Donald Trump avanza por los pasillos de piedra blanca de Mar‑a‑Lago, saluda a su subsecretaria de prensa, Anna Kelly, hace algunas preguntas ligeras para romper el hielo y abre una lata de Diet Coke antes de empezar la reunión.

Los invitados a su lujosa residencia de Palm Beach conocen de cerca esas rutinas. Desde que Trump regresó a la Casa Blanca en enero del año pasado, muchos de ellos visitan con frecuencia el sur de Florida, al igual que funcionarios de alto nivel de su gobierno y distintos líderes mundiales.

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Tres días antes de su gran fiesta de Año Nuevo, Trump recibió en Mar-a-Lago al presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, en medio de una ronda de negociaciones con Rusia para poner fin a la guerra.

En la gala del 31 de diciembre, Trump saludó al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y a su esposa Sara en su club privado. Estaban en el salón de baile de paredes blancas y frisos dorados que lleva el nombre del presidente.

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Trump en el interior de su residencia de Mar-a-Lago. Getty Images

El pasado 3 de enero, desde una sala de crisis improvisada con cortinas negras en el interior de Mar-a-Lago, Trump supervisó el operativo de las fuerzas estadounidenses en Caracas que terminó con la captura de Nicolás Maduro, algo que volvería a hacer a finales de febrero durante el inicio del ataque de su país junto a Israel contra Irán.

Y no es solo que Trump haya convertido a Mar-a-Lago en la “Casa Blanca de invierno”.

Destacados miembros de su gabinete provienen o tienen fuertes vínculos con Florida, además de un tercio de los embajadores designados por el presidente.

Desde el secretario de Estado, Marco Rubio, hasta la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, pasando por la Fiscal General, Pam Bondi, o asesores como James Blair o el enviado especial, Steve Witkoff.

El presidente de EE.UU. en la sala de crisis de Mar-a-Lago durante el ataque a Irán. Reuters

“Gran parte de las voces que escucha Trump a la hora de tomar decisiones provienen de Florida y, en especial, de Miami”, le dice a BBC Mundo Claire Heddles, corresponsal de política del diario Miami Herald.

Con Trump, la “magnífica Florida”, como la definió el mandatario en el American Business Forum del pasado noviembre, ha dejado atrás el histórico lugar periférico que ha ocupado en la política nacional para convertirse en el nuevo centro del poder y la diplomacia estadounidenses.

Como muestra de eso, este sábado una decena de presidentes de países de América Latina se reunirán a pocos minutos del Aeropuerto Internacional de Miami, en el club de golf Trump National Doral, para participar en la cumbre Shield of the Americas [“Escudo de las Américas”].

El encuentro organizado por Trump, quien busca reforzar sus lazos con sus aliados regionales, tendrá lugar en uno de los tres clubes de golf de Trump en Florida, que será también la sede de la cumbre del G20 en diciembre.

Trump disfruta sus días jugando al golf en el sur de Florida. Getty Images

La Casa Blanca de invierno

La estrecha relación de Trump con Florida empezó hace más de cuatro décadas con Mar-a-Lago, ubicada en la exclusiva isla de Palm Beach, a una hora en auto de Miami.

“Florida ha sido siempre importante para Trump. Pero su atención estuvo puesta en un primer momento en Mar-a-Lago, residencia que desde su primera presidencia ha tratado como su Casa Blanca de invierno”, explica la periodista Claire Heddles.

Trump compró en 1985 la propiedad construida más de medio siglo antes por Marjorie Merriweather Post, una de las mujeres más ricas de Estados Unidos, y la transformó en un refugio para escapar de los duros inviernos de Nueva York.

A inicios de 1990, intentó dividir el enorme terreno en distintos lotes, pero debido a las restricciones de la escritura no pudo hacerlo, lo que le llevó a convertir la propiedad en un exclusivo club privado que funciona mediante membresía.

Esa fue la época en la que Trump, entonces un exitoso empresario de los bienes raíces, se codeaba con el fallecido delincuente sexual Jeffrey Epstein, quien era un visitante habitual de Mar-a-Lago y tenía un mansión en Palm Beach en la que cometió numerosos abusos.

Donald Trump hizo de Mar-a-Lago su residencia permanente en 2019. Reuters

Trump sostuvo en repetidas ocasiones que terminó su relación con Epstein a mediados de la década de los 2000 porque este le “robó” a empleados de Mar‑a‑Lago, entre ellos algunas de las jóvenes que trabajaban en el spa de su club privado.

