Hace escasos días recibíamos la sacudida del hallazgo del cadáver de la pequeña Olivia en la costa de Tenerife. El cuerpo de Anna sigue aún sin ser localizado, aunque no hay muchas esperanzas de que haya corrido una suerte distinta de la de su hermana. Un nuevo crimen de violencia de género, entre tantos, que se ha cobrado la vida de dos niñas.

Los niños y las niñas son a menudo víctimas de sus padres agresores, llegando a ser asesinados. Se convierten en una forma más, y la más dolorosa, de hacerle daño a sus madres.

Son víctimas de la violencia vicaria, que se ejerce sobre la madre para hacerle el daño más extremo y matarla en vida. 41 menores han sido asesinados en España en los ocho últimos años.

¿Son solo casos extremos?

La macroencuesta sobre violencia de género de 2011, elaborada por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, incorporó en aquel año por primera vez la pregunta sobre la existencia de hijos e hijas expuestos a violencia de género. La respuesta fue brutal: casi 2 800 000 personas eran menores cuando estaban expuestos/as a la situación de violencia que vivía su madre.

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Y esto es algo de lo que tenemos que concienciarnos, por muy duro que nos parezca. Al igual que el asesinato de Ana Orantes fue un punto de inflexión para abrir los ojos al fenómeno de la violencia de género, ojalá que el asesinato de Olivia y el más que probable asesinato de Anna sirvan para darnos cuenta de que necesitamos aplicar una ley que proteja a nuestros/as menores.

Tenemos una Ley, pero no se aplica

La Ley 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la Víctima los reconoce como víctimas de violencia de género y establece medios para que se aplique la suspensión de la patria potestad, la guarda y custodia y la suspensión del régimen de visitas del padre (o de la madre, si fuera el caso).

Entonces, ¿por qué no se aplica directamente cuando hay denuncias como agresor o evidencias de que hay un riesgo real y objetivo para el o la menor? La respuesta está clara: la figura del padre se ha investido tradicionalmente de un poder que aún posee y que no debe jamás estar por encima de la seguridad de sus hijos o hijas.

Es decir: ser padre no inviste automáticamente de capacidades y aptitudes adecuadas; hay padres que tienen un comportamiento tóxico y perjudicial para sus descendientes y la administración de justicia debe velar por la seguridad de esos menores. No es cierto que “es mejor tener un mal padre que ninguno”.

Una concienciación progresiva

Hasta el año 2003 no se contabilizaban las muertes de las mujeres por violencia de género, pero hasta 2013, 10 años más tarde, no se empezaron a contabilizar los niños y las niñas víctimas de sus padres por violencia de género.

Son muchos los patrones propios de un agresor de violencia de género que se han estudiado. Entre ellos hay rasgos cognitivos, emocionales y conductuales. En las características cognitivas se encuentra la justificación de la violencia en su discurso, la externalización de la culpa, las definiciones rígidas de la masculinidad y la feminidad, la negación, la minimización y justificación de sus conductas agresivas y la ceguera selectiva.

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Entre los aspectos emocionales está muy estudiado que los agresores suelen tener una baja autoestima, a pesar de su apariencia de arrogancia, la restricción emocional (no poder hablar ni expresar sus propios sentimientos), la dependencia y la inseguridad.

entre las conductas propias de los agresores se encuentran la manipulación, la doble fachada, las mentiras, hacer sentir culpable a la víctima, fingir ser la víctima, la difamación, avergonzar y humillar, el aislamiento, los celos y actitudes posesivas, las intimidaciones encubiertas, la inhabilidad para resolver conflictos de forma no violenta y la resistencia al cambio.

Dado todo lo anterior, queda bien evidente que un maltratador no es una buena persona. Una buena persona no pega, no insulta, no humilla. Y un buen padre no puede ser una mala persona. Sencilla y aplastantemente, no es compatible.

No sirven argumentos para defender a un maltratador como “es un mal marido, pero con sus hijos lo hacía bien”. Un maltratador no es solo “un mal marido”; esto es minimizar una conducta violenta y, por lo tanto, reforzarla. Un maltratador tampoco está loco ni tiene una enfermedad mental de serie. Un maltratador es una mala persona y, por lo tanto, un mal padre, con quien sus hijos/as están en peligro físico y psicológico.

Los hombres buenos

Todos los hombres españoles no son maltratadores, obviamente. Pero casi todos ellos y casi todas las mujeres nos hemos criado y, por lo tanto, socializado, en una cultura patriarcal. Nos guste o no. Una cultura en la que todas las personas no tienen los mismos derechos, en la que hay baremos diferentes para medir a unas y otras, a pesar de la Constitución y de muchas leyes más recientes que intentan paliar esta desigualdad.

Pero hay que seguir intentando generar justicia, especialmente para los/as más vulnerables, como es propio de un Estado de Derecho.

Pero al margen de estas acciones políticas y judiciales, ¿qué más podemos hacer nosotros, la ciudadanía de a pie? La respuesta, una vez más, es evidente: cambiar cada uno y ayudar a que cambie nuestro entorno, contrarrestando las tres caras en las que se manifiesta la desigualdad: los estereotipos, los prejuicios y la discriminación contra las mujeres.

Y sí, hay Círculos de Hombres Igualitarios, espacios de reflexión y motivación para promover la igualdad, que estarán encantados de acoger a hombres (y también mujeres) con ganas de trabajar por una sociedad mejor. (I)