Damián de la Torre vivió “toda su vida” en casas. Desde pequeño su familia habitó en este tipo de edificaciones. Sin embargo, hace dos años, él y su hermano decidieron vivir en un edificio de departamentos en el sector de El Batán, norte de Quito. Los altos precios de las viviendas y la ubicación lejana de las mismas lo impulsaron a ver ofertas verticales en la capital.

Indica que en los 24 meses que lleva viviendo en el departamento ha generado “más comunidad” que cuando vivía en una casa: “Con ciertas normativas que se establecen uno aprende a convivir con los vecinos, hablar con ellos, al menos con los que vives en tu mismo piso. Si bien en un barrio hablas con tus vecinos por el respeto de ciertas ordenanzas, cada vez se va perdiendo eso, en un edificio toca de ley hablar, aunque estemos separados por departamentos”.

Indica que dentro del código de conducta que debe cumplir en su edificio está que las fiestas no pueden pasar de las 02:00, el uso de lavadoras y secadoras, que tienden a hacer ruido, se permite solo hasta las 20:00. También se debe de turnar con sus vecinos de piso para regar las plantas que están en las áreas comunes.

Uno de los aspectos que destaca de su edificio es que tiene zonas de jardín y parrilla: “Hay edificios que tienen cine en casa, piscina, gimnasio. Pagas alícuotas por estos servicios y es un ahorro”.

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Afirma que él paga $ 75 mensuales en alícuotas, que incluye, aparte del mantenimiento, el agua y el gas por tubería. “Lo que también es chévere es que hay parques y haces comunidad con la gente de los otros edificios”.

En tanto, Martha Romero decidió comprar un departamento en un edificio, dentro de las urbanizaciones privadas que hay en la vía a la costa, en Guayaquil, hace cinco años. Afirma que tomó esta decisión porque no quería un espacio tan grande para vivir. Junto a su novio trabajan y “no tienen tiempo” para estar “arreglando y limpiando” una casa.

Además, afirma, viaja mucho fuera del país, por lo que la seguridad que le brinda un departamento es “perfecta” para ella. Paga $ 120 en alícuotas. Su edificio tiene gimnasio, piscina, parqueo y un área social para fiestas.

El área comunal debe ocuparse en ciertas horas y debes reservar para un día y hora específicos. Hay áreas verdes y tenemos balcón. Hasta ahora me va bien. Conozco a los vecinos de mi piso, no es que seamos amigos, pero me llevo bien con ellos”, dice.

Ella tiene 35 años y Damián 37. Los dos son parte de las nuevas generaciones que han desarrollado un gusto por las edificaciones verticales, dice Henry Yandún, vocero del colectivo Constructores Positivos.

Los jóvenes gustan por departamentos, espacios pequeños, pero con grandes áreas sociales, piscina lo que se llama amenities (espacios de uso común como piscinas, salones de usos múltiples, gimnasios, parrillas, spa, saunas, salas de juegos, salas de cine, entre otras). Ahora, por lo regular, en una pareja de jóvenes los dos trabajan y ya no tienen tiempo de estar limpiando grandes espacios como los tiene una vivienda”, explica.

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Es por eso que le parece fundamental que los municipios de Ecuador empiecen a apostar por proyectos verticales. De hecho, este tipo de iniciativas generan ahorro a los gobiernos locales, dice el experto. “El crecimiento horizontal es más costoso porque hay que dotar de agua potable, alcantarillado en zonas más extensas. Con los edificios concentras los recursos”.

Aunque actualmente todavía el ecuatoriano le apuesta en mayor porcentaje a casas, Yandún señala que esto cambiará a corto plazo: “Ya los jóvenes no quieren grandes salas para fiestas, quieren áreas sociales compartidas. Tampoco quieren cuartos de entretenimiento, ahora ni televisor les gusta tener, ya que todo lo ven en una computadora o un celular. Antes solo uno de los miembros de la pareja trabajaba y el otro se quedaba en la casa y la mantenía, eso ya pasa cada vez menos. Entonces, los municipios se deben ir adaptando”.

Además, asegura que el crecimiento vertical de las ciudades es apoyado e impulsado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya que esto forma parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

En sectores como Puerto Santa Ana, en Guayaquil, se ha impulsado la construcción de edificios. Foto: José Beltrán

En el informe Ciudades del Mundo 2020 de ONU-Hábitat se indica que la contracción de la economía mundial generada por la pandemia implica que habrá menos fondos disponibles para proyectos de desarrollo urbano que tengan que ver con agua, saneamiento, sistemas de transporte público, vivienda adecuada y asequible por lo que es “fundamental” canalizar bien los recursos disponibles.

Todo esto en un contexto donde se estima que el 70 % de las personas vivirán en centros urbanos para el 2050. Además, el informe enfatiza el papel de la Nueva Agenda Urbana, el plan de 20 años de la ONU para la urbanización sostenible, como una hoja de ruta para lograr el desarrollo sostenible y combatir el cambio climático.

Un estudio del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) afirma que en ciudades como Guayaquil la expansión urbana horizontal provoca problemas mucho más graves como la deforestación y que esto contribuye a exacerbar los impactos previstos del cambio climático como las inundaciones, escorrentía, riesgo de erosión y deslizamiento de tierras.

“El crecimiento formal e informal en Guayaquil es eminentemente horizontal con edificios bajos de pocos pisos, cuya expansión se hace en detrimento del espacio que lo rodea, lo que encarece la urbanización y dificulta el acceso a vivienda de bajo costo para las poblaciones con menos recursos”, dice la investigación.

Desconfianza por sismos

Según Yandún, hay ecuatorianos que todavía desconfían de vivir en edificios por el tema de los sismos. En especial, por los cuadros críticos que dejó el terremoto de Manabí en 2016.

Sin embargo, afirma que no se debe desconfiar de la construcción formal de las soluciones habitacionales verticales: “Lo de Manabí fue porque hubo mucha construcción informal de edificios o de casas que se volvieron edificios. La construcción formal se rige por una normativa basada en parámetros internacionales y que obliga a usar materiales sismorresistentes”.

La convivencia social no siempre es óptima

Carlos Chávez, de 33 años, vive en uno de los bloques multifamiliares construidos en el sector de La Pradera 2, en el sur de Guayaquil. Comenta que su experiencia no es positiva y que “apenas tenga la oportunidad de cambiarse” lo hará.

Afirma que constantemente tiene discusiones con sus vecinos debido a la limpieza de áreas comunes como las escaleras o el cuidado de mascotas: “Aquí no pagamos alícuotas y, en teoría, debemos turnarnos para limpiar, pero hay familias que no lo hacen y allí empiezan los problemas. Tampoco tienen el cuidado respectivo con sus mascotas”.

Para Yandún, este tipo de problemas no solo se ajusta a los edificios, ya que también pasan en ciudadelas de viviendas y hasta barrios: “Nunca falta el vecino que no paga o es descuidado, pero eso pasa en todas partes a menos que se tenga una casa en un terreno grande y que no haya casas alrededor, pero esto ya muy poco se ve”. (I)