El domingo 15 de febrero, mi alarma sonó a las 06:00. Me alisté con mi ropa deportiva, un calentador plomo, blusa celeste con rayas blancas, zapatos negros y un moño para recogerme el cabello.
Guardé mi celular y el micrófono en un canguro, preparé una toallita morada para el sudor y, debido a la fuerte lluvia que caía sobre Guayaquil, decidí llevar una funda protectora.
A las 08:10 llegué a los exteriores del Municipio, el punto de encuentro de la iniciativa Sopla Running, donde la lluvia ya empezaba a ceder.
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Aunque al inicio éramos apenas unas 20 personas, pronto la marea de gente creció hasta superar las 200, incluyendo desde niños hasta adultos mayores de 50 años que llegaban solos o en familia.
A las 08:20, los organizadores llegaron con pacas de agua y, diez minutos después, sus voces retumbaron por los parlantes agradeciendo nuestra presencia. Los asistentes gritaban: “¡Vamos!”, “¡Hay que correr!”, “¡Que viva el carnaval!”.
Empezamos con un calentamiento de sentadillas, trote y estiramientos que nos mantuvo activos hasta casi las 09:00. En uno de estos ejercicios casi me caigo porque no estiré correctamente.
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Sin embargo, el ambiente era de pura fiesta: como eran los días de Carnaval, había música en la zona y muchos habían llevado espuma (cariocas) para jugar, contagiando una alegría que hacía olvidar el cansancio antes de empezar.
Kilómetros de aliento
Nos acomodamos en la intersección de Malecón y Clemente Ballén para dar inicio a la carrera de 5 kilómetros. Mientras todos corrían con una energía vibrante, yo intentaba cumplir con mi labor periodística: trotaba al ritmo de los demás, pero hacía paradas constantes para grabar y tomar fotografías.
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El circuito avanzaba por toda la calle Malecón hasta Loja, donde está una de las estaciones de la Aerovía. Allí giraron a la izquierda para avanzar una cuadra y virar en la calle Panamá.
Debo confesar que no estoy acostumbrada a correr y la calzada mojada me obligaba a avanzar con mucho cuidado; de hecho, me desvié un poco antes de llegar a la calle Loja para poder grabar a quienes iban al frente de la carrera.
En Imbabura y Panamá decidí continuar corriendo y el cansancio empezó a sentirse, pero recibí una inyección de ánimo inesperada. Una señora desde la acera nos gritaba con todo el pulmón: “¡Mi amor, denle. Ustedes pueden. Sigan corriendo!”, un gesto que me hizo saludarla con la mano y sonreír en medio del esfuerzo.
Más adelante, ya a tres cuadras del Municipio, paré para fotografiar y continué corriendo; pero, cuando pensé que había terminado, me llevé la sorpresa de que los 5 kilómetros consistían en dos vueltas al circuito.
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Mi resistencia no dio para más y, al igual que otros primerizos que optaron por atajos o tramos de caminata, completé solo la mitad del trayecto con la satisfacción de haberlo intentado.
Mientras recuperaba el aliento, conversé con otros deportistas: los experimentados hablaban de lo sencillo que les resultó porque están acostumbrados a distancias de 10 kilómetros, mientras que los nuevos, como yo, compartíamos la alegría de simplemente haber vivido el momento. Al finalizar, se repartió agua, muy necesaria, con el compromiso de recolectarla para no ensuciar la ciudad.
Bailoterapia, el cierre perfecto
La jornada no terminó con la carrera. La música que se escuchaba de un parlante fue el llamado perfecto para mover el cuerpo.
Bailamos canciones tradicionales, como el Juyayay, y otras eran brasileñas, como Dança da mãozinha o Onda onda. Y no podía faltar la Macarena.
Era un momento en el que no importaba si te equivocabas en los pasos, nadie criticaba a nadie y todo era armonía.
Las espumas de carnaval volvieron a salir y niños y adultos festejamos entre risas y danza bajo el cielo guayaquileño. De hecho, un vendedor ambulante aprovechó la algarabía y, mientras vendía (“Lleve su carioca”), era sorprendido con espuma. Él también lo disfrutó al máximo.
Cerca de las 10:00 nos reunimos para una gran selfi grupal y cerramos el evento con un vibrante “¡Viva Guayaquil!”.
Me quedé un momento más para ayudar a recoger los últimos desperdicios y dar unos pasos más de baile, porque habían puesto salsa y, aunque éramos pocos, la alegría continuaba.
Definitivamente es un espacio para liberar el estrés. Lo recomiendo totalmente para cuidar la salud y el espíritu. Yo ya me estoy preparando para la próxima cita en el parque Lineal de Kennedy norte.
¿Qué es Sopla Running?
La iniciativa nació hace dos años como un pequeño grupo de amigos liderado por Jonathan Morán con el simple objetivo de correr, cuenta Allan Camacho, uno de los organizadores.
Con el tiempo se transformó en un club deportivo, el cual se fue consolidando por su viralidad en redes sociales, logrando convocar hasta a 300 personas en sus jornadas cada domingo.
El club busca fomentar el deporte sin exigir experiencia previa, brindando un espacio motivacional para quienes desean iniciarse en el running, el maratón o el triatlón.
Las carreras se han desarrollado en diversos puntos de Guayaquil, como Ceibos, Kennedy, Urdesa, la Espol, Puerto Santa Ana y la ruta Centro. Esta última aprovecha el cierre de calles que realiza el Municipio los domingos para trazar un recorrido de 5 kilómetros que comienza en la Alcaldía, avanza hasta la calle Loja y retorna por la calle Panamá en dos vueltas.
La dinámica empieza temprano: los participantes se agrupan a las 08:20, realizan un calentamiento conjunto a las 08:30 y arrancan la carrera a las 08:45. A pesar de su masiva concurrencia, Camacho dice que no cuentan con apoyo directo de autoridades, como la ATM o la Policía Nacional.
La seguridad es gestionada por los propios integrantes, quienes delegan líderes para guiar el frente, el medio y el final del grupo, asegurando que nadie corra solo y que exista un control interno durante el trayecto.
Los líderes de Sopla Running esperan convertir esta iniciativa en una escuela de formación para maratones y triatlones y también anhelan organizar una carrera de gran escala en la ciudad. (I)
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