La conservación marina es el motor diario de Andrea Castillo, de 29 años, una ingeniera ambiental que desde 2021 ha dedicado la mayor parte de su tiempo al cuidado de los arrecifes y de los ecosistemas acuáticos de las costas del país.

Es graduada de la Universidad Espíritu Santo y cuenta con una especialización en manejo de recursos naturales. Labora en la fundación Conservación Marina Ecuador (Conmar) desde 2021 y ha participado en diversos proyectos; sin embargo, los que más destaca son Guardianes del Coral y Coralium, siendo este último el más importante para ella, ya que se centra en la restauración de los arrecifes coralinos en Ecuador, con Salango y Sucre, en la provincia de Manabí, como principales zonas de trabajo.

Esta labor se lleva a cabo mediante viveros acuáticos: primero se cultivan los corales hasta que alcanzan un tamaño adecuado para su desarrollo en el exterior y, posteriormente, se colocan en bases metálicas, donde continúan creciendo hasta integrarse por completo al ecosistema marino.

La restauración de los corales inicia en viveros acuáticos, para luego ser liberados progresivamente en el mar. Foto: Sebastián Peña

“Poder ayudar al océano es hermoso y, en el proceso, poder ver sus maravillas lo es aún más. Mientras reinsertamos corales, observar a varias especies de peces y corales en los arrecifes se vuelve un espectáculo. Eso me hace sentir que nuestra causa tiene un propósito más grande y es hermoso”, expresa con emoción.

Andrea siempre ha sentido una conexión profunda con la naturaleza. Se describe como alguien que, desde temprana edad, ha buscado el cuidado y bienestar de la flora y fauna local, lo que la motivó a especializarse y centrar su trabajo en la protección de los ecosistemas y, además, a compartir sus conocimientos y espíritu con más personas.

“Con proyectos como Guardianes del Coral hemos impulsado el voluntariado, promovido que los pescadores de la zona practiquen una pesca responsable y creado oportunidades para que los comuneros tengan un ingreso adicional a través de la conservación y el cuidado de los arrecifes”, detalla la experta.

Desde el inicio de la intervención, ha podido observar una recuperación considerable del ecosistema en ambas comunas. Este avance la motivó a dar un gran paso en su vida, no solo a nivel profesional, sino también personal: decidió involucrarse de forma más constante en el proyecto y se mudó a Olón para permanecer cerca de las zonas de intervención.

Castillo visita recurrentemente los sitios de recuperación para observar su progreso de forma continua. Foto: Sebastián Peña

“Ha sido una experiencia completamente nueva, llena de nerviosismo y del miedo a lo desconocido, pero al mismo tiempo una aventura extraordinaria. Cambiar radicalmente de ambiente, del ruido de la ciudad a la calma de Olón me ha hecho sentir más conectada con la naturaleza y con el mar”, relata. Desde los 13 años viajar a Olón ha sido una constante y una experiencia especial para ella.

“Siempre iba con mis padres, familiares o amigos, y honestamente no esperaba venir a vivir acá. Es una experiencia completamente distinta, pero me siento increíble, no solo por la vista, las olas y el mar, sino por la conexión que ahora tengo con la naturaleza. La calma que siento aquí, a diferencia del ajetreo diario de la ciudad, es relajante; poder decir simplemente ‘voy a surfear cuando quiera’es un sentimiento incomparable”, concluye.