En la crianza contemporánea, es orgullo para todo padre que su hijo pueda hacer tareas elementales por su cuenta, aunque también es su responsabilidad que puedan aprender las habilidades que esto conlleva. Pero la psicóloga clínica Belén Bonnard ve más allá de la simple capacidad de un niño para realizar tareas sin ayuda; para ella, el concepto de autonomía trasciende lo funcional: es la base sobre la cual se construye la psique de los individuos.

Fomentar la autonomía no es solo enseñar a un niño a vestirse, sino permitirle comprender que tiene voz, voto e influencia sobre su propio mundo.

Autonomía progresiva

Bonnard define la autonomía como la capacidad de tomar decisiones y ejecutar acciones basadas en un análisis interno. Es una habilidad que no aparece de la noche a la mañana, sino que debe desarrollarse de forma progresiva desde la primera infancia.

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La experta hace una distinción crucial entre la independencia física y la emocional. Mientras que la independencia es el acto de “hacer”, la autonomía es el proceso de “decidir”. Esta distinción es la que permite que un niño desarrolle un sentido sólido de su identidad personal.

“La autoestima y la independencia tienen una implicación muy directa en el desarrollo del potencial de capacidades de un niño; creer que es capaz de tomar decisiones, que su voz importa y que tiene una influencia sobre su entorno son cualidades ligadas a la autonomía”, destaca la entrevistada.

Autonomía y autoestima

Cuando un adulto interviene constantemente en las tareas de un niño para ahorrar tiempo o asegurar la perfección, envía un mensaje subliminal peligroso: “Tú no puedes solo”. Esto les da una falsa percepción de incapacidad, advierte Bonnard.

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La psicóloga aclara que un niño que no tiene oportunidades de autonomía empieza a creer equivocadamente que su aporte en la vida carece de valor. Por ello, la autonomía no es solo una meta logística para los padres, sino un pilar del desarrollo psicoemocional.

“Un niño que generalmente no puede tomar muchas decisiones empieza a creer erróneamente que no es capaz de hacerlo y que, por consiguiente, no tiene valor su función en el mundo porque no puede hacerlo”.

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¿Cuándo debe empezar un niño a ser autónomo? La respuesta no reside en una tabla de edades estricta, sino en la observación del propio niño. El interés del niño marca la “ventana de oportunidad”. Si un niño muestra curiosidad por elegir su ropa o ayudar en la cocina, es el momento de abrir ese espacio, Bonnard sugiere, siempre bajo un marco estructurado por el adulto.

Los niños y jóvenes sobreprotegidos desarrollan ira hacia sus cuidadores, por haberles impedido alcanzar la autonomía. Foto: Shutterstock

Por ejemplo, de 2 a 3 años, los niños pueden tomar decisiones pequeñas como elegir entre dos pijamas o decidir si leer un cuento o escuchar una historia. De 5 a 6 años, pueden colaborar en poner la mesa, organizar la mochila o clasificar su lonchera.

El temido ‘no’

A los 18 meses comienza un hito psicológico: el niño deja de concebirse como “uno solo con la madre” y empieza a entenderse como un ser independiente. Este proceso suele manifestarse a través de la etapa del “no”.

Para Bonnard, este “no” no es señal de rebeldía, sino el nacimiento de una voz propia. La recomendación para los padres en esta etapa es ofrecer opciones preelegidas para que él pueda analizar y escoger.

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Si la opción es demasiado abierta, el niño se siente abrumado; si es cerrada, se siente anulado. El secreto está en dar dos alternativas válidas: “¿Quieres la pijama de carrito o la de vaca?”.

Incentive a los niños a que expresen sus emociones con palabras, no con agresiones. Foto: Shutterstock

“El niño se da cuenta: ‘Ya puedo caminar solo, ya puedo elegir’. La etapa del ‘no’ es su manera de decir: ‘Tengo una voz que puede opinar distinto a ti y puedo tomar decisiones diferentes a las que tú tomas’”.

La ‘trampa de la velocidad’

Bonnard identifica un fenómeno moderno que sabotea la autonomía: el ritmo acelerado de vida de los adultos. El tráfico, el exceso de trabajo y la prisa diaria llevan a los padres a actuar en “automático”, sin que se den cuenta.

El error común ocurre cuando, tras años de hacerle todo al niño para ganar tiempo, los padres exigen independencia de forma abrupta. La psicóloga aclara que las consignas generales (como “báñate solo”) son demasiado abstractas para el cerebro inmaduro de un niño. Se necesita un proceso de andamiaje: dividir la tarea en pasos lógicos y visibles, hasta que la pueda asumir por su cuenta.

“A veces el mayor signo de alarma es nuestro, al hacerlos dependientes por la velocidad en la que vivimos y luego esperar independencia de inmediato”, explica la especialista. “Hay que asumir que no lo sabe y decirle: ‘Son cinco pasos: me mojo, me pongo champú, me lo quito, me pongo jabón y me enjuago’”, ilustra justamente en el ejemplo del baño.

La psicóloga aclara que las consignas generales (como “báñate solo”) son demasiado abstractas para el cerebro inmaduro de un niño. Se necesita un proceso de andamiaje: dividir la tarea en pasos lógicos y visibles, hasta que la pueda asumir por su cuenta. Foto: Freepik

‘Hace lo que le da la gana’

Una duda frecuente es dónde termina la autonomía y dónde empieza la falta de límites. La psicóloga es tajante: la autonomía necesita estructura y acompañamiento emocional.

El niño puede elegir, pero dentro de un rango de valores y seguridad establecido por el adulto. No se trata de dejar que el niño elija salir en zapatillas bajo la lluvia, sino de invitarlo al análisis: “Mira afuera, está lloviendo, ¿qué calzado nos protege mejor del agua?”. La meta es la independencia, pero el camino requiere que el padre sea el sostén ante la frustración.

“Ser independiente es la meta, pero en el proceso no lo van a ser solos. Nosotros tenemos que guiarlos y a veces la frustración del adulto sucede cuando espera que tengan la capacidad de discernir de manera automática desde el primer intento”.

Capacidades diferentes

Finalmente, Bonnard aborda el fomento de la autonomía en niños con condiciones neurológicas o discapacidades. La premisa es la misma: situarse en la etapa de desarrollo del niño y no en su edad cronológica.

El objetivo debe ser identificar en qué áreas específicas el niño puede ejercer su voluntad o acción, independientemente de sus limitaciones.

En conclusión, la autonomía infantil, según Belén Bonnard, puede entenderse como un acto de amor y paciencia. Requiere que los padres “suelten” el control para permitir que sus hijos se sientan capaces.

El éxito de este proceso no se mide por la rapidez con la que el niño hace las cosas, sino por la seguridad con la que se enfrenta al mundo sabiendo que su criterio tiene valor. Como bien resume la experta: “No hay que dar por sentado nada; la constancia y el trabajo permanente son la clave”. (F)