El dolor es intenso y deja sin aliento. Recorre los brazos, llega a los hombros y a la boca del estómago hasta asentarse en el centro del pecho y traspasar a la espalda. Es como si un saco de cemento o la pata de un elefante apretujara el tórax, describe Jorge Franco, quien ha sufrido tres infartos al miocardio a partir de que en noviembre del 2011 sufrió el primero, cuando tenía 48 años de edad.

Desde entonces tiene secuelas permanentes. Al inicio creía que tenía gastritis porque también eructaba y no se atendió a tiempo. Cuenta que detenía el vehículo y lo estacionaba hasta esperar que el dolor pasara. Incluso se hizo una endoscopía y el resultado fue que el estómago estaba en buen estado. Antes había sido sometido a un electrocardiograma tras el cual, el médico le dijo que tenía un corazón de un niño de 8 años, es decir, un resultado erróneo.

“Nunca en mi vida había tenido un infarto, no sabía cómo era la reacción ni los síntomas. Me estaba haciendo tratar del estómago. La gastroenteróloga sí me decía que para ella era el corazón, pero no le hice caso, fue ignorancia mía; había sido que las arterias ya se iban averiando, eran preinfartos”.

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El libro Insuficiencia cardiaca, una pandemia silente, publicado este año y que tiene como autor principal al expresidente de la República Alfredo Palacio, analiza el aumento de las muertes por infartos en el periodo del 2012 al 2016 en el país, sobre todo en Guayas y Manabí.

Jorge está entre los que logran sobrevivir, pero su vida dio un vuelco total desde la noche del 1 de noviembre de 2011, en pleno feriado, cuando el dolor, que ya había sentido antes, se volvió más agudo e insoportable. Recuerda que no quería ir a un hospital público por lo que fue a una clínica privada del sur de Guayaquil.

“El doctor que estaba allí no me chequeó bien, me pusieron un suero de glucosa, me sentí mejor y me enviaron a la casa, pero en la madrugada regresó el dolor fuerte y ya no aguantaba, entonces me llevaron al hospital Universitario (en el noroeste de Guayaquil), en el que en ese entonces solo había practicantes y enfermeras”.

Por la mañana llegó una doctora, que envió a realizar unos exámenes de laboratorio, cuenta Jorge. Cuando vio los resultados, a la hora, ella pidió que lo sacaran de allí de urgencia porque tenía un infarto. “Allí me derivaron en la noche (del 2 de noviembre) a la clínica Guayaquil, la que tenía los equipos e insumos para atender mi caso. Pasé más de un día, tiempo durante el que me dio el segundo infarto, las arterias se iban reventando, vomitaba sangre, el dolor se mantuvo, un tiempo perdido que me dejó las secuelas”.

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Al llegar a la clínica lo sometieron a un cateterismo cardiaco, procedimiento en el que se guía un tubo fino y flexible (catéter) a través de un vaso sanguíneo hasta el corazón para tratar la obstrucción de las arterias. Su órgano apenas latía con el 0,1 % de funcionamiento, le dijeron.

Luego de un largo proceso de recuperación se sometió, a su propio riesgo en el 2019, a una cirugía de corazón abierto en la que le colocaron tres baipás coronarios, que consisten en tomar un vaso sanguíneo saludable de la pierna, del brazo o del pecho y conectarlo a las arterias obstruidas del corazón con el objetivo de que mejore el flujo sanguíneo hacia el músculo cardiaco.

La mortalidad por infarto al miocardio subió en el periodo del 2012 al 2016 en Ecuador, sobre todo en Guayas y Manabí, según investigación científica

El diagnóstico erróneo y tardío o la no atención inmediata del infarto al miocardio o de cualquier enfermedad isquémica del corazón deja secuelas permanentes, coinciden los cardiólogos entrevistados.

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La enfermedad isquémica del corazón es la principal causa de muerte en Ecuador cada año y se produce cuando las arterias que suministran sangre al músculo del corazón se obstruyen, de manera parcial o completa, por lo que no le llega el flujo sanguíneo necesario; su principal manifestación es el infarto al miocardio.

Incluso el número de fallecidos por esta causa fue mayor al total de muertes confirmadas por COVID-19 durante el 2020, el último año del que hay cifras oficiales ya contabilizadas.

A los que mueren por enfermedades isquémicas del corazón hay que sumar los casos de fallecidos por dolencias hipertensivas, también relacionadas con el flujo sanguíneo al corazón y que es la quinta causa principal de muerte del país.

