Una mujer inicia una relación amorosa con miras a formar un hogar con hijos, pero su pareja decide que no está en sus planes procrear aún. Y no sabe si lo hará a futuro.

Aunque claramente en esa unión existió un serio problema de comunicación, también evidencia una tendencia cada vez más marcada entre los hombres de la generación Y (millennials): la decisión de postergar la paternidad.

La imagen del hombre que, como prueba de su masculinidad, tenía hijos ‘regados’ se acabó. “Era una época distinta”, opina el psicólogo y sexólogo Rodolfo Rodríguez. “Recordemos que con el avance de la ciencia y la política, un hombre que tenga muchos hijos va a estar severamente comprometido legalmente a la manutención, a la pensión alimenticia (...) se ha vuelto también un tema legal, además de responsabilidad ética, moral o de principios”, precisa.

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Sin embargo, en otro extremo del machismo estructural que existe en Latinoamérica, aún hoy en día se espera que el hombre procree obligatoriamente. “Se espera, se da por sobreentendido que el varón sí o sí va a reproducirse, sí o sí va a dar hijos, sí o sí va a ser papá. Ni siquiera está en cuestionamiento”, agrega el especialista. “Entonces, cuando el varón opta por esa alternativa de no ser papá sí puede ser un choque para algunas mujeres que, por lo general, en nuestra región tienen de fábrica el deseo de ser mamá”.

El deseo de casarse no siempre incluye el querer ser padre. La pareja debe llegar a acuerdos previos.

El psicólogo clínico y docente universitario Francisco Martínez Zea observa varias razones para que los hombres de hoy se cuestionen su deseo de ser padres o no.

La primera es que cada generación tiene sus propios horizontes ideológicos, culturales y morales. “Y aparecen discursos que de cierta manera cambian formas de pensar o hábitos de vida. Este nuevo tipo de masculinidad, por decirlo de alguna manera, se enmarca en unos valores generacionales distintos a los hombres de los ochenta, setenta o cincuenta”.

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En resumen, dice, ser un donjuán ya no es ‘cool’. “Sin que eso haya alterado su vida sexual, pero el dejar hijos en cada puerto ya no representa a cierto tipo de hombre”.

Según explica Martínez, el surgimiento del feminismo y las teorías de género han permitido también repensar las masculinidades y lo que significa ser hombre.

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Un cortocircuito generacional

El decidir no convertirse en padres no solo cambia la dinámica en las relaciones amorosas de los hombres, sino que también los enfrenta a las expectativas de sus padres, abuelos y gran parte de la sociedad, pues las generaciones anteriores asocian los hijos, una vivienda propia y un trabajo estable (quizás el mismo por muchos años) con el sentimiento de realización personal o una vida plena.

“Pero cada uno, además de ser hijos de sus padres, es hijo de una época y en cada época existen muchos factores que configuran distintos estilos de posicionarse en la vida”, continúa Martínez.

Por ejemplo, muchos jóvenes visualizan su hogar con perros o sin mascotas, pero viajando por el mundo.

Todo va a depender de los ideales de la época que vivimos y por eso es que hoy hay padres o hay abuelos que no entienden por qué no hay nietos o más familia. “Y es porque son anhelos diversos, en épocas distintas, en generaciones diferentes”.

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Convertirse en padrastro

La paternidad no llega solo por la biología e iniciar una relación con alguien que ya tiene un hijo/a es otra manera de asumir esa responsabilidad.

Algunos podrán verlo como un ‘problema’, pero también habrá quienes la vean como una oportunidad para quienes deseen tomarla.

Como recomendación, Rodríguez sugiere dejar pasar un tiempo prudencial antes de presentar a la pareja con el niño o adolescente y no exigir tempranamente un grado superior de compromiso al acelerar las circunstancias.

¿Se debe forzar la paternidad?

La presión por cumplir las expectativas sociales y familiares puede llevar a que el hombre ceda sobre sus aspiraciones personales y procree un hijo, a pesar de no desearlo. En opinión de Rodríguez, puede darse el escenario de que el hombre cambie y eventualmente se emocione por el bebé. Pero no es lo más común.

“Por lo general, se suele encontrar un desentendimiento o alejamiento en las fases iniciales, porque nunca hubo un interés genuino y no se lo puede obligar”, reflexiona.

Martínez coincide y resalta en que el deseo es clave para sostener paternidades orgánicas y funcionales. “Que haya motivaciones propias más allá de las presiones del mundo por querer traer una vida (...) La clave es que haya adultos que deseen esta vida”.

De lo contrario, la crianza de estos menores puede tornarse tóxica, nociva y disfuncional. “Al niño no se lo verá como una bendición, sino como una carga. No es lo mismo que ‘te toque’ ser padre a querer realmente serlo”, subraya.

Conversar y planear

Para Rodríguez, la planificación familiar es más que nunca esencial para llegar a acuerdos sobre las expectativas de una relación. E incluso en el caso del hombre que no desee ser padre, pues, en una revelación sorprendente, relata que se ha topado con hombres con esa visión, pero que no están usando ningún método anticonceptivo.

“Hay que hablar de estos temas desde las primeras citas y no esperar a sacar el anillo para recién conversarlo (...) Conocer el proyecto de vida de cada uno es clave para la negociación, para la comunicación en pareja”.