En Quito, antes de cada salida, el capitán Gabriel Bautista repite el mismo ritual. Abraza a sus dos hijos y se despide sin prisa. “Uno sale de la casa amando a su familia. Salgo a trabajar como si fuera el último día”, dice, y no dramatiza, no exagera. Es una certeza que lo acompaña cada vez que recibe una alerta de bomba. Quién sabe si volverá.