Un despecho amoroso pareció ser el detonante de una de las mayores bombas armamentísticas de la historia. Esto sucedió un 3 de enero de 1961, la historia involcura a Jack Byrnes (22 años), Richard McKinley (26) y Seabee Richard Legg (26), los tres protagonistas de una historia de amor.

Hay que tener en cuenta que este desastre nuclear ocurrió con mucha anterioridad a otros mucho más conocidos, y no por ello quiere decir que fuera menos peligroso o insignificante. Lo más llamativo es que a día de hoy nadie sabe qué ocurrió con exactitud en aquella planta nuclear localizado en algún ignoro y solitario punto del desierto de Lost River, en Idaho, Estados Unidos.

Por el momento, la versión oficial apuntaba a que estos tres hombres, Byrnes, McKinley y Legg frecuentaban lugares poco recomendables hasta altas horas de la madrugada y durante sus ratos libres.

El conflicto se centraba entre Byrnes y Legg, siendo McKinley la persona que estaba en medio cuando ocurrió el desastre. Los dos hombres, tal y como explica ‘The New York Post’ , eran rivales que permanentemente se hacían la vida imposible, hasta el punto de que uno de ellos (Legg) le había comunicado a la esposa del otro (Byrnes) que este le había sido infiel con una prostituta. Aunque no fuera cierto, en la localidad eran conocidos por asistir a espectáculos de ‘strippers’.

Entonces, aquella tarde de enero, la esposa de Brynes telefoneó a su marido para pedirle el divorcio. En un arrebato, el operario levantó la barra de control del núcleo, la cual pesaba nada más ni nada menos que 38 kilos. McKinley fue el único testigo mudo de todo lo que ocurrió esa tarde invernal en el reactor.

El error del empleado inició una reacción de combustible de uranio que hizo que las temperaturas en el interior alcanzaran los 2.000 grados, rompiendo el tanque de agua del núcleo.

Los tres murieron en el acto por la explosión, a excepción de la esposa de McKinley (que curiosamente era la única cónyuge que no tenía nada que ver en la historia), a la que trasladaron en ambulancia. Los cuerpos de los hombres contenían tal índice de radioactividad que algunos de sus órganos tuvieron que ser enterrados con otros restos de la planta nuclear. El resto de su cuerpo se cedió a sus familiares en ataúdes de plomo y hormigón.

Sin embargo, diversos analistas de seguridad nuclear de Estados Unidos e investigadores de la Comisión de Energía Atómica sospechan de que esta fuera la historia verdadera, indicando que el propio reactor contaba con fallos en el diseño. “Todo fue una cortina de humo”, asegura Tami Thactcher, ex analista de seguridad del Laboratorio Nacional de Idaho (INL), al diario neoyorkino. “Nunca se reconoció que la varilla del reactor estuviera atascada y que los trabajadores intentaron sacarla. Hasta el día de hoy el INL ha mantenido la teoría de que fue un factor humano el que desencadenó la explosión”.

En realidad, toda la zona de Idaho cuenta con una gran historia nuclear a sus espaldas; no en vano la localidad más próxima a la planta se llama Atomic City que ostenta el récord de haber sido la primera ciudad iluminada por energía atómica durante una hora. (I)