Kentukis

17 de Febrero, 2019
17 Feb 2019
17 de Febrero, 2019 - 00h00
17 Feb 2019

Este curioso nombre es el de una ciudad en Australia, de un caballo famoso, de una comida japonesa, dice la escritora argentina Samanta Schweblin, pero en literatura se quedará para siempre como el membrete de una novela inusual, publicada el año pasado, que está encontrando lectores por todos lados, dados los ecos que convoca su autora como una de las grandes escritoras latinoamericanas del presente.

Ya pocos lectores eligen libro sin antecedentes: el conocer que Samanta publica cuentos y novelas desde 2002, ha ganado numerosos premios y su obra ya está traducida a más de 25 lenguas constituyen datos de presentación. Para los críticos se trata de una narrativa que linda entre los presentimientos y el miedo, como si la intuición de algo maligno se deslizara en los entresijos de la realidad. Por esos caminos nace Kentukis que requiere, eso sí, de algunas precisiones.

Precisar, por ejemplo, que se trata de una distopía en la cual unos artefactos en forma de peluches y dotados de dos sentidos –ven y oyen– se adquieren, y con ello el poder de conectar a dos personas en los más distantes puntos del planeta para una relación de exhibicionismo y fisgoneo. El poseedor de uno de esos muñecos se deja ver por alguien y quien ha comprado la conexión contempla lo que la cámara instalada en los ojos de él, le permite observar. ¿Hacia dónde puede devenir este juego que sugiere mucho el placer de participar en las redes sociales, en la dinámica de mostrarse y curiosear?

A algunos les incomoda una especie de indefinición del texto entre colección de cuentos y novela. Los 35 fragmentos o capítulos de un total de 221 páginas apuntan a la preferencia por las historias compactas, a los personajes monolineales, en una ajustada economía de elementos. Decisiones de una narradora como Schweblig que, cuando estuvo en Guayaquil en 2009, ya tenía muy claro su dominio del cuento. Recuerdo haber participado en un taller que ella llevó con una seguridad pasmosa. Sin embargo, en esta pieza novísima hay elección por la novela a base de una idea matriz de poderoso desarrollo.

Los peluches entran en las vidas de las personas y se van acoplando a sus rutinas en un rápido atrapamiento de horarios y hábitos hasta convertirse en ejes de existencias de niños y adultos. Quien posee uno se acostumbra al dispositivo que rueda en su torno y se hace notar con leves ruidos, quien mira a través de ellos se pliega a ese distante contorno en relaciones que van del enamoramiento a la pseudopresencia. Por allí hay un habitante del trópico que quiere mirar la nieve, por allá una anciana que se identifica con una juvenil alemana. La artera mirada de un pedófilo se recrea detrás de un niño. Y todo esto es más sugerido que dicho, exige deducción para la comprensión. El tan actual problema de la soledad aúna a todos los personajes.

La instalación de la tecnología en nuestra vida no puede hacerse de manera pasiva, parece advertirnos la autora, tiene una serie de implicaciones como las que esta ficción, precisa y abierta, posibilita. Mucho más tiene que leerse y decirse de esta perla literaria que tiene escasos meses de andadura. (O)

Kentukis
Kentukis
2019-02-17T00:00:51-05:00
El Universo

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