Eran las 19:30 del 17 de diciembre. Es la fecha que el guayaquileño Ernesto Jouvin Vernaza, un administrador de empresas, nunca olvidará.

En 1981, hace ya 41 años, fue secuestrado cuando salía de su oficina en el centro de Guayaquil y desde ese día no vio el amanecer ni el anochecer hasta después de cinco meses.

Un conductor que fue secuestrado en el sur de Guayaquil escapó de sus captores mientras dormían

Dios se convirtió en su refugio y con la lectura trataba, de alguna manera, de entretener su mente. Sin embargo, cada día era lleno de angustia que se expresaba en su rostro y en los latidos fuertes de su corazón.

Está agradecido de haber salido con vida. Ahora su historia está impresa en su libro 17D. Crónica de un secuestro, en el que relata aquel episodio hasta su liberación.

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¿Cómo fue ese 17 de diciembre de 1981?

Ocurrió un viernes cuando acababa el día. Iba al parqueadero en el centro. Me sacaron y me metieron a un carro. Fue a las 19:30, ya casi no había nadie.

¿Qué pasó por su mente en ese instante?

Sentí un miedo terrible, una pistola muy grande en la cabeza, parecía de esas pistolas que usaban los nazis y la tuve metida en la cabeza hasta que llegamos atrás de lo que ahora es Ciudad del Río. En ese entonces no había nada y me cambiaron de carro. Me llevaron de paseo hasta la madrugada.

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Tenía tapada la cara y me habían puesto una inyección (para dormir). No recuerdo más hasta que me bajaron del vehículo y sentí el frío de la Sierra y me metieron en un sótano. Creo que eran las afueras de Quito, pero no estoy seguro.

¿Cómo fueron esos primeros días?

Me tenían encerrado donde había un foco muy grande, a la derecha había un parlante con una música que sacaba de quicio a cualquiera. Y al otro lado un tubo donde entraba aire.

Me tocó hacer mis necesidades en un balde que no se llevaban hasta que estaba lleno. Y había una pequeña cama que estaba con bisagras desde la pared. Y ahí estuve encerrado dando vueltas como animal salvaje.

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¿Pudo identificar cuántas personas lo tuvieron secuestrado?

Venía un sujeto que me dijo que lo llamara “Serrano”, fue con el único que hablé. Nadie más hablaba, todos venían vestidos iguales. Estaban armados.

Me daban de comer pan con queso y un vaso de leche. Yo pensaba que era en la mañana porque identificaba por las horas de comer. Pero nunca vi si era el día o la noche. En el almuerzo era un pedacito de carne o pollo y una ensalada de tomate y cebolla.

Se me rompieron los cubiertos de plástico y tuve que comer con la mano. Y en la noche otro sánduche. Y me daban whisky, en vez de pastilla para dormir.

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¿Logró mantener alguna conversación, en esos cinco meses, con algunos secuestradores?

Había varios que entraban a la celda. El acento del tal “Serrano” no era de la Sierra sino intermedio como costeño. El tipo venía casi todos los días y las conversaciones derivaron en cosas normales que hacía en mi vida, a dónde me fui de viaje. Y yo le hablaba en inglés y me contestaba en español. Era un tipo que hablaba dos idiomas. Era culto, pero nunca vi ni siquiera el color de los ojos porque estaban todos tapados.

¿Y les preguntó por qué usted?

Sí les pregunté y me dijeron: “había 30 candidatos y de los 30 el más fácil fuiste tú”. Como quien dice me saqué el número de la lotería.

Al final me dieron un libro para leer. Me leí todas las obras de Mario Vargas Llosa, leí dos veces Cien años de soledad. Una serie de autores y leí bastante porque tengo la virtud, dependiendo de la circunstancia, de leer tanto. Leía libros escogidos de ellos, pero no periódicos.

¿En qué momento se comunicaron con su familia?

Desde el siguiente día enviaron una nota por debajo de la puerta del edificio donde vivía mi papá (centro de Guayaquil). Al día siguiente publicaron un aviso en el periódico.

Y ahí comenzó la negociación, me pedían escribir cartas y las corregían. A mi padre les llegaban cartas recortadas además de las exigencias del rescate. Yo escribí una sola carta donde puse una cifra y ya ellos (secuestradores) siguieron en la negociación.

¿Cuánto pedían?

A mí me dijeron que querían pedir 24 millones de dólares. Los secuestrados hablaron en dólares, no en sucres. Y les dije no tenemos ni vendiendo los calzoncillos. Sé que después pidieron $ 8 millones, pero de ahí lo que se negoció bajó muchísimo.

