La hidratación suele ser uno de los aspectos más subestimados dentro de la salud diaria pese a su impacto directo en el funcionamiento del organismo.
En medio de rutinas aceleradas, las altas temperaturas en la ciudad de Guayaquil y hábitos poco conscientes, muchas personas no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas de líquidos, lo que puede derivar en fatiga, falta de concentración e incluso complicaciones mayores. Esta situación se vuelve aún más relevante en contextos de calor intenso, en los que el cuerpo pierde no solo agua, sino también electrolitos esenciales como sodio, potasio y magnesio a través del sudor.
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En ese escenario, las nutricionistas Fabiana Creme y Clara Valderrama coinciden en que la hidratación debe entenderse como un pilar fundamental de la salud, al mismo nivel que la alimentación. Ambas especialistas explican que el problema no radica únicamente en cuánto líquido se consume, sino en la falta de conciencia sobre su importancia y en los hábitos cotidianos que dificultan una adecuada ingesta.
“Deshidratarnos puede ser caótico y no nos damos cuenta cuando nos pasa”, señala Valderrama. La especialista advierte que esta falta de líquidos puede traducirse en dificultades para concentrarse, bajo rendimiento e incluso complicaciones mayores si no se corrige a tiempo.
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En esa misma línea, Creme insiste en volver a lo esencial para comprender la importancia del tema. “Es importante entender que nosotros somos agua”. Desde esta perspectiva, la hidratación deja de ser un hábito aislado para convertirse en una necesidad constante que sostiene todas las funciones del organismo.
Ellas están de acuerdo en que uno de los errores más frecuentes es esperar a sentir sed. A esto se suman indicadores cotidianos que pueden servir como alerta, como el color de la orina: mientras más intenso, mayor es el nivel de deshidratación. También pueden aparecer síntomas como dolores de cabeza, fatiga o calambres.
El problema se agrava en contextos de calor, como ocurre actualmente en gran parte del territorio ecuatoriano, donde el aumento de la sudoración implica no solo pérdida de agua, sino también de electrolitos esenciales. “No solo somos agua, sino que esa agua que transpiramos contiene sodio, potasio, magnesio. Al perderlos, nos cuesta concentrarnos mejor y afecta la movilidad de los músculos”, explica Creme. Por ello, en situaciones de altas temperaturas o actividad física, recomiendan no solo aumentar el consumo de agua, sino también considerar bebidas que ayuden a reponer estos minerales.
A esto se suman factores cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos. El consumo de café, alcohol o incluso la lactancia incrementan la pérdida de líquidos. “Por eso existe un mínimo de consumo diario que debe ajustarse según la actividad, el clima y cada persona”, señala Creme. En condiciones normales, se recomienda un consumo aproximado de 2,5 litros diarios para hombres y 2 litros para mujeres, cifra que debe incrementarse según el contexto.
Sin embargo, hidratarse no significa únicamente beber agua. Las especialistas reconocen que uno de los principales retos es que muchas personas no disfrutan su consumo. Frente a esto, proponen alternativas que permitan mantener el hábito sin añadir calorías. Valderrama sugiere opciones como té verde o añadir ingredientes como limón, jengibre, cúrcuma, anís o canela.
Pero más allá de lo que se bebe, lo que se come también cumple un rol fundamental. Las especialistas subrayan que existen alimentos que aportan una cantidad significativa de agua y que pueden complementar la hidratación diaria, especialmente en épocas de calor. “Las frutas son fuente de agua. Una sandía, un melón… este tipo de alimentos aportan líquido”, explica Valderrama. A estas se suman otras opciones, como la piña, la naranja, así como vegetales como el pepino y la lechuga, que además de hidratar, aportan vitaminas, fibra y compuestos beneficiosos.
Este tipo de alimentos no solo ayuda a mantener el equilibrio hídrico, sino que facilita la incorporación de líquidos en personas que tienen dificultades para beber suficiente agua durante el día. Además, pueden integrarse fácilmente en la rutina diaria a través de ensaladas, jugos naturales o como snacks refrescantes.
La hidratación, además, está directamente relacionada con la nutrición. Sin suficiente líquido, el cuerpo no puede absorber correctamente los nutrientes ni eliminar desechos. “No importa si se come mucha fibra o si se tiene una alimentación impecable, pues si la cantidad de agua que lo acompaña no es suficiente, ese alimento no se va a mover dentro del sistema digestivo”, manifiesta Valderrama. Incluso, como agrega Creme, la falta de líquidos puede llevar al cuerpo a retenerlos, generando efectos contrarios a los esperados.
En cuanto a los hábitos, ambas coinciden en que la clave está en la constancia. Tener agua siempre a la mano, iniciar el día con un vaso, incorporar el consumo de líquidos entre comidas y generar recordatorios son estrategias efectivas. También recomiendan prestar atención al entorno familiar, especialmente en el caso de los niños. “Más que dar extras, es enseñar. Dejar de traer juguitos en caja y volver a lo sencillo: agua pura”, comenta Creme.
Finalmente, resaltan que el cuerpo funciona a base de costumbres. “Si nos acostumbramos a estar bien hidratados, el cuerpo automáticamente te pide más agua. Pero si no estás acostumbrado, no te la pide”, dice Creme y enfatiza la necesidad de generar ese primer impulso que permita construir el hábito. (F)