Nuestras cosas

22 de Febrero, 2019
22 Feb 2019
22 de Febrero, 2019 - 00h01
22 Feb 2019

Volví de la librería cargando una pila de libros. Entusiasmadísima porque fiel a mis rituales se trataba de lecturas no planificadas, de libros sorpresa que me llamaron a susurros desde las estanterías. Libros que me hicieron ojitos, y yo los vi y me los llevé a casa. Mi costumbre de entrar en librerías de nuevos y viejos sin saber lo que busco y terminar en mi habitación con un montón de desconocidos me ha llevado a fabulosos descubrimientos. Y a la experiencia de la lectura se suma la sospecha de que estaba escrito en las estrellas que ese libro y yo nos encontrásemos. Aquello que para unos es azar, para mí es destino.

El verano de mi boda compré un libro empolvado de tanto olvido. Al abrirlo dejó caer una fotografía que alguien había abandonado entre sus páginas: desde la penumbra de un salón, al pie de una chimenea, una mujer vestida de novia me miraba con una tristeza tal que atravesaba los siglos. Conservo con una mezcla de devoción y miedo ese objeto intenso y único, capaz de evocar la presencia lejana de esa mujer con un poder del que carecen las miles de imágenes digitales que se acumulan insaciables en mi pantalla.

No, las cosas que guardo no todas me inspiran felicidad. Pero son objetos de los que emanan historias o misterios. Camino por las calles de mi barrio y en los portales de algunos edificios veo cajas llenas de cosas cuyos dueños han decidido regalarlas. Tostadoras, juguetes, libros, aretes, ollas, cunas, la de cosas que uno se va encontrando por la calle en un país donde los contenedores de donación para la Cruz Roja se desbordan. La mitad de mis muebles los hallé en alguna esquina, esperando resignados con un letrero al cuello: “se regala”.

En los años noventa, tras la caída del Muro, unos salieron corriendo al Oeste y otros a comprarse cosas “modernas”, así que en la antigua Alemania Oriental las calles y edificios abandonados quedaron llenos de tesoros gratuitos: mesas, sillas, armarios por los que hoy se cobrarían precios astronómicos. Otra vergüenza de la posguerra que ahora no falta en los cafés y viviendas “chéveres” de Alemania son los “juegos” de té descoordinados. Si la guerra acabó con iglesias y edificios, imagínense lo que haría con el vidrio y la porcelana… Los ordenados alemanes tuvieron que conformarse con platos y tazas de colores y diseños dispares que iban coleccionando con suerte y paciencia.

Hay algo mágico en las cosas que la gente abandona, quizá porque ya no las quieren o necesitan, o porque murieron y nadie quiso heredar sus pendejadas. Llevarse a casa los objetos que otros descartan parecería pecado capital según la biblia de Marie Kondo. Pero sospecho que la acumulación de objetos que realmente oprime el alma es aquella motivada por la ansiedad, por ese vacío, esa inseguridad que nos lleva a comprar sin límite. A comprar, por ejemplo, cuatrocientas cosas inservibles para bajar de peso o crear la ilusión de que lo hicimos. O cien tereques para quitarnos el dolor de espalda, o rascárnosla… O comprar ropa cada vez que cambia la moda, o sea constante y vertiginosamente.

Nuestra ropa: esos objetos tan cercanos con los que convivimos piel a piel, que absorben día y noche nuestros olores y sudores. Y justamente porque nuestra vestimenta es tan esencial, tanto más trágico resulta que se destruya nuestra relación íntima y especial con ella cuando adquirirla se convierte en compulsión. Si fuésemos sinceros con nosotros mismos, si tuviésemos personalidad, carácter, gusto, no cambiaríamos de estilo al ritmo de la manada. Cuando mi hija era chiquita y todavía no registraba “la moda”, se agarraba unas rabietas tremendas si no le permitía ponerse todos los días su adorado pantalón morado. Ahora, en cambio, al verano de “super skinny ripped” jeans le sigue el otoño de jeans flojos. Con el saco metido por dentro.

Todos pasamos por épocas de debilidad cuando necesitamos imitar a un grupo para no sentirnos tan solos y perdidos. Pero ojalá halláramos el camino hacia nosotros mismos, hacia ese abrigo que nos heredó el abuelo y que al usarlo nos transforma en magos, hacia la camiseta inmortal con la que nos enterrarán, hacia un encuentro verdadero con los objetos que nos eligen o a los cuales elegimos: un amor intenso, no siempre feliz pero en fin amor. Cuando los objetos tienen verdadero valor, cuando tienen una historia, cuando nos hacen compañía, entonces se suspende el círculo vicioso del consumo. Nos sentimos satisfechos, rodeados de cosas quizá baratas y viejas, pero poderosas: capaces de quitarnos la sed de cosas caras, porque el precio es un valor en sí mismo solo para quien no conoce el verdadero valor de las cosas; capaces de quitarnos las ganas de más porque lo que tenemos es un universo (nuestro universo) lleno de historias, de nuestras propias historias. (O)

 

Nuestras cosas
Si fuésemos sinceros con nosotros mismos, si tuviésemos personalidad, carácter, gusto, no cambiaríamos de estilo al ritmo de la manada.
2019-02-22T00:23:14-05:00
El Universo

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