Jorge no puede correr, subir escaleras sin agitarse, levantar peso ni trabajar ocho horas seguidas al día, lo que ha impactado en la economía de su hogar por más de una década, en la que sus dos hijas dejaron la escuela particular para ir a una fiscal y su esposa, Verónica Guamán, tomo la batuta como la principal proveedora.

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“Había pasado mucho tiempo y yo no puse atención. Cuando ya me chequearon bien en la clínica Guayaquil, mi corazón era de un hombre de 90 años, totalmente deteriorado, y ahora solo funciona un 45 %. Milagro de Dios que estoy vivo, pero quedé lisiado”, asegura Jorge, quien ahora tiene 59 años.

Infarto de miocardio, la principal causa de muerte en el Ecuador

El cardiólogo intervencionista y catedrático de la Universidad San Francisco de Quito Alberto Cárdenas explica que el infarto se da por la obstrucción de las arterias que irrigan el corazón, que recibe sangre de tres principales que se llaman coronarias. Esto genera el fenómeno llamado ateroesclerosis. “Con el paso de los años se empieza a acumular colesterol y el tamaño de la arteria va disminuyendo, entonces con el infarto se obstruye con un coágulo, se tapa y el tejido deja de recibir sangre”.

Hay varios factores de riesgo que aceleran este proceso, añade. Uno de ellos es la historia familiar, que se da en aquellos cuando sus familiares en primer grado tienen infartos siendo menores de 55 años los hombres y de 65 años las mujeres. El tabaco, la diabetes, la presión y el colesterol alto, el sedentarismo, la obesidad, todos estos son factores que predisponen a que se forme esta placa de ateroesclerosis en las arterias.

Ernesto Peñaherrera, jefe del Servicio de Cardiología del hospital Luis Vernaza, de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, afirma que la hipertensión arterial tiene una prevalencia del 35 % en Ecuador. “Casi el 60 % de la población ecuatoriana tiene los triglicéridos elevados y colesterol malo, abultado. El 70 % de los pacientes mayores de 70 años son hipertensos”, indica.

Los que mueren en general son los que no reciben atención médica inmediata o sufren de un infarto fulminante que afecta a gran parte de la irrigación de la sangre hacia el corazón. Es un tema de cuánto tejido se compromete. El hermano de Jorge murió de uno de ellos hace dos semanas cuando estaba de paseo en Playas Villamil. “No alcanzó ni a llegar al hospital”.

La dieta rica en carbohidratos y grasas provoca en parte la incidencia de diabetes e hipertensión arterial en el país. La alta prevalencia de estas enfermedades metabólicas trae consecuencias a largo plazo como los infartos.

“A lo largo de la historia la causa principal de muerte en Ecuador hasta antes de la pandemia (2019) ha sido la enfermedad cardiovascular, luego venía la diabetes, que se mueren también del corazón, y los de hipertensión, que habitualmente también fallecen de enfermedad cardiovascular. Lo único que le desplazó un poco fue el COVID-19 a partir del 2020, pero sin llegar al primer lugar”, indica Cárdenas.

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El fenómeno de ateroesclerosis se forma desde que las personas nacen. En general es silenciosa, ya que no presenta síntomas hasta los 35 o 40 años en adelante. “A partir de esa edad empieza a dar señales, pero es como tener un iceberg que flota en el océano. Uno se da cuenta cuando la parte superior del hielo rebasa la superficie del agua, pero ya debajo hay hielo, entonces si no hacemos una buena medicina preventiva lamentablemente encontramos al paciente cuando la enfermedad está establecida. Se puede paliar la consecuencia, pero no es lo ideal”, dice Cárdenas.

Hábitos de vida saludables son la mejor receta para prevenir un infarto al miocardio

Hacer ejercicio diario y una dieta baja en carbohidratos y grasas previene ante la incidencia de enfermedades metabólicas. Foto: Pixabay

Hay que educar a la ciudadanía sobre la importancia de hacer ejercicio físico con regularidad e ingerir una dieta con menos carbohidratos y grasas.

Otra medida de prevención es seguir el tratamiento adecuado cuando se es diagnosticado con hipertensión arterial o colesterol alto.

La comida favorita de Jorge era la fritada, la cola, el bolón y comer mucho arroz. Es lo que finalmente le pasó factura a temprana edad.

Sin embargo, por la alta incidencia, hay que mejorar además la atención médica de los infartos en la red pública y privada de salud.