Tras la compra de Mar-a-Lago, en 1999 la Organización Trump adquirió el Club Internacional de Golf Trump en West Palm Beach, a solo siete minutos en auto, convirtiéndolo en su primer campo de golf en Florida.

El abogado de Trump en Miami, Felix Lasarte, señala que en Nueva York es donde Trump lo “empezó todo”, pero Florida es el lugar que “eligió como su casa”.

“Mar-a-Lago es la otra Casa Blanca y el presidente la usa como una casa diplomática, a donde convoca a los jefes de Estado y reúne a los grandes recaudadores de fondos”, le comenta el abogado a BBC Mundo.

El presidente Trump y su esposa Melania Trump en última gala de Nochevieja. Getty Images

Además de recibir en Mar-a-Lago a miembros de su gabinete y a líderes mundiales, la residencia de Trump en Palm Beach se ha convertido en una vitrina para sus aliados.

La Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) o Latino Wall Street, esta última dirigida por Gabriela Berrospi, programan regularmente eventos en el club privado de Trump para acercar a sus invitados a la esfera del presidente.

Berrospi, quien organiza encuentros desde hace tres años en Mar-a-Lago, define el complejo como el lugar donde se toman las más “importantes decisiones que terminan por impactar en el mundo”.

“Aunque no veas a Trump, sientes su presencia. De cierta forma, vienes influenciado por el presidente. Por algo estás escogiendo la residencia de Trump”, dice la impulsora de la primera Gala de la Prosperidad Hispana en Mar-a-Lago.

Pero además, Mar-a-Lago le permite Trump conservar parte de la vida social que solía tener en la época en la que conducía su reality show en la televisión, antes de llegar a la Casa Blanca.

“Trump necesita estar rodeado de gente”, dicen los que conocen al presidente.

La Organización Trump, dirigida desde Palm Beach por Donald Jr. y Eric Trump, cuenta con al menos siete desarrollos inmobiliarios en Florida, según la información de su páagina web.

Además de Mar‑a‑Lago, el campo de golf de West Palm Beach y el de Jupiter, la compañía del presidente tiene en el sur del estado torres residenciales, en Sunny Isles y Hollywood, y un lugar que está adquiriendo un lugar protagónico en la segunda presidencia del mandatario, el club de golf Trump National Doral.

“La hermosa Miami”

Frente a una hilera de palmeras verdes, con un gorro de Make America Great Again y el rostro perlado por la humedad del verano en Miami, Donald Trump declaró públicamente su amor por el sur de Florida en julio de 2024.

“Me encanta Doral. Hola, Miami. Hola, Florida”, dijo el mandatario durante un evento de su última campaña presidencial desde un atril instalado en su club de golf Trump National Doral, que cuenta con más de 600 habitaciones, varios lagos artificiales y cuatro campos de golf.

Además de recibir este fin de semana a varios presidentes de América Latina, el club de Doral será la sede de la próxima cumbre del G20, que reunirá en diciembre a los líderes de las principales economías del mundo.

“El G20 se llevará a cabo en una de las mejores ciudades de nuestro país, la hermosa Miami, Florida”, anunció Trump en septiembre desde la Oficina Oval, junto con el entonces alcalde de Miami, Francis Suárez.

La alcaldesa de Doral, Christi Fraga, supo de la decisión unas semanas antes del anuncio oficial, cuando le informaron desde la Casa Blanca que su ciudad ganaría reconocimiento mundial al ser la sede del evento.

“Es un honor que Doral esté en el centro del escenario mundial con estas importantes conversaciones sobre temas globales”, le dice Fraga a BBC Mundo.

Trump con su hijo Eric en su club de golf de Doral. Getty Images

Las críticas

La realización de eventos del gobierno de Trump en espacios privados ha desatado numerosas críticas hacia el presidente.

Frank Mora, exembajador de Estados Unidos ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) y profesor en la Universidad Internacional de Florida (FIU), sostiene que se trata de una “preferencia personalista del presidente”.

“Lo que Trump hace es personalizar la política exterior, como hacen todos los populistas, a través de invitaciones de los jefes de Estado a su casa y sus clubes privados”, dice Mora, exdirector del Centro de América Latina y el Caribe de la Universidad Internacional de Florida.

“No creo que se trate de enviar un mensaje de que la Florida va a tener un rol importante en nuestra política hacia hacia América Latina”, sostiene Mora, quien pese a todo reconoce la influencia de Marco Rubio como secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional en la política exterior del presidente estadounidense.

