He oído a muchos decir que en este país no hubo culturas indígenas avanzadas como las de Perú, México o Centroamérica. Siempre les he replicado que si “avance” es sinónimo de obras megalíticas, en efecto, lo que tenemos que mostrar es escaso. Pero si el interfecto es capaz de juzgar a una cultura no por el volumen de sus obras, sino por la sofisticación de sus creaciones, pronto comprenderá que aquí se desarrollaron sociedades con altos valores tecnológicos y estéticos, baste citar Valdivia o Jama Coaque. He visto, por ejemplo, colecciones de miles de volantes de huso, piezas de cerámica del tamaño de una nuez, todos los cuales eran distintos, con diseños creativos y finos acabados. También tuvieron grandes realizaciones inmateriales, como las navegaciones longitudinales por el Pacífico y conocimientos astronómicos más precisos que los de la Europa de entonces. Y puedo citar centenares de logros de estas culturas, en los que se ve que podían ser todo menos “atrasadas”.

Todavía más preguntarán “entonces, ¿por qué no hicieron pirámides y grandes infraestructuras?”. Por una sencilla y hermosa razón, porque aquí no hubo grandes imperios que pudiesen movilizar centenares de miles de esclavos, indispensables para levantarlas. Eran pequeñas comunidades unidas por el comercio y el intercambio cultural, un modelo de anarquía creativa similar a la Irlanda de la alta Edad Media o el Israel de los jueces. La Colonia heredó de ellos ese gusto por la escala humana. En su magnificencia las construcciones coloniales son de proporciones alcanzables y, contra lo que se puede creer, no requirieron de masas esclavas, siendo obra de maestros y artífices independientes. Será con la independencia que la necesidad de endiosar a sus héroes y sus gestas desató la apetencia de monumentos. Junto con ello, el surgimiento de un Estado huérfano de representación, que necesitaba justificarse históricamente, indujo a las grandes “obras” faraónicas. Se perdió la escala humana en aras de una grandilocuencia solo atajada por la pobreza de las arcas fiscales. Para colmo, el resultado estético ha sido estremecedoramente pobre.

Los estados y los entes públicos no deben construir monumentos, ni ninguna clase de infraestructura estrictamente que no sea ligada a la satisfacción de necesidades esenciales de las personas. Un monumento es siempre una opinión, representa solo la opinión de su financiador sobre algo o alguien. No parece muy justo que, quien puede ser el más excelso de los funcionarios, utilice fondos públicos en perpetuar en bronce, piedra o aluminio sus opiniones, ni aun sobre el mayor de los próceres o la más sublime de las virtudes, porque siempre estarán basados en su punto de vista subjetivo. No digo que no se construyan monumentos, uno bien hecho es algo que se celebra, como cualquier obra de arte, pero deben ser financiados por quienes compartan un determinado parecer. Se debería regresar al uso anterior de las suscripciones, en las que los interesados pagaban la construcción de tal o cual estructura. Los municipios y entidades públicas, dentro de una adecuada planificación urbana podrán, a veces, proporcionar un espacio para su instalación. (O)