Ahora que estamos alrededor de las fechas de graduación de las universidades, ese periodo de nuevas excusas para celebrar, en las que se “supera una etapa de la vida”, y otras frases hechas, pienso en Bartleby, el escribiente. Qué fabulosa puesta en escena de Melville, qué sutileza, qué ironía en el dominio de la narración. El escritor norteamericano del siglo XIX muestra en este breve relato, breve como un plato de caviar, que la grandeza no depende del tamaño de la obra, esa ballena de libro que es Moby Dick, sino de los detalles: el ritmo, las palabras adecuadas, la sugerencia, la capacidad de sumergir al lector en los zapatos del protagonista. Por ahora, esbozaré una comparación entre la actitud del escribiente con la de tantos estudiantes que entran al torrente azaroso de la sociedad y, en definitiva, de la vida.
Eso sí, antes de sugerir la incoada comparación, les relataré a breves rasgos quién es el personaje de Melville. El narrador del cuento inicia señalando que lo que nos confiará hará “sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales”, frase que se va encarnando en el lector. Que lo incomoda, que lo sostiene en vilo cuestionándose si lo que lee es, efectivamente, digno de risas o, más bien, de llanto. Si lo que lee es una pseudobiografía de un loco o la disquisición vital, existencial, de un ser humano que realiza una de las actitudes más propiamente humanas: la de filosofar, la de examinarse sobre quién es y hacia dónde va. Bartleby, como he adelantado, tiene un trabajo, diríamos mecánico y aburrido, transcribir escritos. Pero, qué más da, ¿verdad? Trabajo es trabajo. Abro un nuevo paréntesis, en ningún momento rastreamos el hecho de que el protagonista tenga familia, es decir, suficiente razón por la cual trabajar. Dicho lo cual, volvemos a lo central de la historia: Bartleby trabaja como cualquier otro. Sin embargo, en el desenvolver de la historia, irrumpe una afirmación, ahora sí, graciosa o triste. “Preferiría no hacerlo”, empieza a contestar el escribiente a los pedidos del narrador, que nos enteramos que es el jefe. Muchos de nosotros, en principio, no queremos hacer muchas de las cosas que nos encargan; a pesar de ello, es evidente que no nos pagan por hacer lo que queramos. En fin, a lo que avanza el relato intuimos que hay una razón más existencial para ese hacer o no hacer. ¿Tiene sentido trabajar por trabajar, simplemente por acumular más dinero?
La idea de Universidad, como ese lugar donde la educación es holística, donde no se estudia simplemente una técnica, sino donde se discurre por las razones últimas de tal o cual ciencia, cada vez está diluyéndose más. De qué sirve conocer el funcionamiento del sistema judicial o las técnicas jurídicas si no sé qué es lo justo o por qué vale la pena luchar por ello. Unos estudiantes que no mediten las razones de ser de su ciencia y de su carrera son lanzados simplemente a un mundo donde los únicos valores son el poder sobre el resto, el dinero y lo efímero. Una sociedad que muere cada segundo. (O)