“Mi hijo ya estuviera grande. Tal vez sería surfista como yo, estaríamos surfeando juntos, ¿sabes?”, dice Brayan Molina, sobreviviente del terremoto en Pedernales, y hace una pausa, agacha la cabeza, aprieta las manos y suspira; todo al mismo tiempo.
Luego sigue: “A veces me pongo a pensar en eso. Pienso también en mi hermana, ella tenía 13 años, creo. Cuando fue el terremoto tenía esa edad. También estaría grande”.
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Aquí, ahora, en Pedernales: sol intenso, aire salado, el mar de frente, recuerdos del terremoto de hace diez años. Aquí, en ciertas calles, el tiempo parece haberse detenido. Aún hay edificios en esqueleto, paredes de plástico, sobrevivientes, historias, muchas historias. Brayan tiene la suya.
Empieza diciendo que hay una fecha que siempre estará en su memoria: 16 de abril de 2016, 18:45. Ese día ocurrió el terremoto de 7,8 grados en Manabí, con epicentro en Pedernales, y Brayan, entonces de 19 años, perdió a su esposa, su hijo de un año y dos meses, su abuela y tres tíos. Siete familiares en total.
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“A veces pienso qué habría pasado si hubiera estado allí donde murieron. Mi esposa y mi hijo estaban en la playa y yo fui dos veces a buscarlos al hotel, pero no habían regresado. Dos veces fui. Tenía 20 minutos de haber salido de allí cuando todo se vino abajo”, señala.
Rescatar, llorar, sobrevivir
Desde una torre salvavidas, frente a la playa de Pedernales, Brayan Molina cuenta que rescató a su gente, lloró a sus muertos, los sufrió, los sepultó y se llenó de fuerzas para ayudar a los demás. Todo en un fin de semana: sábado 16 y domingo 17 de abril de 2016.
Brayan tiene 29 años. Es delgado, moreno, de ojos verdes. Lleva bloqueador solar y unas gafas en la cabeza. Es surfista, rescatista, deportista. En estos diez años ha dedicado su vida al mar, pero los recuerdos están allí, dice. Son como las olas: van y vienen, y a veces lo envuelven.
Todo se dio así. La familia de Brayan vivía en el hotel Pedernales, una estructura compartida entre habitaciones para huéspedes y apartamentos familiares.
Cuando ocurrió el terremoto, él estaba en el parque, reunido con unos amigos, a dos cuadras del lugar.
Todo fue rápido: primero un bramido que salió de la tierra, luego el suelo que parecía romperse. Casas cayendo, polvo, gritos, muerte. 183 fallecidos en total solo en Pedernales.
Brayan corrió enseguida hacia el hotel, pero no lo encontró. Miró a su alrededor y todo era destrucción: losas en medio de la calle, carros aplastados y una nube inmensa de polvo que impedía ver.
“Como todo estaba caído, no me había dado cuenta de qué le había pasado el hotel, pero apenas lo identifiqué escuché los gritos de un primo que estaba atrapado, y lo saqué”, señala.
Hasta allí no sabía si su esposa y su hijo habían regresado de la playa.
Buscar entre los escombros
Corrió donde su madre, quien tenía un gabinete cerca de allí, y la encontró sepultada bajo los escombros, pidiendo ayuda. Brayan movió pedazos de techo, madera y ladrillos y la sacó.
Regresaron juntos al hotel y empezaron a buscar a sus familiares. Era una lucha ardua, pura desesperación. De pronto se vio frente a una montaña de hierros torcidos y placas de cemento interminables, imposibles de mover.
Toda la noche estuvo buscándolos. En la madrugada se sumaron más personas, luego llegaron los socorristas y, al siguiente día, domingo en la mañana, fueron encontrándolos uno a uno. En total, doce muertos: siete familiares suyos y cinco huéspedes.
“Lloré bastante y me sentía muy mal en ese momento, pero a la vez me sentía muy fuerte porque vi gente golpeada, con cortes, que necesitaban ayuda. Sentí que debía ayudar”, expresa.
Los socorristas retiraron los cuerpos. Todos fueron velados en un mismo lugar durante pocas horas. Ese mismo domingo 17 de abril, los sepultaron.
Brayan cuenta que tomaron esa decisión porque la ciudad estaba colapsada. Ya había en el ambiente un olor a muertos y todos los cuerpos estaban siendo llevados al estadio.
Luego del sepelio, él y un grupo de amigos ayudaron a rescatar personas. Llevaban agua y comida, removían escombros e incluso manejaron vehículos recolectores de basura ante la falta de choferes.
“Ayudaba al que lo necesitaba, porque había niños y niñas que pedían ayuda en ese momento. Eran cosas que tenía que hacer”, dice.
Diez años después
Este jueves se cumplen diez años de esa tragedia. Ahora, Brayan asegura que se siente tranquilo. Sigue dedicado al surf y trabaja en la playa como salvavidas.
“La verdad es que me he venido superando. A mis familiares los llevo en mente, pero hay que ser fuerte y seguir adelante, porque si hemos quedado aquí es por algún propósito”, indica, sereno, con la voz baja y pausada.
—¿Qué ha sido de tu vida en estos diez años?
“Estoy soltero, no me he vuelto a casar”, contesta.
—¿Y tu esposa y tu hijo cómo se llamaban?
“Ella era Juanita Panezo y él se llamaba Rayan, como Brayan, pero sin la B. ¿Ya te dije que ahora tendría 11 años y estuviera grande, verdad? Seguramente sería surfista como yo. Eso creo que también te lo dije”, responde.
—Sí, claro que sí —le digo. Y pienso en esa “B” que los diferencia. Una letra que separa la vida de la memoria. (I)