El derecho a... y el uso común de la universidad

Jueves, 14 de Junio, 2018 - 00h28
14 Jun 2018
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14 Jun 2018

El libro La universidad: un bien de uso común, conjunto de ensayos escritos por el rector de la Politécnica Salesiana, Javier Herrán, los vicerrectores y algunos profesores me ha invitado a formular algunas reflexiones, que comparto. Las universidades católicas ecuatorianas habían quedado atrapadas en medio de la reducción entre lo público y lo privado, la que caracterizó a la década pasada. El ensalzamiento básico de lo público contra la devaluación sustancial de lo privado. El discurso gubernamental, aparentemente técnico, ocultaba una visión dualista y dicotómica de la realidad con una base ideológica frágil y fundamentalmente con una moralidad engañosa e instrumental: la encarnación de la lucha entre el bien y el mal.

Esa moralidad pacata –de economía mojigata– aplicada a la gestión pública tenía una raíz económica, de la economía comprendida como división única entre Estado y mercado. El Estado, encarnación del bien, repelía al mercado, punto de residencia del mal. En el templo estatal residirían los buenos –sus operadores y sus instituciones– asediado por los agentes mercantiles que buscarían poseerlo, penetrarlo, subyugarlo. La metáfora, explícita o no, basó a las prácticas estatales de la década pasada en la comunicación y en la práctica política.

Esta simplificación caricaturesca tenía, sin embargo, una consecuencia: la división público-privado, expresada en el cauce Estado-mercado, lleva a que si el Estado y el mercado lo son todo, la sociedad es nada. Los economistas elementales –empachados de escrúpulos de poco valor práctico y conceptual– rápidamente asimilaron la sociedad al mercado y, simultáneamente, plantearon que el Estado es la forma organizada/civilizada de la sociedad, confundiéndolo con la sociedad civil o con la presencia de la sociedad en la política.

Si entre Estado y mercado, la sociedad es nada, la sociedad solo puede ser Estado o solo puede ser mercado. Así es como se perdieron las relaciones entre los hombres, eso que llamamos relaciones sociales, relaciones políticas. Y, rápidamente, en una inferencia sin mediación ninguna, salvo la necesidad práctica del control, manifestaciones sociales básicas como la comunicación y la universidad quedaron sujetas a un tipo de regulación. Fueron comprendidas como espacios de regulación externa, siendo que la autorregulación, por principio, sospechosa.

Apretados por el corsé de la necesidad de regular todo lo que oliese a mercado, la universidad entró en ese andarivel. El ámbito público ecuatoriano fue radicalmente incapaz de entender la dimensión de lo público no-estatal como, entre otras instituciones, es la universidad. Desde esta perspectiva, jamás podrían entender que lo público no-estatal es el espacio de la autonomía, de las diversas modalidades de autonomía.

La autonomía no es la ausencia de regulación, ni una competencia con la soberanía estatal, esto es, la capacidad de autodeterminación de la nación. La autonomía son grados y formas de ejercicio de la democracia: capacidad de los sujetos de la sociedad –la universidad por ejemplo– para administrarse, dictarse reglas, representarse, es decir establecer relaciones entre sus partes y con los otros, dentro de los límites del acuerdo social, léase de la Ley y la política pública legítimamente originadas.

El ámbito público ecuatoriano fue radicalmente incapaz de entender la dimensión de lo público no-estatal como, entre otras instituciones, es la universidad. Desde esta perspectiva jamás podrían entender que lo público no-estatal es el espacio de la autonomía, de las diversas modalidades de autonomía.

En la década pasada en Ecuador se caracterizó, fundamentalmente, por la incapacidad estatal y del partido gobernante para entender que el momento del desarrollo que vivió el país fue el momento de la sociedad. Nuestra democracia en sus 40 años ha pasado de un momento estatal, sus primeros 20 años impregnados de un estilo de articulación a la economía, a un momento del mercado, sus siguientes 10 años. Y cuando debió inaugurarse el momento de la sociedad, que se insinuaba en la Constitución de 2008, abruptamente se deslizó hacia el autoritarismo, es decir, la suma concentrada de Estado y mercado para el control de y contra la sociedad.

Difícilmente se les puede pedir a las conciencias estatales –la planificación– que entiendan los momentos estratégicos de las naciones. Pero sí les debimos exigir a las universidades que produzcan ese conocimiento. No lo hicieron. El silencio conceptual y técnico de la universidad ecuatoriana en la última década fue evidente.

¿En qué puede consistir la gobernanza de instituciones paradas sobre distintos esqueletos de diferentes formas de autonomía? Porque las formas de autonomía están vinculadas inexorablemente con la forma de la comunidad universitaria que las sostiene. La evidente pluralidad debe tener un pluralismo esencial en su respuesta. Por lo pronto, el hilo conceptual de este discurso repele un modelo estandarizado. Porque impide justamente la creatividad democrática en la gobernanza y en el conocimiento basado en la diferencia.

Los modelos de gobierno basados en las diferencias de la cultura institucional son/deben ser muy complejos. Los factores endógenos de esas relaciones, como pueden ser las iglesias u otro tipo de instituciones, y los factores exógenos, como pueden ser las relaciones con los estados y los sistemas políticos, no son únicos.

Y también es una forma de relación de la gobernanza de la comunidad universitaria en vínculo (interés) con la sociedad y con la política. Cada actor, cada comunidad universitaria, presenta/debe presentar una comprensión de esos vínculos, como libertades académicas enmarcadas en la responsabilidades ante sus sociedades (comunidades académicas), ante la sociedad (el control social de la gestión de un bien público) y ante el Estado (administrador colectivo de una relación social).

Como ha sido evidente durante este periodo, las condiciones políticas nacionales crean el contexto determinante para el libre flujo competitivo en la gobernanza universitaria. Y claro está, el concepto de autonomía universitaria y la misma autonomía son resilientes con la dictadura, capacidad de resistencia a la crisis, que no fue suficiente en la última década.

Para finalizar, quiero referirme a dos formas básicas de la subjetividad: como construcción hacia dentro de los sujetos y las comunidades, y como construcción dialógica, hacia fuera referida al otro y distinto. Las dos formas disputan el sentido de lo público. Es decir, ejecutan a la necesidad de una sociedad democrática.

La universidad es una asociación democrática. Esto es, asociaciones de intereses autorreferidos y de la autorreferencia que se produce en el intercambio como construcción necesaria de identidad. Las dos son formas necesarias. Debemos recuperar una forma olvidada por la universidad ecuatoriana: la reflexión sobre sí misma. La que debe dar inicio a la otra modalidad olvidada, el pensamiento crítico permanente sobre la comunidad más allá de su misma comunidad. (O)

El derecho a... y el uso común de la universidad
El libro La universidad: un bien de uso común, conjunto de ensayos escritos por el rector de la Politécnica Salesiana, Javier Herrán, los vicerrectores y algunos profesores me ha invitado a formular algunas reflexiones, que comparto.
2018-06-14T00:28:10-05:00
El Universo

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