Alguien me contó de un mensaje en las redes sociales que, más o menos, decía que los políticos tendrían que hacerse atender en las instituciones públicas de salud, pues solo así habría esperanza de que alguna vez esos hospitales marchen como deberían. Supongo que el autor de este texto apelaba a la idea de que si uno mismo es quien padece una determinada circunstancia, entonces comprenderá mejor la realidad de esa circunstancia, ya que la está viviendo; no se la están contando. No es lo mismo oír que algo está mal, y que eso debe ser corregido, que sufrir uno mismo la no atención, el absurdo, el papeleo, la injusticia.

Aunque no es recomendable generalizar, voy a hacerlo a propósito para hacer patente un mal estructural de la política en el Ecuador: la casi totalidad de nuestros políticos, esa gente que a toda costa quiere obtener poder para cumular más poder, está compuesta por individuos fatuos. El diccionario académico señala que fatuo es aquel “lleno de presunción o vanidad infundada y ridícula” y también aquel “falto de razón o de entendimiento”. En ambas acepciones, en los hechos, los políticos están repletos de ridiculez y carecen de entendimiento. Nuestros políticos nacionales y locales son fatuos por todos sus costados.

¿Por qué, si no, ser político es sinónimo de trepador? En nuestro país muchos de quienes se afilian a los partidos políticos lo hacen para enriquecerse. ¿Por qué al llegar a un cargo comienzan a comprar propiedades a diestro y siniestro, algo que la inmensa mayoría de ciudadanos no puede? ¿Por qué un político tiene un sueldo extremadamente superior al promedio de lo que ganan los ecuatorianos? Es posible que subyazca el equívoco de que los políticos son superiores porque se proponen servir, cuando muchos de ellos, revolucionarios o conservadores, han demostrado que lo que buscan es atesorar bienes, incluso ilegalmente.

Como entiendo que así sucede en las naciones nórdicas, también situadas en el planeta Tierra, bien nos haría exigir a quienes buscan representarnos que, antes que el Estado les otorgue carros con choferes para uso personal y familiar, utilizaran los colectivos y los buses de la transportación pública. Debería escribirse una ley que exija al funcionario público de libre elección que, para su trabajo, emplee el transporte público o su vehículo propio. ¿Por qué un ministro no puede llegar a la oficina manejando por nuestras calles como todos lo hacemos? Al país le haría bien tener políticos que viven y experimentan la realidad cotidiana.

Una sociedad mejor estructurada debería comprender que ser político es solo un trabajo. El Estado no tiene por qué conceder a la élite política privilegios que no gozan los ciudadanos comunes y corrientes. Tal vez tendríamos políticos que efectivamente sirvan al público si tuvieran que vérselas a cada paso con la ineficiencia del Estado, como las grandes mayorías. Deberíamos demandar una norma que obligue a los políticos a enviar a sus hijos a las escuelas públicas. Como tienen el poder, acaso actuarían para que esas funcionen mejor, pues, hasta ahora, nuestros políticos han demostrado que mientras más responsabilidad tienen, más alejados están de la realidad. Es que son todos fatuos.

(O)