De pocas cosas uno se arrepiente con tanto dolor como de no haber aprendido idiomas cuando el tiempo y las facultades eran propicios.... sí, siempre se puede, pero el esfuerzo es mayor y las condiciones suelen complicarse con los años. Es verdad que hace cincuenta años era más difícil, pero mi indolencia, nada más que mi indolencia, hizo que no pase de un francés de sobrevivencia. Y el inglés me negó (le negué yo) la perfección, mi conversación es trabajosa aunque conseguí aprender y recitar, con más entusiasmo que exactitud, “There was a child...” de Whitman. Leerlo es el mayor placer que me dispensa, Keats y Dylan Thomas, pero el cantar del Cisne del Avon no me es del todo inteligible. ¡Qué pobreza!

No he conocido nadie que diga que el conocimiento de un idioma le resulta molesto o que le ocupa demasiado disco duro. En cambio, he oído decir cosas tales como que el alemán es tosco, el francés amanerado o el kichwa primitivo. Sin negar que las lenguas tienen determinado carácter, los conceptos negativos sobre una u otra son siempre prejuicios basados en la ignorancia. Lejos de creer que la multiplicación de lenguas fue un castigo a la soberbia humana, creo que su diversidad es una riqueza, como toda diversidad, cada una es un tesoro. La extinción de una sola es una tragedia.

El inglés, justamente por ser la lengua de las potencias dominantes en los últimos dos siglos, es una majestuosa construcción que se enriqueció al contacto de mares, praderas, desiertos y astros. A su belleza intrínseca añadió la suerte de ser la primera lingua franca de todo el globo. Su desconocimiento en el momento actual equivale a una semisordomudez y es objetivamente una discapacidad que debe mover a compasión. Nos parecería idiota la persona que diga que la facultad de caminar es mala, porque la usan los ladrones para escapar de la policía, sin embargo, hay quienes se dan el lujo tonto de despreciar el inglés a cuenta de que es “imperialista”. Hubo quien me dijo que no lo aprendió por “rechazo ideológico”.

La experiencia demuestra, y los estudios lo confirman, que mientras más temprano se aprende una lengua se lo hace mejor y más fácilmente. Se habla de una “ventana” de pocos años en los que se puede aprender un idioma para manejarlo con la facilidad del materno. No sé de nadie al que se le haya fundido el cerebro por estudiar de niño una lengua. Solo contradicen estas evidencias los estólidos, pueblerinos y oscurantistas. Por eso resulta curioso que se nos sorprenda con disposiciones administrativas confusas y contradictorias, probablemente adrede confusas y contradictorias “para ver cómo reaccionan estos”, que limitan la enseñanza de un idioma clave para integrarse en el mundo moderno, en la tecnología y aún en la alta cultura. Y claro, cuando se pide explicaciones de tal barbaridad (nunca más exacta esta palabra) se echa la culpa a la “prensa corrupta” que suele no entender un concepto tan claro como lo “voluntariamente obligatorio”.