El río pasaba frente a su casa en Olmedo y, con él, la certeza de que el movimiento podía tener música. En ese pequeño pueblo manabita, Yesenea Mendoza comenzó a bailar sobre una mesa soñando en convertirse en Iris Chacón. No había público, solo familiares sorprendidos por aquella niña que buscaba el aplauso como si ya supiera lo que significaba estar en un escenario.



























