Por Rodolfo Pérez Pimentel*

Fue costumbre guayaquileña en los años 60 y siguientes presentar a las jóvenes quinceañeras vestidas de rosado, con discurso, corte, vals, comida, trago y todo lo demás. Algunos detalles cursis por sus ribetes pueblerinos de folklórica comicidad daban la tónica al espectáculo.

Si la fiesta era en casa, y solo cuando estaban reunidos todos los convidados, salía la quinceañera de alguno de los dormitorios y era anunciada por el papá. La madrina le calzaba los zapatos con tacos que simbolizaban su paso a señorita y le pintaban los labios. El orador de la noche decía el discurso de orden; algunos muchachos tenían preparadas una o dos versiones parecidas, ambas pomposas y grandilocuentes, a tal punto que hacían fama y hasta eran buscados. Una de estas versiones comenzaba siempre así: “Tengo un inmenso placer y gran satisfacción...”. Terminado el discurso, se brindaba una copa de champaña acompañada de bizcotelas y comenzaba el baile a los acordes de El Danubio azul, de Johann Strauss. La fiesta podía durar hasta la madrugada. A veces había bocaditos, pero en otras ocasiones era un bufé que casi siempre se componía de arroz con pollo, tallarines a la italiana, ensalada rusa y el infaltable queso de leche de grandes proporciones, regalo de la abuelita.

En una de estas fiestas recuerdo que el papá anunció: “Señores, les presento a mi hija fulanita”; pero, como se había brindado abundantemente y algunos invitados ya estaban chispos, se escuchó un potente grito: “¿Y a ti quién te presenta?”. Silencio en la sala, pero el viejo ni se inmutó, ordenó el vals para que comenzara el baile y se guardó para sí el discurso que iba a pronunciar, superando el impasse.

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En otra ocasión, los músicos se equivocaron y adelantaron el vals a la puesta de los zapatos, a la pintada de labios y al discurso, de suerte que el orador se atolondró y sacó a bailar a la quinceañera, que continuaba descalza, y cada vez que daban vueltas le pisaba los pies y ella se quejaba: “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”.

Un papá atolondrado pidió a los músicos que tocaran el vals “Vesubio azul”, dejándoles boquiabiertos, pues dicha pieza no existe. Cierta noche concurrí a una fiesta de quinceañera en el chifa El Dragón Dorado. A la entrada me entregaron dos tiques de comida y dos de cervezas. Como nunca he sido bebedor, cambié los tiques de cervezas y me zampé casi de golpe cuatro sanduchitos de pernil que encontré deliciosos. Lo raro de todo esto es que me enteré por boca de otros invitados de que el papá de la quinceañera solo la había visto dos o tres veces en su vida, pues era una de sus tantas hijas fuera de matrimonio y la tenía viviendo en Nueva York junto con su mamá, habiéndola traído a Guayaquil por pocos días y solo para que asistiera a su fiesta de quinceañera.

En la mayoría de los casos, el orador escogido para el discurso jamás había visto a la damita y entonces surgían las alabanzas. En una presentación la niña resultó escuálida, nada de curvas, ni siquiera llegaba a las cien libras de peso. El joven orador tragó grueso al conocerla; pero, ni modo, ya estaba comprometido. Mas, al iniciar el discurso, le traicionó el subconsciente y dijo: “Fulanita, ¡qué bella eres (mentira cerdosa y exageración descomunal)! Si pareces un ángel bajado del cielo (mirando hacia arriba, gesto que imitaron los concurrentes sin divisar nada más que el techo pelado). Tu cara, tu cuerpo, son divinos (hasta el papá empezó a disgustarse y los concurrentes se codeaban entre sí). Ahora que ya no eres niña (metida de pata que se prestaba a maliciosas interpretaciones; la abuelita empezó a asustarse), te enfrentas al problema del amor; bueno, eso del problema es un decir, pues tú no vas a tener problema. Claro que los problemas nunca faltan, aunque se superan (y dale con la palabrita)”. La quinceañera se encontraba avergonzada y casi a punto de irse de moco tendido. Y, comprendiendo su dolor, el papá gritó: “¡Brindemos por mi hija, la quinceañera!”, y ordenó a los saloneros, que esperaban con las copas de champán servidas, que empezaran a repartirlas.

Usualmente las damitas invitadas eran primitas, amigas y compañeritas de la quinceañera, y se mandaba a decir a las “galladas” de muchachos de boulevard que estaban invitados a una fiesta de quinceañera para armar las parejas de baile. Había que asistir elegante, esto es, con saco y corbata, pero —cosa curiosa— sin portar regalo. En otros casos era más formal: solo ingresaban los señalados en una lista.

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En uno de estos bailes de postín, “un pavo” (mi amigo Jhony I.) bailaba animadamente en la villa de un expresidente de la República con una guapísima damita de la alta sociedad, cuando se le acercó el propietario de la mansión a notificarle que, como no estaba invitado, debía abandonar inmediatamente la fiesta; recibió como respuesta: “Ya me retiro, pero permítame que termine esta pieza con mi pareja”, y siguió danzando como si nada, respuesta que denotaba al perfecto caballero. Y en efecto lo era, pues, tras viajar a los EE. UU. en busca de aventuras y fortuna, trabajó exitosamente en las radios neoyorquinas hasta afianzarse con un programa propio y de gran sintonía, que lo volvió rico. Lamentablemente, murió joven, pero el recuerdo de sus numerosas peripecias subsiste entre sus amigos.

Recuerdo otro baile en el Tenis Club. Estaba la quinceañera recibiendo en compañía de sus padres, padrinos y numerosos familiares, toda una larga fila se entiende, y unos cuantos “pavos” decidieron colarse de todas maneras utilizando la siguiente fórmula. Averiguaron el nombre de la quinceañera. Subieron en fila india, eran como ocho los muy sinvergüenzas, y el primero de ellos al verla se le lanzó de improviso a abrazarla y, sin darle tiempo de reaccionar, le dijo rápidamente: “Fulanita, hace quince años que no nos vemos”, dejándola más que anonadada y sin saber qué responder. Instantes que aprovechó el intruso para saludar rápidamente a los miembros de la familia y entrar al salón, donde se confundió con el resto de los invitados. Los demás que le seguían hicieron lo mismo. Y aquí no pasó nada.

* Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo 2005, categoría literatura. Miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador.