En medio de la campaña para la segunda vuelta electoral, quiero tocar un tema que podría pasar por anecdótico, de no ser sintomático de los estados de ánimo que rondan al país y que, me parece, requiere un urgente tratamiento profiláctico para detener la posible infección y el desangre. Me refiero al incidente del atún.
Lo que he denominado como incidente, se originó cuando un puñado –porque no fueron mas– de exaltados (as) y descerebrados (as), reunidos en las afueras del CNE para reclamar por la publicación de resultados de las elecciones pasadas, tuvieron la infeliz idea de enrostrar a los manabitas su preferencia electoral por el partido de gobierno, pidiendo que devuelvan los colchones y latas de atún que se entregó espontáneamente para palear los trágicos efectos del terremoto de abril. Actuación esta que no nos representa pero sí avergüenza a los quiteños.
La entrega que hicimos los habitantes de Quito de toda la ayuda que pudimos para los damnificados de Manabí y Esmeraldas, no tuvo bandería política, no fue liderada por ningún candidato ni autoridad, no fue acto de ninguna clase social en particular, ni de barrio o sector en especial. Fue un acto de espontanea solidaridad de todos. Quienes salimos en esos días vimos gentes de todas las clases y condiciones, de todas las edades, de todos los colores y credos, seguramente de todos los bandos. Hubo chullas, monos, chagras, montubios, gringos e indios, o sea la representación de los que habitamos esta ciudad capital y crisol de todos los ecuatorianos. Llegaron por todos los medios a entregar su ayuda; muchos lo hicieron a pie. Fue un acto solidario inmediato; fue una demostración del sentimiento compasivo hacia nuestros hermanos; fue un acto de decencia. Virtudes estas que sí afloran entre los ecuatorianos cuando hace falta. Manabitas, les pido que tengan esto presente.
La respuesta a esta actitud vergonzosa de unos pocos, fue que un grupo de vivos de orientación y génesis de fácil deducción, aprovechó la oportunidad puesta en bandeja para con claros afanes políticos, tirar latas de atún y colchones en las instalaciones del Banco de Guayaquil. Dato curioso, algunas de esas latas fueron de origen extranjero. Es claro que los autores de este otro acto no fueron manabitas, pues ellos están muy ocupados en reconstruir sus vidas. Todos estos hechos fueron difundidos con profusión por las redes sociales, penosamente convertidas en la cloaca de las bajas pasiones.
Tenemos por delante nuevamente la decisión trascendente de escoger nuestro inmediato destino. Lo de fondo que he reclamado en algunas de mis columnas, es construir un país para todos, que cobije a los que opina lo uno y al que piensa lo contrario y tengamos la posibilidad de labrar nuestros destinos en paz. Para ello necesitamos recuperar la cordura y sensatez; necesitamos tender puentes entre ecuatorianos; necesitamos hablar con todos y lograr acuerdos y un propósito común. Necesitamos abandonar este comportamiento adolecente de culpar de todo al otro, sin reparar que cada uno es el otro del otro. Necesitamos entre todos construir una visión compartida del país que queremos para nuestros hijos. Necesitamos que se respete la voluntad que se exprese en las urnas, aunque no nos guste el resultado. Los manabitas deben sentirse en libertad de votar por quien mejor estimen, como debemos sentirnos todos, sin que nadie se crea con derecho de pasarnos cuentas de cobro. Paremos estos enfrentamientos que nos degradan. Estemos vigilantes y no nos dejemos manipular por los exaltadores de las bajas pasiones y votemos en conciencia, libremente. (O)










