Son las cuatro de la tarde del jueves 19 de julio y en la terminal terrestre de Carcelén, en el norte de Quito, el murmullo y los gritos de los venezolanos se confunden con el ruido de los frenos de los buses que llegan desde Tulcán e Ibarra con más de sus compatriotas.

Junto a la entrada principal del estacionamiento, unos 300 llaneros recién llegados, casi todos sin dinero, ropa ni pertenencias básicas, permanecen a la espera de alguna chaucha, o un trabajo temporal.

La mayoría busca conseguir recursos para llegar a Perú.

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No solo hay adultos, también se observa a jóvenes, que bajo un sol intenso, esperan sentados sobre sus maletas alguna oportunidad o la colaboración de quienes pasan por el lugar.

Mientras imaginan diferentes formas para sobrevivir, los niños juegan con las botellas desechables vacías e inventan un mundo diferente al que los rodea.

Jéssica Godoy, de 35 años, tiene el pelo pintado de rubio y apenas se le nota el maquillaje sobre el rostro afectado por el sol. Viste una licra negra con líneas blancas y un saco de color rosado. Con la mirada triste, confiesa que no sabe a dónde ir. Cuenta que en Venezuela, en el estado de Trujillo, trabajó como mesera en un restaurante, pero el negocio cerró, según ella, por la escasez de alimentos.

Su paga no llegaba ni a la mitad del sueldo básico y eso no le alcanzaba para mantener sus seis hijos, a los que dejó con su madre. En enero pasado partió con su esposo hacia Santander (Colombia). Allí trabajaron dos meses vendiendo fundas de basura y caramelos, para luego emprender hacia Ecuador.

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El 19 de marzo llegaron al puente Rumichaca, frontera con Colombia. Ahora que la mujer está en Carcelén, su anhelo es hallar un trabajo para dejar de dormir en el piso.

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Raquel Escalona, de 37 años, dejó a sus cinco hijos en San Vicente de Apure. Tardó 16 días para llegar a Ecuador. En el trayecto hizo amigos, con los que ha llorado y ha reído, dice.

Pero cuando recuerda que le robaron la ropa y la comida se le quiebra la voz. “En Colombia nos quitaron todo, menos nuestro sueño de llegar al Perú; allá hay trabajo y nos están esperando”.

Agradece a los ecuatorianos por el trato solidario, la comida y la ropa. “Desde que llegamos hemos comido más que cuando vivíamos en Venezuela; además, me han dado tanta ropa que tuve para regalar a mis compatriotas que recién llegaban”, menciona.

Incluso, compara lo recibido en la terminal de Carcelén frente a lo que tenía en su país. “Hoy me dio mucha tristeza al ver tanta comida y pensar que mi familia en Venezuela no tiene qué comer”, compara.

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Mientras cae la tarde, en un rincón del parqueadero descansan Alexander Figuera y su esposa, Franyeli León, ambos de 19 años. Él dice que decidió salir para ayudar a su madre que sufre de lupus, puesto que en su país no hay suficientes medicamentos.

“Por más trabajo que consigas en Venezuela, no se puede vivir con un salario tan bajo... Yo quiero seguir estudiando, pero primero tengo que conseguir un trabajo”, remarca.

Ya de noche, los colchones donados –que en el día son colocados uno encima de otro– son tendidos sobre la vereda.

Los primeros en tomar posición son las personas que están con niños. Luego, las parejas y después el resto. A pesar de esta repartición, una vez acostados, no hay distinción: todos se cobijan y se juntan para calentarse y soportar el viento helado de los veranos quiteños.

Descansan afanados en que lleguen días mejores. (I)

288
Venezolanos entraron al Ecuador en 2017; Cifras en alza en 2018.

30
Migrantes

Es el mínimo de nativos de Venezuela que pernoctan en la terminal norte de Quito cada noche.