En una columna anterior preguntaba hacia dónde vamos como país y afirmaba la necesidad de dejar de vernos el ombligo y alzar la mirada para observar la dirección en que gira el mundo para tratar de entender cómo nos insertamos en ese movimiento. Insisto, necesitamos descifrar nuestro lugar y construir una visión compartida del país que queremos.
Pese a lo desalentador de los acontecimientos que presenciamos, encuentro nuevos paradigmas que me hacen abrigar esperanza. Llaman mi atención los planteamientos del economista norteamericano Jeremy Rifkin, asesor del gobierno de la República Federal de Alemania, de la Unión Europea y del gobierno de la China, sobre la Tercera Revolución Industrial. Esta visión tiene un precedente en lo que hace unas décadas, Alvin Tofler denominó La Tercer Ola. Lo que ha cambiado desde entonces, es que hay evidencias que dan cuenta que efectivamente están ocurriendo cambios profundos y previsiblemente duraderos, que comportan una nueva visión del mundo diferente y convincente.
Rifkin sostiene que las revoluciones industriales se sustentan en tres pilares: la base energética, las formas de comunicación y las formas de locomoción. Así, la primera se basó en el carbón, la imprenta y el telégrafo, la máquina de vapor y el ferrocarril. La segunda, en el petróleo y la electricidad, la radio y televisión y el automóvil con motor de combustión interna. El advenimiento de la tercera, se basa en las energías renovables –solar, eólica, hidráulica y geotérmica– las redes del internet, y los vehículos eléctricos. El cambio climático –la mayor amenaza a la humanidad y al mantenimiento de la vida misma–, es el telón de fondo para este cambio de paradigmas.
Evidencia del tránsito a esa tercera revolución es el crecimiento exponencial de las energías renovables. En Alemania, por ejemplo, el 35% de la energía es de origen solar o eólico y para 2040, el 65% lo será. Dinamarca y Noruega apuntan más alto aún. Costa Rica, ese pequeño país, espera que para 2020 toda su energía sea renovable. Al Gore, exvicepresidente de Estados Unidos y voz admonitora sobre cambio climático, concluye que esa tendencia mundial es esperanzadora, pero, para no bajar la guardia, pregunta si aún estaremos a tiempo de evitar la catástrofe. Los cambios que posibilitan el internet están a la vista, pero nacen otros como el internet de las cosas y de los recursos, con enormes posibilidades.
Una de las consecuencias alentadoras del nuevo paradigma, es la mutación en las relaciones sociales y humanas. Rifkin anota que ese cambio se dará al pasar de unas formas de organización competitivas a otras más colaborativas; de una toma de decisiones centralizada a una más abierta y participativa, con cambios notables en las relaciones de poder. Estos cambios posibilitados por la tecnología y su aplicación a la producción y a la comunicación, potenciarán las facultades empáticas con los que los seres humanos estamos equipados, pero que la lucha por la supervivencia apaga. Se manifiestan en que, por ejemplo, estamos pasando de ser meros consumidores a lo que Rifkin denomina “prosumidores”, a la vez de consumidores, somos también productores. Un caso claro son las cooperativas de producción eléctrica de Alemania a través de colectores instalados en casas particulares y edificios.
Muchas cosas interesantes están ocurriendo. Mientras, acá seguimos aferrados al petróleo y se propone construir una refinería a un astronómico precio y deuda, para procesar un crudo que no está claro que lo tengamos y para vender unos derivados que en unos años serán obsoletos. Con razón un expresidente que respeto, dice del actual, que sorprende que siendo joven tenga ideas tan viejas… (O)
Rifkin sostiene que las revoluciones industriales se sustentan en tres pilares: la base energética, las formas de comunicación y las formas de locomoción.










