¿Qué mejoraría al Ecuador? ¡La educación! Contesta la mayoría. Vista la cantidad de políticos presos o prófugos a pesar de tener títulos de educación superior, es evidente que necesitamos mucho más. A la deshonestidad rampante se suma la casi nula formación en derechos humanos y ética para nombrar parte de las falencias del sistema.

En cuanto a derechos humanos, la práctica está lejana al discurso. Muchas veces leemos o escuchamos en medios la tonta protesta que considera a los derechos fundamentales de cada uno como ventajas exclusivas concedidas a criminales. Suelen preguntar ¿por qué defienden al delincuente? Seguidos de insultos a quienes recuerdan que el exigirlos busca lograr una sociedad más justa que condene y encarcele a criminales después de un juicio en lugar de rendirse a venganzas salvajes. La mala memoria debería cambiar ante el recuerdo de la atrocidad perpetrada contra los hermanos Restrepo. Asesinados a manos de la Policía, porque un grupo de funcionarios asumió que eran culpables, procediendo a ejecutarlos de la forma más vil y cobarde. Falta también empatía: pensar que podrían ser los propios hijos los torturados y asesinados por parte de quienes “no creen en los derechos humanos” como sin vergüenza suelen decir.

Junto a los derechos camina la ética. Hace semanas, a pretexto de la posibilidad del nuevo coronavirus, dependencias del Ministerio de salud entregaron información confidencial de un paciente extranjero con enfermedad respiratoria grave. Desde el inicio de su odisea ese ciudadano fue sujeto a violación de sus derechos como paciente en nuestro país. Su historia clínica, radiografías, hasta condición migratoria circularon en varias redes sin ni siquiera esconder sus nombres. Lamentablemente junto a la ola xenófoba que acompañó la terrible experiencia de ser tratado como sospechoso en todos los sentidos más discriminatorios posibles, no solo el de estar infectado con el virus de Wuhan, se agregaron los múltiples errores comunicacionales de ese ministerio. Estos llegaron al colmo cuando la máxima autoridad sanitaria del país reveló en rueda de prensa el estatus positivo de otro virus que nada tenía que ver con la condición crítica del señor, como la misma ministra declaró. Afortunadamente, ella no siguió rompiendo la confidencialidad del paciente debido al apretón –casi codazo– que recibiera de parte de la funcionaria de la Organización Panamericana de la Salud en esa misma rueda de prensa. A pesar de que muchos señalamos inmediatamente el imperdonable cometimiento de un error básico de bioética, el ministerio lejos de disculparse repitió su torpeza al reportar el fallecimiento del ciudadano

La vulneración a nuestra privacidad es cotidiana. Empleadores y centros educativos exigen el diagnóstico en los certificados de ausentismo cuando es suficiente con señalar los días de reposo y si es contagioso al contacto. Imagine tener una enfermedad de las que son estúpidamente estigmatizadas: problemas mentales, VIH, aborto, impotencia, etc., ¿querría que esté escrito en el certificado? Son excepcionales los casos de quienes, al comprender el atropello, protestan sin revelar sus dolencias. Desde Hipócrates (5 siglos a. C.), la confidencialidad es deber médico y derecho del paciente.

No existe formación en respeto, derechos humanos ni en ética. Esos principios de humanismo deberían crecer con nosotros desde el jardín de infantes, de modo que al llegar a la universidad o al mundo del trabajo sea natural aprender ética cotidianamente junto a la especificidad correspondiente a cada profesión. (O)