Uno de los historiadores ecuatorianos más serios y profesionales es Fernando Hidalgo Nistri, excavador infatigable de archivos y bibliotecas, quien, para fortuna de su ciencia, ha accedido a invaluables depósitos documentales en Europa. El título de su último libro La conquista del Trópico se refiere a la “conquista” del Ecuador por parte de científicos y exploradores que llegaron desde el siglo XVIII hasta los albores del XX, para descubrir sus secretos naturales y, de paso, observar sus “secretos” humanos. La publicación es una edición de documentos de eminentes botánicos extranjeros que Hidalgo ha rescatado en sus sapientes incursiones. Son textos de interés para iniciados, pero el autor vuelve a mostrarnos capacidad analítica y crítica en un extenso ensayo sobre la actitud que tenemos los ecuatorianos sobre la ciencia y la naturaleza. Este estudio no tiene desperdicio y sí es de lectura general.

El Ecuador al que llegan estos investigadores, a despecho de excepciones excepcionales como Pedro Vicente Maldonado y Franco Dávila, está dominado por una visión mágica. A más de una interpretación milagrera y supersticiosa de la religión, la gente tenía arraigadas creencias en fuerzas mágicas y en concepciones no científicas. Este fenómeno atravesaba todas las capas sociales, inclusive las más altas y educadas. Tanto los científicos estudiados como el propio autor son severos con los estratos más ricos y encopetados del país, cuya soberbia iba a la par de su ignorancia. Y no hemos cambiado, hay que ver en el siglo XXI el entusiasmo que a todo nivel despiertan las pseudociencias.

Los exploradores y científicos, si bien fueron acogidos hospitalariamente, eran vistos con suspicacia y miedo, los creían espías o buscadores de tesoros, cuando no brujos o meros locos. Esta actitud prevalece y hasta se ha incorporado a la legislación, que dificulta las labores de los investigadores sometiéndolos a trámites y cortapisas. Los ecuatorianos, de nuevo enfatizando en las élites sociales, tenían “un sentido de curiosidad muy atrofiado” y vivían de espaldas a su espléndida naturaleza. Así, a pesar de que el ejemplo de precursores como los Martínez Holguín, Proaño y otros, exploraciones e investigaciones tardaron en convertirse en una opción profesional para los nacionales. Recién a finales del siglo XX se pudo contar con parcos contingentes de estudiosos ecuatorianos dedicados a inventariar la naturaleza de su propio país.

El desprecio a la naturaleza se daba ya en la conquista española. Y así continuó durante la Colonia y prosigue en la República. Es producto de la ideología de la Contrarreforma católica que prevenía contra “el mundo”, enemigo del alma, como bien lo señala Hidalgo. Este mismo autor demostró en una obra anterior la continuidad entre el pensamiento político conservador y la izquierda cristiana del siglo XX. Quienes lo leímos vimos que solo había que tirar una raya más y quedaba clara la herencia garciana y ultramontana en la Revolución Ciudadana. De la misma manera encontramos esa aversión contrarreformista a la naturaleza en la tal Revolución, que entendió que progreso era arrasar paisajes, entornos ecológicos y hasta parques naturales. (O)