En un sector de Ibarra donde en las noches de antaño solían deambular almas trasladando féretros y en el que se conoce que un indígena se lanzó al río Tahuando huyendo de esos espíritus, no sin antes dejar una huella de alpargata impregnada en una roca, ahí se levanta el restaurante Alpargate de los Tejares.

Se trata de uno de los lugares gastronómicos más antiguos del norte del callejón interandino, cuyo origen data de 1914 cuando papá Rafico López y su esposa, Isabel, empezaron a cocinar con los mismos ingredientes que les daban sus huertos en esta zona que hoy se conoce como El Tejar, en la vía a Santa Rosa, a 10 minutos del centro de Ibarra, tomando la ruta al suroriente de la ciudad.

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Wilson López, nieto de Rafico, tiene muy clara la historia del negocio del que ahora es el heredero en su tercera generación. A pocos metros de donde está actualmente el restaurante fue donde sus abuelos iniciaron esta tradición.

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Una crecida de río lamentablemente se llevó parte de la humilde casa, pero no sus secretos culinarios que se siguen cociendo en cada olla de la familia.

"Para nosotros, más que un trabajo económico es un amor a lo que hacemos. Este crecimiento se ha dado de a poco", dice Wilson López sobre su negocio.

Muy cerca del restaurante, dice Wilson, está un mural que hizo el Municipio de Ibarra que reseña precisamente la tétrica historia con la que se inicia este artículo que se denomina la caja ronca.

La leyenda dice que quienes deambulaban por las noches y veían el cortejo fúnebre, se desmayaban y al despertarse ya formaban parte del mismo. Otros, en cambio, dicen que simplemente perdían el conocimiento o echaban a correr.

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Platillo de 12 ingredientes

Acompañado de su esposa, Flor Aguirre, Wilson ahora lleva las riendas del negocio que se caracteriza porque preparan un solo plato: el alpargate de los tejares. Sí, el nombre obedece a una de las tantas historias con las que ha convivido la familia López desde hace más de un siglo.

Este plato consta de una entrada de chochos, tostado, habas y mellocos, un plato fuerte de mote cocinado en leña, papas con mapahuira (la manteca que queda al retirar los chicharrones del sartén), chorizo artesanal secado en leña, carne colorada jugosa, ensalada, queso amasado, aguacate, empanada de maqueño y postre helado de paila.

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El costo del plato es de $ 11. “Todo el mundo se admira porque dicen que a los turistas de Quito les resulta mejor venir a pasear y comer con toda la familia. Por ese costo está incluido todo lo que le detallamos. Y si hay grupos grandes hasta les damos un vaso de chicha”, detalla.

Wilson y su esposa son especialistas en este plato, porque son más de doce productos cuidadosamente seleccionados.

“El chorizo lo hacemos nosotros y el mote que tenemos es de color amarillo. De bebida ofrecemos limonada o chicha de arroz. Todo es comida artesanal”, recuerda el propietario, quien detalla que a la semana preparan unas 50 libras de carne de chancho (solo para hacer el chorizo) y otras 50 libras de lomo fino para la carne colorada.

Los inicios, como todo negocio, fueron complicados. “Fue un emprendimiento en el que empezamos de cero. Hace 25 años cuando abrimos el restaurante no teníamos ni agua ni luz estables. Había que apagar unas cosas para encender otras y mucha gente nos echaba al fallo porque prácticamente el local estaba fuera de la ciudad (a la salida de la urbe)”, recuerda Wilson, quien reseña orgulloso el legado.

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El actual sitio donde reciben a decenas de comensales, y en el que en un buen fin de semana preparan entre 80 y 100 platos, no es nada más y nada menos que una herencia del suegro de Wilson.


Wilson López es el heredero del negocio en su tercera generación. Foto: El Universo

“Costó mucho traer a la gente porque el camino para llegar acá era de segundo orden, pero hoy ya está asfaltado y hay servicios básicos”, refiere.

En el restaurante no cuentan con un chef ni cocineros extras porque ellos mismos lo son. Ahora está entre sus planes construir un par de cabañas para que las familias puedan hospedarse.

Eventos, nueva tradición

El restaurante cuenta con dos salones, uno con capacidad para 160 personas y el otro solo para 60, dos parqueaderos para unos 80 vehículos y un área verde grande para colocar carpas en donde caben 300 personas.

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“Tenemos una vista espectacular a la ciudad de Ibarra porque estamos ubicados en la parte alta. En la construcción del local se agregó madera con teja para darle un ambiente de antaño”, comenta Wilson.

Están ubicados en El Tejar, en la vía a Santa Rosa, a 10 minutos del centro de Ibarra, tomando la ruta al suoriente de la ciudad.

En este sitio, cada Día de la Madre se presentan artistas nacionales de renombre en la música popular.

Horarios de atención

Wilson y su esposa Flor viven en el mismo predio del restaurante, por ello atienden todos los días desde las 11:00 hasta las 17:00.

Están ubicados en El Tejar, en la vía a Santa Rosa, a 10 minutos del centro de Ibarra, tomando la ruta al suroriente de la ciudad. (I)