De la revolución jacobina de 1895, que implantó el anticatolicismo y no el laicismo, nos vienen extrañas ideas como la de que los sacerdotes “no deben intervenir en política”. ¿Cómo asiff? Respondan en pura ética, no me interesa lo que digan las leyes al respecto, estas pueden estar, y en muchísimos casos están, equivocadas. Basta que un sacerdote, lego o sacristán, se refiera tangencialmente a un tema laxamente político, para que enseguida se alboroten todos los gallineros, fingiendo espanto por la violación del sacrosanto laicismo.

¿Cuál es la razón por la que un cura no puede opinar de política? No me vendrán a decir que es porque profanan su sagrado ministerio al mezclarlo con una actividad tan insalubre. Calificar eso corresponde a las autoridades eclesiásticas. De hecho algunas iglesias, entre las cuales la católica, supuestamente restringen la participación de sus cleros en política y en otras actividades, pero eso es muy cuestión de estas entidades, que a ningún ministro, intendente o comisario compete administrar. Si alguna vez se le salen a un clérigo opiniones sobre el poder y los gobiernos, serán los obispos, ayatolas o presbíteros a quienes corresponda juzgar sobre su conveniencia o acierto. Los políticos temen que los ministros de cualquier religión se involucren en sus actividades, porque piensan que sus prédicas son más convincentes y motivadoras que sus discursos. El mismo miedo lo tienen en relación con los periodistas, comunicadores, deportistas... y todo aquel que es lo que en la actualidad se denomina “mediático”. Creen que son una competencia desleal, por eso les ponen cortapisas en todas partes.

Uno de los prelados más brillantes que ha tenido la Iglesia ecuatoriana hizo aseveraciones muy comedidas, diciendo lo que piensan todos los que piensan. Y ¡cataplum! salió un influyente funcionario a atacarlo sin fundamentar siquiera sus aseveraciones (¿cuándo el obispo dijo lo que dice que dijo?). En la más crasa salida del pilche, con penosa falta de originalidad, echó mano a una frase con la que el presidente Roldós calificaba de “recadero” a un político del cual, curiosamente, el propio autor del desaguisado fue cercano colaborador. Esta desproporcionada reacción no se habría dado si no se hubiese tratado de un jerarca de la Iglesia, clara demostración de que se sigue en muchas esferas del país sin entender qué es el laicismo, que probablemente consista en nada más que mantener una actitud “normal”, es decir sin prevención ni preferencia, ante lo que tiene que ver con la Iglesia.

Los curas sí deben hablar de política ¡y de política coyuntural! Cuando el papa en sus encíclicas condena el capitalismo y pide un Estado interventor, ¿está hablando de política o de gastronomía? Pero ahí sí les parece muy bien y quieren elevarlo en vida a los altares. Estoy en desacuerdo con Bergoglio, pero no le niego todo su derecho a opinar sobre política, porque esta tiene enormes y profundas implicaciones éticas, tanto en lo general como en lo coyuntural, y si los sacerdotes no pueden opinar sobre ética, ¿entonces de qué hablarán? ¿Del encebollado? (O)