Las reuniones de alto nivel diplomático en espacios privados no se reducen a Mar-a-Lago o Doral.

A fines del año pasado, el enviado especial del presidente para Medio Oriente, Steve Witkoff, y el marido de Ivanka Trump, Jared Kushner, realizaron encuentro con representantes de Ucrania en el Shell Bay.

Este exclusivo club de golf privado, situado a una hora en auto al sur de Mar-a-Lago, es propiedad de Witkoff. Allí se reunieron también con el primer ministro de Qatar, el jefe de inteligencia de Egipto y el canciller turco para hablar sobre la situación en Gaza

“Trump, en su rol de presidente, utiliza las relaciones internacionales para borrar esa línea tan importante que debería existir entre el interés público y los intereses personales del presidente”, dice Mora.

La biblioteca presidencia de Donald Trump se construirá en el centro de Miami. Getty Images

En ese sentido, el proyecto de construcción de la biblioteca presidencial de Donald Trump en Miami también ha desatado una gran polémica.

“Donald Trump está usando su biblioteca presidencial como una herramienta de soborno mientras aún está en el cargo”, dijo la senadora Elizabeth Warren sobre el proyecto que podría empezar a construirse en diciembre en el codiciado centro de Miami.

Tras una larga disputa legal, la fundación de la biblioteca Trump se convirtió recientemente en propietaria de un terreno adyacente a la icónica Torre de la Libertad donado por el Miami Dade College.

El abogado Lasarte, quien asesoró al presidente para lograr sacar adelante el proyecto, dice que esa práctica es habitual en Estados Unidos.

“La tierra donde se construyen las bibliotecas presidenciales, en su mayoría, son donadas por las universidades”, asegura Lasarte.

“En este caso, Trump adoptó el sur de Florida como su lugar de residencia y quiere que sea parte de su legado”, agrega el abogado sobre la elección de Miami como sede de la biblioteca presidencial.

Bajos impuestos e influencia

La exclusiva Indian Creek es el lugar elegido por los multimillonarios. Getty Images

Al igual que sucede en Palm Beach, los puentes que conectan las exclusivas islas de Miami en las que viven conocidos millonarios funcionan como un sistema de doble seguridad que garantiza la privacidad.

Eso es lo que sucede en Indian Creek Village, una pequeña isla frente a Miami Beach apodada el “búnker de los multimillonarios”, en la que vive Ivanka Trump con su marido, Jared Kushner.

A pesar de no ser mucho más grande que el Central Park de Nueva York, la isla cuenta con su propio alcalde, muelles privados y hasta su policía. Al lugar se ingresa a través de un discreto puente blanco custodiado por dos casetas de vigilancia.

En la lista de la treintena de propietarios, además de la hija del presidente, está el propietario de Amazon, Jeff Bezos; la exestrella de la NFL, Tom Brady; el DJ francés David Guetta y, desde hace poco, el fundador de Meta, Mark Zuckerberg.

“Es posible que muchos de los multimillonarios que llegan a Miami consideren lucrativo estar cerca de donde se mueven los asesores de Trump”, dice Heddles.

Trump parece ser un imán que atrae a los ricos y poderosos al sur de Florida. Getty Images

Los cofundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, aparecieron recientemente en los titulares de la prensa local tras haber comprado propiedades en Coconut Grove, en Miami, y Allison Island, esta última una isla residencial privada situada la bahía de Bizcaya.

Aunque la reciente llegada de los multimillonarios a Miami se ha vinculado con el debate en California de un polémico proyecto de ley que incluye un impuesto sobre el patrimonio para los ultrarricos, quienes siguen de cerca la historia creen que hay más que eso.

“No creo que sea descabellado pensar que la cercanía a la esfera del poder político en Miami también resulte atractiva para las empresas que tienen contratos federales”, señala Heddles.

El reciente anuncio de Palantir, la empresa de análisis de datos del controvertido Peter Thiel, de que planea mudar su sede de Denver, en Colorado, a Florida refuerza esta lectura.

Además de por sus excéntricas declaraciones sobre la abolición de la democracia, Thiel es conocido por su apoyo a Trump y a su vicepresidente, y por los multimillonarios contratos que su compañía ha suscrito con el gobierno federal.

Lejos de Washington y Nueva York, en la segunda presidencia de Trump el sur de Florida se ha convertido en un auténtico centro de poder, al que solo tiene acceso los que se ganan la confianza del presidente. (I)