Aunque son invisibles, los agujeros negros influyen de forma decisiva en la estructura del universo y hasta en la tecnología que usamos a diario. Ese fue el eje de la intervención de Priyamvada Natarajan, astrofísica teórica de la Universidad de Yale, durante una sesión del Foro Económico Mundial en Davos.
Natarajan explicó que los mismos principios físicos que describen a los agujeros negros también permiten que sistemas como el GPS funcionen con precisión. Esto se debe a la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, que explica cómo la gravedad altera el tiempo y el espacio.
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Sin esas correcciones relativistas, los relojes de los satélites se desfasarían rápidamente y la navegación moderna sería imposible.
Durante gran parte del siglo XX, los agujeros negros fueron vistos como simples soluciones matemáticas, sin pruebas observacionales claras. Ese panorama cambió en los años sesenta, cuando los astrónomos identificaron Cygnus X-1, el primer candidato sólido a agujero negro.
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Desde entonces, la evidencia se multiplicó y hoy se sabe que casi todas las grandes galaxias, incluida la Vía Láctea, albergan un agujero negro supermasivo en su centro.
Sin embargo, esta certeza abrió un nuevo enigma: las observaciones muestran que algunos de estos gigantes ya existían cuando el universo tenía apenas unos cientos de millones de años, demasiado pronto para los modelos tradicionales de crecimiento lento a partir de estrellas colapsadas.
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Para resolver ese problema, Natarajan y su equipo propusieron hace más de una década una alternativa: la formación de agujeros negros por colapso directo, a partir de enormes nubes de gas primitivo que, en condiciones especiales, no formaron estrellas sino que colapsaron de manera masiva.
Estos objetos habrían nacido ya con decenas o cientos de miles de veces la masa del Sol, permitiendo explicar cómo surgieron tan rápido los primeros monstruos cósmicos.
En los últimos años, observatorios como el telescopio espacial James Webb y Chandra han empezado a encontrar señales compatibles con esa idea. Casos como UHZ1, un agujero negro activo apenas 470 millones de años después del Big Bang, o la llamada Infinity Galaxy, donde un agujero negro parece flotar entre dos núcleos galácticos tras una colisión, refuerzan estas predicciones.
Más allá de los datos, Natarajan subrayó el impacto humano de estas investigaciones. Estudiar el universo profundo, dijo, obliga a reconocer los límites de nuestra escala y nuestra comprensión, y al mismo tiempo permite reconstruir una historia cósmica de la que la humanidad también forma parte. (I)