No sé cuántos días voy encerrado. A veces me siento más en Ecuador, o en ningún lugar. El inframundo tal vez es un no-lugar, respecto del mundo. El lugar, quizá, es la pesadilla, algo que el lenguaje no alcanza. Cifras. Datos. Titulares. El Estado de Nueva York tiene más casos confirmados de COVID-19 que cualquier país. 174 481, cuando escribo esto. En la ciudad de Nueva York han muerto ya 5820 personas, casi el doble de las pérdidas durante los atentados a las Torres Gemelas. Un informe preliminar sugiere que al menos un 34 % de ellos eran latinos. Desde hace un mes no he ido a Manhattan, no he salido de mi barrio, prácticamente de mi casa.
Hay imágenes. Barcos hospitales que un imperio solía enviar a las catástrofes del mundo y que hoy navegan por el Hudson, por el East River. Una fosa común cavada en el parque de la isla de Heart. Las fotografías de un campo hospitalario, armado sobre el césped de Central Park, asistiendo a los enfermos. Días después el alcalde Bil de Blasio expresó sus reservas y dispuso monitorear el parque porque la organización evangélica que lo armó es conocida por promover discursos de odio contra la comunidad LGBTQ y el mundo musulmán. Hace meses que no voy a Central Park. Supongo, para tranquilidad de J.D. Salinger, que los patos están allí. En el lago.
Siento que mi lugar preferido en la ciudad de Nueva York es el Prospect Park de Brooklyn. Varias veces me he preguntado: ¿Qué voy a hacer cuando no lo tenga a diez minutos de mi casa? Ninguna caminata, menos aún las imprescindibles, puede durar para siempre. A muchas personas queridas, que han venido a visitarme, los he llevado al parque. La muerte es como la marea de un mar enfurecido, que crece y crece. Llegará a todos los rincones. Cada vez se acerca más. Ya han muerto algunos conocidos, también seres queridos de amigos o familiares. La marea crece.
Esta mañana me desperté feliz. Había soñado con ella y quise escribirle y contarle. No lo hice. Son tiempos de incertidumbres. Miré por la ventana el día frío. Sé que ayer, en Quito, una luna inmensa cubrió el cielo. Han caído intermitentes copos de nieve, al otro lado de mi ventana. No leo. No escribo. Cada vez es más tedioso hablar con las personas, excepto unas pocas. Aún no me aburro de mí, pero me pregunto si voy a aguantar el encierro, o esta especie de destierro, ambos aún sin fecha de caducidad.
Releo Poeta en Nueva York. Me digo que quizá Federico García Lorca, en estas páginas, predijo algo más que la propia desaparición de su cuerpo: “No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano”. Yo tenía 19 años la primera vez que vine a Nueva York. No podía más con la adrenalina, la conmoción, el vértigo. Les escribí a mis padres una carta diciéndoles que había descubierto el mundo. Mi padre me respondió que Nueva York era el París del siglo XVIII o el Londres del XIX. Así, tan frágiles, son los imperios.
En esa ocasión vi El fantasma de la Ópera en Broadway. Salí sin palabras, con ganas de llorar. Me sentía feliz. Unos pocos años después, por trabajo, volví y conocí Washintgon Square y observé a los estudiantes de la Universidad de Nueva York echados, tomando el sol, con sus libros. Yo nunca me imaginé vivir en esta ciudad. Ni asumí que a veces, las imágenes deseadas, se hacen realidad. Es preciso decir que nunca, ni en mis peores pesadillas, me imaginé días como estos. Lo que sucede en Guayaquil, en tantos sitios del planeta. Ni en mis momentos más tristes, ni en la ira. Dicen que Federico García Lorca tenía sueños premonitorios.
Lorca llegó a esta ciudad en la primavera de 1929. Escribió: “Todos los días se matan en New York/ cuatro millones de patos,/cinco millones de cerdos,/ dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,/ un millón de vacas,/ un millón de corderos/ y dos millones de gallos/ que dejan los cielos hechos añicos”. También escribió: “Hay un dolor de huecos por el aire sin gente”. Y esto: “Son los cementerios, lo sé, son los cementerios/ y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,/ son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora/ los que nos empujan en la garganta.” A veces, cuando todo es horror, me pregunto para qué escribo. ¿De qué va a servir la literatura? No tiene sentido, me digo, esto que hago o que quiero hacer, o que ya no sé si tengo ganas de hacer, no tiene ningún sentido, en este mundo, en este tiempo, bajo este cielo.
Me gusta cuando me acuesto a dormir porque es como si se apagara el mundo. Sueño. La pesadilla se detiene por unas horas. También me gustan esos primeros minutos, al despertarme, cuando veo por la ventana y hay luz. La aurora llega a Brooklyn. Pronto se me acabarán los víveres y tendré que salir, otra vez, al supermercado, a la ciudad, al mundo. Mi tía Sandra, desde New Jersey, dice que no me mueva de Brooklyn, que ir a Manhattan es un suicidio. Pronto, no sé cuando, quiero ir a Prospect Park. Desconozco si Lorca conoció mi parque. El poeta granadino vivió en esta ciudad entre 1929 y 1930. Luego volvió a Granada, para ser asesinado un maldito día de 1936. José Bergamín sacó de España el manuscrito. Poeta en Nueva York se publicó en México, por la editorial Séneca, en 1940. Uno de sus versos dice: “Yo no podré quejarme/ si no encontré lo que buscaba”. (O)








