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El general Bombay y otras anécdotas

La vida política del país está salpicada de curiosos hechos históricos que nos enseñan que, incluso, puede ser divertida.

General Guillermo Rodríguez Lara, quien gobernó el país entre 1972 y 1976, brinda un discurso en Guayaquil. El pueblo solía llamarlo 'Bombita'. Foto: Archivo

En 1965 me hallaba de visita en Santo Domingo de los Colorados cuando se inauguró una feria agrícola-ganadera. Mientras observaba al ganado se escucharon unas sirenas y alguien gritó: Ya viene Bombita, apodo que le endilgaban al dictador Guillermo Rodríguez Lara.

Corrí, como los demás, hacia la entrada ferial, llegué cuando ingresaba a pie muy sonriente como siempre y rodeado de numerosos cortesanos. De improviso salió un muchachón de quince años de entre los curiosos y agitando los brazos gritó con voz de trueno: Bomba, bomba, bombita, viva el general Bombay. Y cosa rara, el público empezó a repetir tan singular saludo, a coro, a grito pelado y hasta se formó un atropelladero de gente, mientras en mi ingenuidad pensaba que este se iba a poner furioso con tan prolongadas burlas, pero fue al revés, pues mientras más le gritaban estas burlas en la cara, el dictador sonreía con la mayor placidez y se dedicaba a dar la mano a tutti cuantti.

Demás está indicar que se convirtió en el mayor espectáculo de la feria, pues la gente se olvidó de las vacas. Aquí se podría repetir lo que dice el refrán: Ande yo caliente y ríase la gente.

El disgusto de Velasco

En 1961 salíamos de la ciudadela universitaria un sábado de mañana cuando se nos ocurrió visitar al presidente José María Velasco Ibarra que acababa de arribar la noche anterior y se encontraba alojado en el departamento de su sobrina Lourdes Ponce de Crawford, quinto piso en P. Icaza y Panamá. Éramos algunos estudiantes, pero no pasábamos de seis.

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Llegados al edificio encontramos a un militar en la puerta: Por favor, dígale al señor presidente que un grupo de universitarios desea saludarle. Bien mandado, el oficial subió a dar el recado y a poco bajó para decirnos que el presidente nos estaba esperando.

Carlos Béjar, que encabezaría al poco tiempo el boom del realismo mágico ecuatoriano con varias obras notables, nos pidió que le permitamos hablar. El presidente ya esperaba en el hall vestido de saco y corbata, con los brazos cruzados, actitud militar, rostro serio, y sin entrar en saludos Carlos le gritó:

- Usted es la espada de Bolívar.

- Así es señor –fue la respuesta–. Usted es la esperanza de la Patria.

- Así es señor . Usted es la sangre vivificadora de nuestra nación.

- Así es señor.

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Tras lo cual, muy disgustado y sin despedirse, dio media vuelta, ingresó al departamento y cerró la puerta con fuerza, dejándonos más que sorprendidos y con un palmo de narices. Han pasado sesenta años y al recordar este fugaz encuentro aún pienso si Velasco consideró que Carlos estaba imitando su oratoria y que todo era solo una burla.

La despedida del general

En julio de 1908 estaba el general Ignacio de Veintemilla en su lecho de muerte y como siempre había sido un liberalote comecura se le ocurrió a su amigo, el jesuita Manuel José Proaño, convencerlo que se confiese y comulgue. Veintemilla trataba de esquivar el bulto y Proaño seguía hasta que finalmente le dijo: “Mire, general, usted debe confesarse porque su hermana sor Rafaela, monja en Lima, es esposa de Cristo”, pero fue respondido: “Si mi hermana es esposa de Cristo, espero que mi cuñado no me ponga mala cara cuando vaya al otro mundo”.

Días más tarde, un sacerdote le llevó el viático con la pompa tradicional acostumbrada. Amigos, vecinos, compadres, conocidos, sacerdotes, militares, monaguillos, todos subieron a su departamento haciendo sonar las campanillas del cortejo mientras en los bajos una banda del ejército tocaba marchas fúnebres. Ante tanta gente vestida de negro y con caras largas, el moribundo se sobresaltó, pidió perdón por sus faltas, perdonó a sus enemigos –sí que los tenía y muchos– lloró a moco tendido por su voluntad disminuida y al ver al general Francisco Hipólito Moncayo entre los presentes, recobró su buen humor de siempre y sujetándole la mano de improviso, le miró y dijo: “No te preocupes, Hipólito, que lo primero que haré al morir será hacerte un puesto para que pronto podamos estar juntos”. Demás está decir que la bromita no le hizo ninguna gracia al amigo.

La lucha por Carlota

En 1913, el Dr. Carlos A. Rolando, bibliógrafo y escritor guayaquileño, puso al servicio del público guayaquileño su biblioteca personal, compuesta por más de 1.300 obras, 200 tomos que contenían 3.200 folletos, 712 colecciones de periódicos y revistas con más de 40.000 ejemplares y 3.800 hojas sueltas.

Su llamada Bibliografía Nacional se ubicaba en los bajos del departamento que alquilaba en el boulevard No. 722 al llegar a Boyacá, casa de dos pisos propiedad de Ismael Pérez Pazmiño. La idea le había sido dada por sus hermanos y maestros masones. Esa extensa colección estaba arreglada y clasificada con el sistema norteamericano del profesor Melvin Dewey. Una parte lo había adquirido en Lima y en Quito, otra por canje y lo demás en Guayaquil. Dos años más tarde asistía a la casa de su amigo el poeta Nicolás Augusto González cuando fue presentado a Manuel J. Calle quien al verlo dijo:

- ¿Es usted Rolando, el de la Bibliografía Nacional?

- Sí, señor, a sus órdenes ¿Recibió mi catálogo de libros?

- Así es ¿Y qué piensa hacer usted con tanto adefesio de libros que ha empezado a coleccionar?

Tomado de sorpresa, Rolando solo atinó a decir: “Todo libro es importante” y luego, irritadísimo, atacó a Calle con la siguiente pregunta: “¿Tiene usted, acaso, la novela Carlota de Manuel J. Calle? Le dio donde le dolía, porque que Carlota es una pamplina de juventud de Calle, escrita en estilo ramplón, la protagonista es una chica de pueblo, bobalicona, que más que a ardores del corazón llama a risa por lo burda. Pero Calle no se quedó atrás: “Sépalo que es lo mejor que he escrito en mi vida, es mi vida misma”. Y Rolando, ya riendo, le aclaró: “Ya ve, por eso está entre mis adefesios”. Y todos terminaron chacoteando, incluso el dueño de casa, quien estaba asustadísimo.

Rodolfo Pérez Pimentel

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