Entre las maravillas del programa Redes, que mantiene en TVE el prestigioso divulgador científico catalán Eduard Punset (que merece toda una columna que dejo para otro momento), celebro aquella con la que termina: un par de niños le hacen una pregunta, en esta semana: “¿Por qué los delfines hacen clu, clu?”, esta práctica pone el tema sobre mi mesa.
Los maestros nos erguimos sobre el sano recurso de preguntar y contestar. Este estilo tiñe hasta nuestra conversación cotidiana porque perfectamente podemos incluir el elemento, cuando no queremos una contestación sino iniciar un intercambio. Sócrates fue quien nos instaló en el rumbo del interrogatorio eficaz, que permite al interrogado descubrimientos que en primera instancia permanecen fuera de su óptica. Pobres los estudiantes que no tienen un profesor adiestrado en este método, que le echa encima verdades tajantes construidas por él sin que lo ayude a ver las propias.
Pese a que vivimos en la época de la visibilización de muchos aspectos de la personalidad y de la existencia personal, el ejercicio de la cortesía (ese código que hace más gratas y delicadas las relaciones humanas) todavía nos frena en algunas preguntas. A mí me enseñó mi madre que no se interroga a nadie sobre la edad que tiene ni sobre cuánto dinero gana. Naturalmente, acepto que en la cara civil y legal de la vida estos son datos inexcusables: junto al candidato a cualquier elección va el dato de su edad, porque así evaluamos a la rápida el estado de sus potencialidades; sus ingresos económicos son dato fundamental desde para el SRI hasta para que los hijos aquilaten cuánto pueden esperar de los padres. Sin embargo, en la vida social jamás introduciría esas curiosidades en mis acercamientos sin sentir que estoy atropellando a mi dialogante. ¿Así deben mantenerse las cosas?
Aficionada como soy a las series de investigación, me concentro en las capacidades que exigen los interrogatorios. La agudeza en la pregunta, la serenidad en el semblante hasta que algo se rompe y se gira hacia la intensidad y el acorralamiento son signos de una práctica profesional frente a la sospecha del delito. El arte de hacer preguntas es la clave. Yo practico ese arte ante seres de diferente elocuencia, los libros. En sus páginas están escondidas las revelaciones y solo saldrán a flote si yo, como lectora y crítica, manejo mi mirada como una inquisición.
El periodismo nos ha acostumbrado a las entrevistas, productos comunicativos que resultan también del arte de preguntar. En ellas, las televisivas atraen el interés porque nos muestran al entrevistado de cuerpo entero, en imagen, capacidad de improvisar y calcular las consecuencias de su sinceridad, estudiada o espontánea. Aprecio los libros enteros dedicados a recoger esas entrevistas, verdaderas herramientas complementarias al seguimiento de una obra o un pensamiento.
En el aula de clase, Sócrates sigue siendo el gran maestro de todos. Contando con internet al alcance de la mano, no hay pregunta que se quede sin respuesta cuando se trata de una noción, un dato, una fecha. Pero cuando se pretende escalonar las preguntas, diseñarlas en gradación hacia un blanco u objetivo, todavía el profesor es indispensable, todavía el conocimiento humano que enlaza a ese grupo de personas que interactúan con horario es la plataforma del entendimiento y el aprendizaje. No olvidemos la cereza del pastel: que los alumnos igualmente sean interrogadores.










