“Maquiavelito de corbatín”... se equivoca al llamar así a alguien a quien más bien le ha faltado la malicia útil para medrar en política; se equivoca porque jamás se lo ha visto con corbatín, porque suele gastar corbata roja con la que se identifica con su militancia política, socialista hasta la médula..., pero sobre todo quien inventa ese “ingenioso” epíteto se equivoca al querer hacer chistes. A un hombre poderoso lo perjudican sus áulicos cuando le hacen creer que además es humorista, y cantante, y otras virtudes que la Providencia le negó.

Sobre todo indigna oír referirse así a uno de los intelectuales más respetados del país. Lo conozco desde hace 40 años, cuatro décadas en las que no hemos coincidido ideológicamente nunca, salvo una vez en la que me felicitó por llevar, justamente, corbata roja. Si se hubiera tachado de manera tan burda a un coideario no me indignaría tanto, porque ese largo tiempo Ayala Mora ha tenido exquisito respeto por mis ideas, que he reciprocado respetando las suyas, ¡como debe ser! Por supuesto que se trata de un respeto asimétrico, porque cuando lo conocí él ya era maestro en la Pontificia Universidad Católica y yo el alumno díscolo que seré para siempre. Entonces lo miro para arriba, disfrutando de la sapiencia que vierte en sus obras, pues se trata de un historiador calificado y fecundo. En estos días están sobre mi mesa de trabajo Lucha política y origen de los partidos en Ecuador, y la Historia de la Revolución Liberal Ecuatoriana, en la mesa digo, porque en las estanterías, rayados y subrayados, están otros, entre los cuales los quince tomos de la monumental Nueva historia del Ecuador, elaborada por un selecto equipo de intelectuales bajo su dirección. Pero, pese a esta notable asimetría y precisamente por ella, debo agradecerle haber sido muy deferente conmigo. En mis actividades “seculares” de periodista y librero siempre me aconsejó y me hizo algunos favores inmerecidos. Y es que se trata, más allá de su alto calibre intelectual, de una buena persona y de una persona buena, que creo que es lo mejor que se puede decir de un ser humano. Además es un hombre de fino humor, virtud que dimana de su inteligencia... me falta espacio para narrar algunas de sus divertidas ocurrencias.

Ahora Enrique Ayala se halla atrapado en la controversia por el rectorado de la Universidad Andina, entidad a la que engrandeció y prestigió. Quienes cuestionan el nombramiento del nuevo rector no han logrado demostrarme cómo es que en esta ocasión la ley tiene mandato retroactivo. Pero más allá de la incontrovertible situación jurídica, en este caso lo que me asombra es el silencio de las universidades del país, en las que tanto se ha vociferado defendiendo la “autonomía universitaria” y que sin embargo se han quedado mudas cuando funcionarios nacionales y multinacional se entrometen en el nombramiento de una autoridad académica. ¿Qué pasó, señores rectores y catedráticos, les comieron la lengua los ratones? (O)