Esa es la impresión que sobre los resultados de los procesos electorales en Francia y en el Reino Unido me dejan y que comparto. Me refiero a que un joven político, desmarcado y sin partido, arrasa en las elecciones y luego consolida una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. En el Reino Unido, una política experimentada contaba con una holgada victoria, pero estuvo a punto de perderla y aún no termina de consolidar un gobierno en minoría, basado en una extraña alianza con un partido irlandés.
He puesto atención en estos eventos porque me parece que señalan un positivo cambio de rumbo. Francia, para empezar, le puso dique a la extrema derecha populista; rápidamente conformó un partido que logró una sustanciosa mayoría de escaños en la Asamblea; mayoría conformada con gente nueva, de procedencias diversas, con representación paritaria; se hizo patente también el cambio generacional y muchos de los nuevos asambleístas carecen de experiencia política previa. Francia no había visto tanta diversidad instalada en su principal foro. Esta nueva representación encarna la hartura de los franceses con los partidos tradicionales; la nueva formación estableció un férreo código ético que ya causó algunas bajas en el gabinete; señales del compromiso con un nuevo quehacer político. Además, el gobierno de Macron se ha declarado abierta y decididamente europeísta. Muy simbólico fue que el primer acto del novel presidente fue visitar a su par alemana. Así se reafirmó el eje franco-germano, pieza clave de la Unión Europea.
Del otro lado del canal, los eventos no dejan de ser menos sorprendentes. La primera ministra May llama a unas elecciones anticipadas en busca de legitimarse –pues ella no fue electa–, consolidar una mayoría de su partido, el Conservador, y tener mayor fuerza para enfrentar la compleja y larga negociación del brexit. Pero, hete aquí, que por poco pierde las elecciones; de hecho obtuvo menos asientos para su partido en el Parlamento. Logró revivir al líder del partido Laborista, Jeremy Corbin, quien podría disputarle la primatura. Semejante vuelco deja atónito a más de uno; mucha tinta se verterá y el final todavía está por escribirse. Es que pasaron cosas: los jóvenes que por apatía o por exámenes no votaron en el referéndum, esta vez quisieron hacer escuchar su voz y apoyaron a los laboristas; UKIP, que promovió el brexit, quedó en la irrelevancia. En el trasfondo, la controversia por la salida de la Unión Europea.
Esto es sintomático de cambios más profundos que están ocurriendo en esas sociedades. Los jóvenes salen de su letargo, aprenden que participar es más que dejar mensajes en las redes, y cobran conciencia de que la política les concierne. Un destacado analista inglés apunta que los cambios ocurridos como consecuencia de lo que algunos llaman la tercera revolución productiva, las identidades partidarias y sus fronteras se difuminan; los conservadores ya no necesariamente representan al capital y a los señores de las salas de juntas, y los laboristas ya no son la encarnación de los obreros de las plantas. Es que hoy la generación de la riqueza está más ligada al conocimiento que al capital; se produce descentralizadamente y las energías alternativas resquebrajan los monopolios. Algo está cambiando.
Queda mucho por ver: entre otras cosas, como apunta Timothy Garton Ash, de la universidad de Oxford, no se puede descartar que tras una negociación descafeinada del brexit, los británicos cambien de parecer y no salgan de la Unión Europea. Duro aprendizaje; ojalá escarmienten. (O)










