Hace seis años a mi amigo Manuel le detectaron cáncer terminal. Tenía poco tiempo de vida. Me desayuné la noticia en la empresa cuando llegó con su esposa a renunciar y decir los motivos. Fuimos por la opinión de mi maestro de yoga, estudioso de la medicina alopática y naturista. Revisó los exámenes. Le preguntó si tenía enemigos o deudas. Mi amigo respondió que no. Mi profesor lo abrazó: “Tienes tus asuntos resueltos; muérete tranquilo”, le dijo dándole un frasco de esencia de cannabis. Manuel temía más al dolor que a la muerte. Agradeció, resignado a su destino. Me pidió acompañarlo al centro de Santiago; quería verlo por última vez y tomar helado. Presentía pronta postración. Lo complací. Luego lo llevé a su domicilio.

Un mes atrás acompañé al hospital a unos vecinos de escasos recursos. La madre, con pronóstico similar, había sido devuelta a casa. Llevaba días con alaridos. Los doctores suministraron calmantes y pretendían regresarla otra vez por carencia de camas. Eso implicaba más sufrimiento a la desahuciada y la familia, sin condiciones adecuadas ni personal calificado para un desenlace humano. Tras horas recordándoles el compromiso gubernamental de bienestar ciudadano desde su concepción hasta la muerte, prepararon una cama y la ingresaron. El presidente Lenín Moreno, en su intervención en la 72 Asamblea General de las Naciones Unidas, el 2017, dijo que la filosofía del gobierno es preocuparse por los ciudadanos toda una vida, asegurándoles ‘buen vivir’ y ‘buen morir’. Esto contrasta con escenas en salas de espera, insólitos turnos de exámenes, consultas, cirugías, amargas historias en hogares humildes con enfermos terminales clamando el ‘buen morir’ prometido.

Familias con recursos pueden contratar personal capacitado para sus pacientes; los pobres sufren resignados. Lo digno o indigno de la muerte no debe pender de una billetera, reflejando esa inequidad social que lacera hasta el último suspiro del infortunado. Es innegable la vasta infraestructura en salud implementada la última década; sin embargo, muchos ciudadanos se quejan de la calidad de la atención principalmente en ciertos hospitales del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Los pacientes no pueden ser enviados a fenecer en sus casas sin asistencia profesional. Pese al momento económico, el Estado requiere inyectar fondos suficientes al sector Salud y fiscalizarlos con mucho celo; esto permitirá mejorar la atención hospitalaria, auxiliar a dolientes vulnerables en sus moradas, crear espacios para que ningún enfermo terminal muera en condiciones deplorables.

Manuel murió sereno a semanas del diagnóstico, con asistencia médica, cuidado familiar, visitas de amigos y las gotas paliativas. Mi humilde vecina tuvo una partida digna, sin dolor, en la cama del hospital, con el cuidado profesional correspondiente. El ‘buen vivir’ está en deuda con muchos ciudadanos; ojalá el ‘buen morir’ permita envejecer con dignidad y que todo enfermo terminal pueda expirar tranquilamente. (O)