En 1992 fui por primera vez a la Dirsan (Dirección de Sanidad de la Armada). Me dejé llevar de una puerta a otra como participando de un juego que nadie te explica. Cada puerta es una prueba que superar, sin orden específico; desconoces los obstáculos, o si quien debería atenderte desaparece justo cuando llega tu turno.
El examen auricular fue el más folclórico. Se nos hizo tomar de las manos y rezar. En 1992 y a lo largo de los años (excepto en el 2019) los psicólogos se han preocupado de mi estado civil como si de eso dependiera mi salud mental. Porque cada dos años (o cada seis meses, según el cargo) el personal embarcado debe realizar su ficha médica. Se puede hacer en Galápagos, pero las circunstancias me llevaron a Dirsan en Guayaquil, cargada de esperanzas. Caía un terrible aguacero, esperábamos a la intemperie, entre nubes de mosquitos. Había gente desde las 05:15, porque un letrero sentencia que únicamente se atenderá a diez personas diarias. Lo que nunca ocurre. La factura no me fue entregada en ese momento. Debí aclarar que la requería, y retornar a la hora que me designaron para ello.
Después de la toma de muestras pasé al sitio de mis peores recuerdos: el electrocardiograma. Ya no es el cuarto donde entraba junto a diez cadetes y nos descamisaban. Entonces había una camita con un biombo torcido, tras el que se hacía la deferencia de atender a las mujeres. ¡Ahora existen cubículos y papelitos para limpiarse el liquido de la prueba! Aunque la toalla para cubrirse estuviera manchada.
La reunión con el psicólogo fue agradable y por primera vez no me consideraron anormal por no haberme reproducido. Según en rayos X, mi radiografía era la de un fumador empedernido (no fumo). Se comenta que tras esta puerta los pulmones se llenan de flema misteriosamente como vuelven a lucir perfectos. Un gran aire acondicionado que no funciona adorna la zona de espera. A mi alrededor hay gente que ha venido de todo el país, que no tiene dónde hospedarse. Se me comunica que los exámenes de sangre muestran que mi glucosa se ha elevado. Afortunadamente había llevado los resultados de un laboratorio privado, de días atrás, con niveles normales. El doctor nunca imprime la hoja para que yo lea los resultados ni me son entregados. He pagado $ 83 y no me muestran los valores. Pregunto a los presentes, y a la mayoría le han sugerido algún nivel anormal de colesterol o triglicéridos; sin embargo, a nadie le dejan leerlo. Un letrero anuncia que el resultado de HIV estará listo luego de las 12:00 y a las 11:43 la señorita que emite el certificado sale de la oficina; luego de 27 años me siento en el derecho de preguntar, resulta que se va al rancho. Perdí entonces la paciencia y solicité hablar con un supervisor. Deseo entrevistar a los que como yo están siendo sometidos a lo mismo, pero tienen miedo; de esta ficha médica depende su trabajo. Aparece un joven uniformado con su arma al cinto. El caso es que ante mi insistencia hacen retornar a la señorita a las 12:30, que se demora 35 minutos en organizar los papeles de –calculo– veinte personas. ¡Al fin mi certificado de aptitud!, aunque me han cambiado de O+ a A+. Solo falta refrendarlo en la Dirnea, lo que tomará tres días.
En las ventanillas de la Dirección Nacional de Espacios Acuáticos (Dirnea) leo: denunciar cualquier caso de corrupción o irregularidad al 097-938-8099. Los invito pues, compañeros.(O)
Paula Isabel Tagle Saad,
ingeniera Geóloga; Puerto Ayora, GalápagosPuerto Ayora, Galápagos









