado y sometido ve su sueldo disminuirse, su puesto pulverizarse, los costos de vivir dispararse.

La pregunta necesaria es ¿qué legitimidad puede tener un Gobierno con una figura presidencial que es solo eso: una figura? Con un vicepresidente reducido a un clic fotográfico para alimentar su campaña anticipada. Con una ministra de Gobierno con su mano izquierda manchada con la sangre de octubre. Con un ministro de Defensa renovado en su flamante uniforme, pero con la mano derecha también manchada de rojo. Con un secretario particular presidencial que se ha aprovechado del poder para acomodar paternalmente el servicio diplomático en España, cuna de la tauromaquia. Con una fiscal que trabaja a conveniencia de sus miedos e inseguridades.

Sí. Debemos ajustarnos el cinto. Pero ¿qué legitimidad le asiste al que anuncia que el tirón será duro, muy duro, durísimo?

(O)