Los humedales son esenciales para la vida: protegen contra inundaciones, sustentan a poblaciones de vida silvestre y representan un apoyo económico a las poblaciones humanas que los rodean.
Un humedal, según la definición de la Convención sobre los Humedales (llamada Ramsar debido a que fue suscrita en la ciudad iraní de Ramsar en 1991), es un cuerpo de agua superficial que puede ser estancada o corriente. Dentro de los estancados entran lagos y lagunas, mientras que los manglares entran en la segunda categoría.
Cada 2 de febrero se celebra el Día Mundial de los Humedales en el mismo día de la firma del convenio de Ramsar, con el objetivo de diseñar nuevas políticas a favor de la conservación de los humedales y recalcar su importancia. Ecuador es parte del convenio desde 1990.
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“He escuchado a mucha gente decir: ‘Oh, los humedales existen donde llueve bastante’ o que es donde hay humedad. Pero es importante destacar esto (...). Los humedales pueden ser de agua dulce, salada o salobre. Aquí en Ecuador tenemos toda la gama de humedales”, señala Natalia Molina, docente investigadora de la Universidad Espíritu Santo.
Ecuador tiene diecinueve sitios Ramsar, que cuentan con cierta protección y reconocimiento a nivel internacional. El más cercano al foco urbano de Guayaquil es la isla Santay, que tiene esta designación desde el 2000 por las características de su flora y fauna.
Otros ejemplos son las cerca de trescientas lagunas del parque nacional Cajas en Azuay, Abras de Mantequilla en Los Ríos, la zona marina del parque nacional Machalilla en Manabí y los humedales del sur de la isla Isabela, en Galápagos.
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En entrevista con EL UNIVERSO, Molina explica las amenazas que enfrentan los humedales ecuatorianos, además de las distintas categorías de protección con las que cuentan.
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¿Cómo se manejan estos humedales Ramsar?
Representa una protección a nivel mundial. Es una categoría que permite gestionar recursos a nivel internacional. Aquí es donde falta mucha gestión. La brecha entre la ciencia y las decisiones políticas es grande. En nuestro país hemos visto cómo se han afectado los humedales por decisiones políticas. Por ejemplo, el proyecto multipropósito del río Chone, que afectó totalmente el curso del agua de La Segua (sitio Ramsar). También Abras de Mantequilla fue afectado por una represa. Cerrar esta brecha entre el conocimiento científico y las decisiones políticas, que van mucho más rápido, acordes a las agendas de impacto por popularidad... Es difícil cerrarla. Es un desafío.
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Como le mencionaba, en Ecuador tenemos el liderazgo de haber logrado proteger a los manglares en la ley, pero falta gestión local. Le pongo de ejemplo a la isla Santay. Al principio era lindo; todos podían ir, pero nadie se dio cuenta de que el turismo masivo afectó gravemente (...). Incluso la planificación de los senderos se hizo al margen del conocimiento científico. Uno de ellos pasaba por uno de los lugares de anidación de las loras frentirroja (Amazona autumnalis), que es una especie en peligro. Entonces, hay esta brecha de gestión para la protección. Se conoce poco el potencial que tienen estos sitios.
¿Qué otras amenazas enfrentan los humedales?
Las principales son las decisiones políticas sin conocimiento. Yo recién llegué a vivir a Guayaquil cuando se construyó la vía Perimetral; y, si bien fue algo necesario para el desarrollo, también es la obra que terminó con el último remanente intacto de manglar que tenía Guayaquil: la isla Trinitaria.
Ahora también vemos un urbanismo que sigue creciendo sobre los manglares de la ciudad, que están dentro de áreas protegidas, pero en el momento de dar permiso para construir un conjunto inmobiliario, pues, no se lo considera. Creo que la principal amenaza es el crecimiento acelerado de las ciudades. Es una pena; lo podemos ver a nuestro alrededor. En Daule se siguen bajando los cerros todos los días para rellenar los humedales, que son los que nos salvaguardan de las inundaciones. ¿Qué va a pasar cuando nos terminemos de bajar todos los bosques, todas las montañas y hallamos rellenado todos los humedales? Pues hemos perdido la permeabilidad, la capacidad de almacenar agua. La plusvalía que estos desarrollos dan a los cantones no va a alcanzar para solucionar los problemas que enfrentaremos en pocos años. De hecho, los vivimos en cada época de lluvia.
Somos la cuarta ciudad más inundable del planeta. Si las inmobiliarias y los municipios tuvieran conciencia de esto, de lo que representan los humedales, serían los primeros en protegerlos y no convertirlos en zonas de desarrollo urbano. No estoy diciendo que la ciudad no debe crecer, pero debe hacerlo de una manera mucho más ordenada, más eficiente.
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¿Estas decisiones reflejan una desconexión cultural con nuestros humedales?
Sí. Por ejemplo, Guayaquil es una ciudad cangrejera. Unos investigadores que vinieron a hacer un muestreo de manglares en estos días me preguntaban por qué habían tantos restaurantes de cangrejo aquí; les dije que es parte de la cultura, porque Guayaquil se desarrolló sobre manglares. Tal vez no hay registros, pero antes la gente iba a recolectar los cangrejos; era parte de una actividad familiar, recreacional. Por eso, hasta ahora las reuniones que se hacen en casa, las cangrejadas, son parte de nuestra cultura. Ahora quedan los restaurantes. La gente hace fila para comer antes de que empiece la veda.
Sin embargo, no hay ese vínculo con el manglar. Incluso mucha gente no sabe qué comen los cangrejos, que comen hojas de manglar. Ni siquiera saben que vienen del manglar; muchos piensan que son de altamar. Entonces, hay esa ruptura con el entorno. Obviamente, Guayaquil ha olvidado sus manglares; ha intentado incluso taparlos con palmeras. Lo vemos en Urdesa y otras urbanizaciones. Para que haya áreas verdes debe haber palmeras, no manglares. Entonces, hemos perdido ese vínculo con el entorno. (I)
