En esa situación, ¿qué fue su refugio?

He oído misa desde que tengo cinco años de edad, pero cuando me secuestraron he rezado como no tienes idea porque siempre buscamos alguien superior que nos ayude. Yo creo en Dios y pensaba en Dios.

Fueron cinco meses, ¿lo mantuvieron con la misma ropa?

Me hicieron sacar mi ropa, reloj y me dieron un pijama de color amarillo como de tela gruesa, y así estuve a mitad de tiempo, y luego me dieron otra pijama.

Cada día que pasaba aumentaba la desesperación.

Todos los días. Vivía estresado, desesperado, no sabía si negociaban. Y el Serrano (secuestrador) me decía que la familia no quería negociar, “quiere que lo matemos”, así me decía todo el tiempo. Y me querían convencer de que ellos eran los buenos y mi familia la mala.

Y el 13 de mayo de 1982, día de su liberación, ¿qué ocurrió?

Vino el secuestrador y me dijo “lo veo decaído”. Y “ya pagaron”. Y sentí un miedo terrible, se me aflojó el estómago porque dejé de tener valor. Ya más bien era un estorbo. Entonces, me dio mucho miedo y esta gente me inyectó y me iban a llevar de vuelta. Se estaba cumpliendo lo ofrecido y nos regresamos por una carretera muy antigua.

¿Recuerda un poco ese camino?

Veníamos bajando la cordillera y parece que patinó el carro y nos caímos a un barranco y dimos vueltas de campana. Yo iba amarrado y me he despertado por la cantidad de golpes que me daba al caer el carro.

Y paró y nos quedamos enroscados en un árbol. Y ellos salieron y me desperté y traté de moverme. Me solté y salí y me dijeron que me ponga la máscara o me pegaban un tiro. Y les dije que quería salir del carro porque podía explotar y no quería morir quemado.

Como estábamos en la pendiente me subieron un poco y me volvieron a amarrar y me colocaron unas ramas encima. Ellos se fueron y yo cuando sentí que no había nadie al lado mío me desamarré.

¿Qué hizo en ese momento?

Subí hasta la carretera y comencé a caminar hacia la izquierda donde estaba una bajada. Ya en la mañana me encontré con un señor que tenía unas vaquitas y me ayudó, me dejó en una intersección de la vía Quito - Santo Domingo. Cogí un bus con 100 sucres que me regalaron.

¿A dónde se dirigió?

Fui hasta Santo Domingo. Yo tenía largo el cabello, las uñas, tenía lodo, estaba sucio porque no me había bañado en cinco meses. Mi barba era larga. Y fui a la casa de un trabajador de la empresa y pensaba que era una persona que iba a molestarlo.

Él me llevó a su casa y me di un baño después de cinco meses con agua caliente y jabón. ¡Qué rico! Me dieron ropa porque la que tenía era la original (del día del secuestro) y ya se me caía porque bajé 40 libras. Después con el grupo de rescate fuimos en helicóptero hasta Guayaquil.

El reencuentro con su familia, sin duda fue un momento inolvidable.

Esas son experiencias inolvidables. Como digo en el libro han pasado más 40 años de aquello y recién ahora puedo conversar del tema. Yo no podía hablar del asunto, es traumático.

¿Cuándo decidió contar su historia en el libro?

Hace tres meses porque me convencieron mi nieta y su novio. Un día nos sentamos con el novio de ella y les conté y me dijeron que escriba un libro.

El libro fue cortesía de la Universidad Espíritu Santo. Se hicieron 500 unidades, de las cuales no queda ninguna. Estoy mandando a imprimir 200 libros más para familiares y amigos.

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Se los he dado a mis amigos de la época que aún viven o a nietos y han quedado impresionados.

¿Cuáles son las secuelas después de 41 años?

Un secuestro deja secuelas y consecuencias grandes. Como secuelas el permanente recuerdo de que yo todavía siento en la madrugada, cuando me levanto al baño, siento la sensación de estar encerrado. Eso será permanente hasta que me muera.

Como consecuencias como era el eje de la empresa, hubo un descalabro y se perdió el mando y hubo cosas desagradables que hicieron ciertos accionistas. Y terminamos el Grupo Jouvin, que era de siete empresas, y cada quien cogió lo suyo. Y cogimos humildemente nuestras compañías y fuimos por nuestro lado. (I)