“De los hospitales públicos que hay en Quito, dos de ellos que son de especialidades, el Andrade Marín del IESS (Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social) y el Eugenio Espejo deberían tener la capacidad de tratar infartos las 24 horas en los 365 días del año. Estos tienen el personal de salud y los equipos, pero no cuentan con los insumos, por lo que deben derivar a un proveedor externo, lo que toma tiempo, entonces el paciente fallece o se queda con una secuela grave en el corazón porque no recibió atención inmediata y adecuada”, indica Cárdenas.

Lo mismo ocurre en Guayaquil, agrega Peñaherrera, en hospitales públicos como Abel Gilbert Pontón en el sur de la ciudad o el del IESS de Los Ceibos. “La red pública y privada tiene que ser funcional”.

Lo primero, afirman los especialistas, es prevenir con estilos de vida más saludables y mejorar el acceso a tiempo de los pacientes a las terapias que se necesitan para tratar estas patologías.

Una opción sería establecer incentivos para que la ciudadanía tenga hábitos que conlleven a la reducción del peso. “Pero el resultado no es inmediato, es probable que en 20 años tengamos disminución de los eventos cardiovasculares”, dice Peñaherrera.

Sobre la atención, una frase muy trillada en medicina, indica Cárdenas, es que el tiempo es miocardio, que es el músculo del corazón, entonces mientras más tiempo pasa más se muere este.

“Si el canal de riego que lleva el agua a una parcela de maíz se tapa, las plantas se empiezan a marchitar, mientras más tiempo pasan sin agua más probable es que no retoñen y se pierda la cosecha. En el corazón pasa igual, no hay un tiempo determinado, lo ideal es que un paciente con dolor de pecho pues tenga acceso a un electrocardiograma óptimo para saber si está sufriendo un infarto y después, máximo en las dos primeras horas que se tiene el diagnóstico, se haga un cateterismo cardiaco y se destape la artería. Si no hay esa terapia, la segunda alternativa es la fibrinólisis, que es colocar un medicamento intravenoso que disuelve el coágulo que tapa la arteria, pero lamentablemente tampoco hay disponibilidad generalizada de este”, asegura el especialista.

A Quito llegan pacientes con 24 horas de evolución del infarto procedentes de Latacunga, Ambato o Riobamba. “Muchos de ellos sobreviven, pero se quedan con secuelas importantes de insuficiencia cardiaca, porque el músculo del corazón se daña”, menciona Cárdenas.

En Guayaquil, el hospital Luis Vernaza, la clínica Guayaquil y el complejo Interhospital están entre los que tienen los equipos e insumos para tratar los infartos y son calificados como prestadores externos de la red pública, dice Peñaherrera, por lo que lo hacen de forma gratuita para los pacientes.

La muerte por infarto llega al 10 % desde el momento cuando se presenta hasta el día 30. En ese abanico hay pacientes que toleran el periplo en ambulancia por la red hasta que llegan al hospital donde pueden recibir la atención adecuada, añade.

En Quito los hospitales Metropolitano, Vozandes, Axxis, Alianza, entre otros, tienen la capacidad de hacer angioplastia primaria, es decir, destapar la arteria con balones coronarios, stent (un tubo pequeño metálico), cateterismo cardiaco. “Seis privados como máximo, pero a un costo”, según Cárdenas.

El tratamiento de un infarto, solo el procedimiento, sin incluir terapia intensiva y la estancia hospitalaria, puede costar entre $ 6.000 y $ 12.000, según el lugar donde se vaya, agrega.

La Vicepresidencia de la República ejecuta la campaña “Actúa con velocidad”, con la que se busca combatir las muertes por infarto cerebrovascular. Esta incluye entrenar a los centros para que hagan la fibrinólisis. “Ojalá esto haga que esta alternativa esté más disponible, el medicamento es el mismo para el caso del infarto al corazón”, afirma Cárdenas.

“El 60 % de los pacientes que toman medicación por la hipertensión arterial que padecen (que es tomar fármacos de por vida) no tienen la presión controlada”, es decir, no toman la dosis adecuada o la pastilla precisa, afirma Peñaherrera.

Del total de hipertensos del país, solo el 50 % sabe que lo tiene. De ahí que se considere un enemigo silencioso porque no presenta síntomas y cuando lo hace son muy generales, como dolores de cabeza y fatiga, que son inespecíficos. Y de los que conocen, menos de la mitad recibe un control adecuado, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición. (I)