En enero de 2020, el guayaquileño Víctor Huerta Jouvín, de 46 años, fue extorsionado con una supuesta denuncia de violación y, cinco días después, lo secuestraron en el centro de Guayaquil. Ahí empezó la ‘pesadilla’ que narra en su libro Señuelo 17, cuya segunda edición lanzó en julio.

¿Cómo lo extorsionaron?

Me pedían $ 500.000 para no ponerme boleta de captura por una denuncia de violación, que no existe. El administrador (de la urbanización donde vivía) me acusó de haber drogado y violado a una señorita durante 17 horas, por eso se llama el libro Señuelo 17. Pero ellos no sabían que yo tengo cámaras, en donde se ve a la señuelo viendo televisión, yendo al baño, comiendo, mientras yo estaba dormido. Había voluntad (de la chica), que prueba mi inocencia. Ella se enteró de que tenía las grabaciones y me llamó para reunirse conmigo. Le dije para reunirnos con mi abogado.

¿Cómo se dio el secuestro?

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Al salir de la oficina del abogado, en el centro, fui a la Gobernación para hablar con el gobernador Pedro Pablo Duart, porque quería saber qué medidas se podían tomar para proteger a mi familia y a mí, pero no estaba. Salí e iba caminando por la zona rosa, y un carro frena y en menos de cuatro segundos ‘para adentro’.

¿Qué banda criminal estaba detrás?

Llamó a un familiar, alguien que se identificó como el negociador de la banda, un señor de apellido Salcedo, que luego supe que defendió a Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, y a un exvicepresidente.

El sacerdote William González, de la iglesia La Redonda, de Urdesa, fue la primera persona que escuchó a Víctor Huerta tras su liberación. Foto: José Beltrán Foto: El Universo

¿Ellos sabían que usted tenía un seguro antisecuestro?

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Sí, por investigaciones posteriores nos enteramos de que había un listado de personas con seguro antisecuestro.

¿Cómo fue su cautiverio?

Según la Policía, estuve en Naranjal, en una hacienda, en una casita de cuatro por cuatro metros, con paredes negras, techo de zinc y un bombillo en el centro. Me tenían encapuchado, amarrado, en el piso de cemento. El olor a creolina era fuerte, y como sufro de rinitis no podía respirar bien. Era enero y se sentía un calor sofocante, como en un sauna. Me dejaron en calzoncillos. Yo lloraba (...), al segundo día empecé a hablar solo, a gritar que me maten, rezaba...

¿Qué fue lo más difícil?

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Al cuarto día entraron a un mendigo, me sacan la capucha y en menos de un minuto y medio, porque está grabado, lo machetearon... el brazo izquierdo, la rodilla derecha y la cabeza. La cabeza la pusieron en un palo, a mi lado, y por unas dos horas vi el rostro de sufrimiento con los ojos abiertos sobre un charco de sangre. Ellos grabaron eso en un video y se lo enviaron a mi papá y a los negociadores.

¿Cómo fue la negociación?

Era un millón (de dólares), porque era lo que la aseguradora (de Estados Unidos) podía pagar (...), el pago fue el quinto día, a las 13:00, en el río que divide el departamento de Nariño (Colombia) con Carchi. Un día antes, el negociador de la banda pidió los datos y ellos sabían que iba a ir un policía de civil para entregar el dinero en billetes de $ 20 en un bolso.

Luego de cobrar el dinero, ¿dónde fue liberado?

En (las calles) Víctor Emilio Estrada e Ilanes. Corrí, corrí como loco unas seis cuadras, porque tenía miedo que me vuelvan a coger. Corrí hasta llegar a la iglesia (de Urdesa) para esconderme. Era miércoles, estaba llena y vi la puerta más lejana (del confesionario) y me metí. Había un padre, William González, confesando. Me le lancé encima llorando, lo abracé y estuvimos como media hora abrazados. Él pensaba que quería suicidarme, pero yo le dije: ‘No, padre, lo que quiero es vivir’. (I)