El último lunes, el Centro de Investigaciones de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES) dio a conocer que detectó en Guayaquil el primer caso de contagio de COVID-19 con la variante P.1, de Manaos (Brasil). Este se sumaba a los casos ya reportados en Loja, Pichincha, Tungurahua y Manabí.

Actualmente, Ecuador enfrenta un confinamiento que tiene el objetivo de descongestionar las salas hospitalarias y la disminución de casos confirmados de COVID-19.

Desde que se detectó la variante inglesa (B.1.1.7) y la de Nueva York (B.1.526), que circulaban de manera comunitaria en el país, los especialistas alertaban del riesgo que podría derivar si llegaba también la variante brasileña.

El Ministerio de Salud ha señalado que los síntomas de esta variante son fiebre, tos seca, malestar general y dificultad respiratoria, dolor de garganta y diarrea, todos manifestaciones comunes de la infección por SARS-CoV-2.

La Organización Mundial de la Salud ha establecido tres variantes de preocupación, dos de ellas ya están en el país y la tercera (sudafricana) se ha detectado en la región. En diciembre del 2020 se reportó el primer caso de la variante P.1 en un aeropuerto de Japón de un pasajero que había estado en Brasil.

En total, posee 22 mutaciones; comparte con las otras dos variantes la N501Y, que le permite adherirse más fácilmente a las células humanas, lo que la convierte en más transmisible; además de la E484K, que también tiene la sudafricana, que se identifica como la que elude la respuesta inmunitaria.

De acuerdo a una recopilación de datos de la ingeniera en Biotecnología Jhommara Bautista, la variante P.1 posee una incremento de 2,5 veces de la transmisibilidad en comparación con el virus original, además de un posible aumento de 2,7 veces de letalidad en la población hospitalizada de 20 a 39 años. (I)

Diferencias entre las distintas variantes que se han reportado en el mundo. Foto: Cortesía Jhommara Bautista