Días atrás se realizó en Manta un encuentro de escritores y docentes en homenaje al poeta Jacinto Santos Verduga. El año anterior el homenajeado fue Hugo Mayo. Con ese pretexto, nos reunieron a varios novelistas para discutir respecto a esa preocupación recurrente sobre la proyección internacional de la narrativa ecuatoriana.
Los veinte años que he vivido en Barcelona y cinco previos en Lima me han permitido percibir algunos aspectos que quizá puedan sumarse a esas consideraciones tan difíciles de perfilar y todavía más de resolver. A veces se supone que basta una política cultural desde el Estado y desembolsos cuantiosos de dinero pagando a editoriales internacionales para publicar a autores ecuatorianos. No basta, ni mucho menos. A la fecha, a pesar de buenas intenciones de funcionarios de turno, no existe una política real, profunda, con proyección, para el libro ecuatoriano, y que no consiste, insisto, en regalar libros o financiar pequeños proyectos editoriales, sino más bien en todo lo contrario: dinamizar un mercado editorial (o al menos no entorpecerlo), controlar monopolios, dar facilidades de exportación al libro ecuatoriano (como exonerar a los libros de tarifas descomunales en correo aéreo), facilitar la venta de publicaciones institucionales y entender que quienes deben recibir el apoyo para asistir a ferias internacionales, no son tanto los autores, sino las editoriales privadas.
Más allá de estos aspectos de gestión, hay reflexiones de fondo que sí tienen que ver con la escritura literaria. Creo que la distinción espacial entre ámbito nacional e internacional es estrecha y anacrónica. Quizá más interesante es pensar en términos temporales: la escritura debe pensarse en términos de futuro, apuntar a un lector futuro como lo hace la gran literatura. Esto supera la dicotomía mencionada y se preocupa por las exigencias de una realidad literaria: se escribe para un lector que está más allá en el tiempo. Es por lo tanto un lector mucho más exigente para el cual la factura de una literatura debe responder a un cuidado en el lenguaje donde los referentes son abordados con una apertura mental mayor, sin claves excesivamente crípticas y con una fluidez entre diferentes mundos, tal como se relaciona todo lector acostumbrado y educado en un intercambio global, donde hay una apoyatura ineludiblemente local pero también una expectativa por saber lo que ocurre con el mundo en un sentido abierto. Recuerdo una imagen de Coetzee en su novela Diario de un mal año donde el narrador, un escritor en receso, cree que hacer una novela se parece a la tensión que tiene Atlas sosteniendo el mundo. Coetzee aludía, obviamente, a la tensión del registro de largo aliento, pero su imagen también explica que los grandes escritores sostienen el mundo, es decir, tienen presente lo que está ocurriendo en él y eso se proyecta y nutre la propia escritura. La gran literatura, del origen que sea, tiene presente lo que obras de otros ámbitos han producido. No es de menor importancia que autores como Onetti, García Márquez, Rushdie, el mismo Coetzee, o incluso anteriores como Tolstói (recuerden su tensión con Shakespeare), Joyce (con Homero), Virginia Woolf (con la literatura rusa), mientras escribían estaban siempre evaluando lo que se hacía en otras literaturas, y esa disposición reverberaba en su trabajo. Esa mente porosa del escritor, que en el caso latinoamericano se tuvo de manera ejemplar en autores como Darío, Borges, Paz o Lezama Lima, quedó impregnada de la legibilidad que el mundo, en sus respectivas épocas, exigía. Tanto se ha repetido el lugar común de que hay que escribir sobre temas locales para ser provechosamente internacional, que se olvida que esa operación requiere un escritor-lector de tiempo planetario y ambición universal.
Tanto se ha repetido el lugar común de que hay que escribir sobre temas locales para ser provechosamente internacional, que se olvida que esa operación requiere un escritor-lector de tiempo planetario y ambición universal.
La situación migratoria de los ecuatorianos abrió el alcance de sus temáticas. Hay un listado muy largo, repartido entre varias generaciones, de novelas ecuatorianas que han tocado las consecuencias de la migración. Autores como Diego Cornejo, César Carrión, Lupe Rumazo, Telmo Herrera, Óscar Vela, Rocío Madriñán, Javier Vásconez, Mónica Ojeda, Esteban Mayorga, Santiago Vizcaíno, y el escritor manabita Jorge Zambrano, con su reciente novela, Las aventuras de Polo Pin, entre tantos más, tocan desde diferentes perspectivas situaciones de migrantes. El tema, por supuesto, no da ni garantiza la proyección internacional, pero sí somete la escritura y el desarrollo de los personajes a contextos múltiples donde más que la reproducción del referente importa el desenvolvimiento cognitivo de la mente del escritor con relación a un mundo dinámico.
El talento es una suma impredecible de recursos, siempre que los autores hayan sabido escuchar una necesidad real de escritura y no hayan cerrado las posibilidades de lectura de sus libros. Esta lectura de un futuro abierto lleva implícita también una relectura del pasado, lo que explica la revisión permanente de la tradición en la que se marginaron obras que, solo con el paso del tiempo, se han reconocido como aperturas de futuro. La historia literaria no es un canon cerrado sino un tablero que a cada momento se reordena. También hay que romper un mito de autocompasión que alardea de mantenerse al margen del mercado y la proyección internacional. El mercado puede ser perverso en algunos de sus actores –cuando hay monopolios– pero también dinamiza el mundo lector. Se puede ir muy lejos enumerando las figuras latinoamericanas que fueron muy exigentes al momento de escribir y que dejaron atrás ese candor victimista de que el mundo los buscaría como genios incomprendidos. Más bien optaron por dar a conocer su trabajo y debatieron en los foros internacionales de primer nivel. Así lo hicieron grandes escritores desde Juan Montalvo a Aguilera Malta o José de la Cuadra, que se esforzaron por ser publicados en el extranjero, u otros escritores de indudable proyección universal como Rubén Darío y el mismo García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa o Manuel Puig. Pasaron mil vicisitudes y rechazos, pero insistieron. Tuvieron el talento, por supuesto, y también carecieron de pereza y resignación, y entendieron que su lector estaba allá, en el futuro. (O)










