En el mundo animal solo una especie, la humana, es capaz de plantearse las preguntas ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos? La inquietud por responder estas preguntas es signo de humanización, culmen de la creación. Prescindir de estas preguntas nos acerca a las otras especies animales, que llamamos irracionales.

En los circos, los domadores logran que los animales irracionales, aun los más inquietos o agresivos, pierdan poco a poco algunas de sus reacciones innatas, parte de su identidad. Los zoólogos afirman que muchos delfines y leones se doblegan ante el domador.

El delfín salta en el agua, para alcanzar un pedazo de carnada; hasta el león termina por agachar su cabeza, para evitar hoy el castigo o para ganar el pedazo de carne. Son incapaces de prever lo que les sucederá pasado mañana.

Hay en unos animales unas virtualidades, en otros hay otras virtualidades más cercanas a las humanas. En unos las virtualidades evolucionan, más que otras; no al punto de perder su identidad.

Científicos concuerdan en la existencia de una evolución; abren nuestra mente a una infinitud de posibilidades. ¡Hay un límite! ¡El alma humana no es fruto de la evolución! Es ciertamente fruto de una acción creadora de Dios probablemente en un momento de la evolución de su animalidad.

Dios es pedagogo; se presenta trabajando durante 6 días y descansando el 7º, para invitar al hombre a reconocer, al menos periódicamente, que Dios, mediante el hombre, da la vida a las plantas, a los animales y al hombre, como se expone en el Génesis.

El Génesis no es libro de ciencia; pero menos aún es un mero libro de cuentos. En él Dios nos revela, también en las imágenes, quiénes somos, cuál es nuestra grande tarea y nuestra responsabilidad. Nos revela que es creador, que la persona humana es la encargada de continuar la creación y de ordenarla, para que lo honre, sirviendo al hombre.

La creación no está terminada. Dios ha encomendado a la persona humana la organización y continuación de su obra creadora.

Al inicio había confusión en la tierra. Dios bendijo a Adán y a Eva (Génesis 1,28), diciéndoles crezcan, dominen la tierra, que llamamos universo.

Los humanos, si nos dejamos someter por la pereza de pensar, nos quedamos en la superficie de las imágenes pedagógicas; no las entendemos como medio de comunicación de las enseñanzas dadas en el mismo Génesis: “Crezcan, dominen la tierra”. El viaje a la Luna es solo un corto, muy corto, paseo en la inmensidad de miles de millones de galaxias. El apóstol Pablo escribe a los gálatas (4,7): “Cuando llegue… la plenitud de los tiempos Dios enviará a su Hijo nacido de mujer”. Quienes hablan del inminente fin del mundo alejan al hombre de su tarea hoy y aquí.

¿Qué es esa plenitud? Realización del plan de quien nos creó, para ser su imagen y semejanza; en el respeto a persona humana abierta a cultivar el respeto a valores como vida, verdad, justicia, en un ambiente en el que todos puedan prepararse y merecer. (O)